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VIVIMOS UNA ÉPOCA EN LA QUE EL DIÁLOGO ES POSIBLE POR PRIMERA VEZ, DICE EL SIQUIATRA MAX HERNÁNDEZ


Texto: JORGE PAREDES

¿Dónde se asientan las estructuras mentales de los peruanos?
Esta pregunta inaugural parece haber llevado al psicoanalista Max Hernández a desarrollar una investigación que explora en “los traumas infantiles” de nuestra sociedad. “Mi idea es que este país se configura mediante un trauma, que es a la vez fundación. Una fractura que se produce en 1532, en Cajamarca, con el choque doloroso de dos formas de vida y pensamiento, y con la imposición de una de ellas. Es como si a pesar de los años de intercambios y mestizajes, esta fractura inicial siguiera produciendo efectos en nuestro modo de percibir la realidad porque no hemos sido capaces de elaborarla y procesarla en nuestro inconsciente colectivo. De tal manera que si bien hoy vivimos una economía esencialmente capitalista y liberal, en el sótano de nuestra estructura mental seguimos albergando una fractura, una situación no resuelta”.

Así empieza Max Hernández a explicar la idea central de su investigación, basada en la teoría del historiador francés Fernand Braudel sobre las realidades históricas de larga duración en que se basan las sociedades. “Toda sociedad en movimiento”, dice, “es un juego constante de tensiones y desgastes, de resistencias y transformaciones, de continuidades y rupturas”. De esta manera, las mentalidades estarían ancladas en esos tiempos históricos y saldrían a la luz continuamente en las costumbres, en ciertas instituciones culturales y en las actitudes que permean la vida cotidiana.

¿No le parece sintomático que quinientos años después sigamos hablando de Cajamarca como un proceso no resuelto?
Sí, Pero, ¿por qué volvemos a este hecho? Miremos el caso de México. En alguna medida tiene fundamentos históricos similares a los del Perú, pero en la plaza de las Tres Culturas de la capital federal hay una placa que señala la fecha de la conquista y dice: Cortez tomó tenoxticlan. Ni triunfo ni derrota. El doloroso nacimiento de esta nación que es México. A mí se m hace difícil imaginar que en el Perú pudiera existir una placas así. Tenemos un monumento a Pizarro y queremos poner en frente otro de Atahualpa. Hay quien quiere descalbagar a Pizarro. Hay quien quiere ponerlo de fundador y hay quien quiere ponerlo de conquistador. En síntesis no podemos asumir que eso que pasó en Cajamarca, en 1532. simplemente ocurrió. No hemos sido capaces de procesar una situación que es la vez traumática e histórica.

¿Cuáles cree que fueron esos factores que impidieron la elaboración positiva del encuentro de la Conquista?
Una conjunción de varias cosas. En primer lugar, este trauma originario hizo que nuestra identidad fuera problemática y confusa. Ahí se crearon tres grandes actitudes y valores: La actitud criollo-señorial, que establecía una especie de línea que venía de los conquistadores y se reprodujo en los encomenderos, los funcionarios coloniales, los hacendados, los caudillos. Una actitud autoritaria y triunfalista. Por otro lado, se creó una mentalidad indígena que tuvo desde actitudes de sometimiento y nostalgia hasta utopías que apuntaban al pasado y su recreación o a la rebeldía. Y se provocó también una tercera mentalidad, que podemos llamar la del mestizo, quien tenía una suerte de centro inestable, pues en un momento estaba dl lado del vencido y en otro instante era el vencedor. Estas tres grandes actitudes, mezcladas unas con otras, se han visto reflejadas en diversos instantes de nuestra historia. Todo esto ha originado que tengamos una cultura de vencedores y vencidos.

Otra de las causas por las que no pudimos procesar el episodio de Cajamarca fue el aislamiento del Perú durante la Colonia. De eso se desprendió una nueva paradoja, que nos hizo sentir, por un lado, el anhelo de pertenecer a Occidente y, por otro, el deseo de querer reclamar una tradición propia, una cultura madre ligada al pasado indígena.

¿Existe entonces una mentalidad del siglo XVI presente en nuestra conciencia colectiva?
No quiero que se crea que estoy diciendo que del siglo xvi hasta ahora nada ha cambiado. Por el contrario, han cambiado muchas cosas, pero lo que tenemos es como un trauma infantil. Es casi un conflicto en la estructuración del ser nacional. En primer lugar porque con la Conquista se sometió al mundo andino a un sistema de dominación patriarcal, basado en la religión judeo cristiana, que era desconocido. Aquí las relaciones sociales se realizaban a través de fratías (entre hermanos) siendo el ejemplo más importante el incesto real entre el inca y la coya. Pizarro rompió ese sistema. Después de la Conquista no hay un nuevo pacto social. Los españoles no son capaces de crear una nueva legalidad sino que imponen su voluntad como ley. Ese sistema s ha reproducido a lo largo del tiempo. ¿Cómo configuramos nosotros una circunstancia en la cual se pueda dar el nuevo pacto social democrático? Por eso sostengo que este momento de transición puede ofrecernos esa extraordinaria posibilidad. Yo sí creo que hoy a inicios del siglo XXI están dadas las condiciones para poder elaborar recién esa situación traumática.

¿Sorprende que nuestras relaciones con el poder a lo largo de la historia siempre hayan sido verticales, y nunca hayamos apuntado al diálogo o al consenso?
Existen viejos hábitos de lo que Julio Cotler llamó una pirámide sin base, donde se desarrollaron las formas clientelísticas del poder. Creo que el Perú viene de un período muy difícil y doloroso provocado por el terrorismo subversivo. Este es un nuevo trauma que no se ha podido elaborar. Y hablo de una elaboración comparable a la de Cajamarca, y que está marcada por el duelo. El país vivió años trágicos pro la euforia triunfalista del gobierno del ingeniero Fujimori no permitió que s elaboraran los dramas profundos que vivimos durante todo ese tiempo. Y al no poderse elaborar ese duelo lo que vivimos fue la fiesta fugaz del consumo para volver a caer en un momento de crisis. Lo que necesitamos es un espacio de reflexión muy serio. Necesitamos darnos cuenta de que los problemas son previos a la política. Todo esto implica algo que lamentablemente hemos dejado casi siempre de lado: la apertura de espacios e instituciones y de formas de convivencia democrática.

¿Esa es la única alternativa para ir saliendo de ese sótano del que hablábamos al inicio?
Yo creo que sí. Lo único que va a lograr que esos recesos empozados salgan a flote es el encuentro en el espacio público de todos los sectores. Que la gente aprenda ya no a dialogar si no a conversar. Es decir, que yo trate de entender lo que usted quiere decir y que usted trate de entender lo que yo quiero decir y no tratar de amoldar lo que usted me dice a mis criterios para rebatirlos de inmediato.

¿Esto pasa también por una revaloración de nuestra autoestima?
Nosotros hicimos en Agenda Perú, la institución que dirijo con Francisco Sagasti, varias n cuestas al respecto y nos sorprendimos con la cantidad de respuestas que evidenciaban un muy baja autoestima en el peruano. Yo no sé por qué extraña razón se ha cultivado primorosamente el derrotismo entre nosotros.

¿Julio Ramón Ribeyro puede ser tal vez la hermosa versión literaria d esa baja autoestima?
Sí, de alguna manera Julio Ramón juega a eso. Pero esta baja autoestima tiene una contrapartida n la soberbia de ciertos sectores. Y el problema con la soberbia es que no implica una alta autoestima, sino una baja autoestima apuntalada por el desprecio a los demás. Yo no me siento mejor que usted sino que creo que usted es peor que yo. Esos son los traumas que tenemos que superar los peruanos. Yo creo que hay un vasto espacio para la reflexión, para la recuperación de la memoria histórica. Debemos darnos cuenta de qué significó este último cuarto de siglo y tratar de verlo sin ira.

“NO QUIERO QUE SE CREA QUE ESTOY DICIENDO QUE DEL SIGLO XVI HASTA AHORA NADA HA CAMBIADO. POR EL CONTRARIO, HAN CAMBIADO MUCHAS COSAS, PERO LO QUE TENEMOS ES COMO UN TRAUMA INFANTIL”, DICE HERNÁNDEZ.

MESTIZOS Y DEMOCRACIA

“Desvalorizados, los mestizos quedaron marginados de las dos repúblicas. No se integraban a su raíz indígenas, pero tampoco tenían abiertas las puertas del mundo blanco. Sin una salida, los mestizos quedaron encerrados en un espacio ambiguo, impreciso, incierto, en suma, claustrofóbico. La mengua de sus posibilidades coincidía con la exacerbación d un ansia de legitimidad sin correlato posible. Mal podían conjugar una síntesis quienes se veían forzados a la rebeldía, a vivir en medio de la ambigüedad y a recurrir a la duplicidad. La legalidad y la realidad marchaban por caminos distintos cuando no chocaban entre sí” .
“La historia del si9glo XX es la historia de la lucha por la libertad, la justicia y la democracia. Estos valores, presentes en las experiencias individuales, en la intimidad psicosocial de la instituciones y en el diario vivir son la columna vertebral de la autonomía individual y de la responsabilidad social. Participar en una democracia requiere de algo más que el conocimiento de los derechos y deberes ciudadanos. La calidad d actuación ciudadana guarda relación directa con la educación de los ciudadanos como ciudadanos. NO es un asunto de libros, s trata del aprendizaje social realizado a través del ejercicio de la libertad de pensamiento y de expresión y de prácticas democráticas en los espacios públicos. La extendida idea según la cual la democracia no tiene fundamentos históricos en el Perú tiene un tufo a racismo y arrogancia posconquista. Propicia la descalificación del otro por “ilegitimidad”, procedencia, grado de educación o status, empobrece la autoestima y cierra el paso a transformaciones culturales necesarias para democratizar la sociedad”.(mhernand@agenda.org.pe)

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