AHORA HABLO DE BELEÑINGA
Sé que no tienes nada.
Por ello te pido todo.
Para que tengas todo.
Antonio Porchia
Ana Belén es la única persona que se siente orgullosa de ser negra en cualquier circunstancia. Al menos de quienes yo conozco. Hace una par de semanas se cayó sobre un “charco de agua sucia” y le apareció una nube en un ojo. Y ahora está en riesgo de perder la visión. Es más, los médicos dicen que la mácula se ha extendido al otro ojo. Se ha desesperado Ana Belén, Beleñinga, y se frota los ojos, contra la indicación médica, y se quita el medicamento y se niega a medicarse. Quiere quedar ciega. Se dice rara, extraña, distinta. Ana Belén tiene siete años. Desde el jardín de niños ha padecido discriminación, niños que la han agredido por ser negra. Un par de veces he acudido a dar alguna plática sobre racismo y discriminación a padres y educadoras y maestros. Acudo a Beleñinga porque, a pesar de los ataques que ha sufrido, o por ellos mismos, nunca ha sentido vergüenza o temor por ser negra.
He dialogado y pensado durante mucho tiempo sobre el tema de asumirse negro. Y he descubierto que sólo en ocasiones la gente de las Costas y Acapulco se asume así, como negra, según el color de su piel. Es fácil que se niegue la negrura de la piel propia, sobre todo si se asocia a supuestas características inherentes al color: violencia, flojera, fealdad, pobreza, maldad, putería… La lista podría alargarse. Ser negro no implica sólo el color ni los rasgos físicos. ¿A quién no le gusta coger como negro (a), bailar como negro (a), cantar como negro (o), tener el valor de un negro (a), la fuerza de un negro (a), el cuerpo de negro (a), jugar como un negro (a), ecéctera, ecéctera?
Hay algo que no falla, el punto de consenso, inconsciente incluso, mejor dicho: lo que unifica a todos los negros como negros es el otro, el que los califica como negro: totaliza, engloba, hace tabla rasa. Para el no negro que quiere calificar, todo el negro es negro, en cualquier circunstancia; es decir, negro es un concepto impuesto, extraño, que viene de afuera y ante él todos los negros somos negros porque casi siempre se utiliza para des//calificar, y ante él ni los más negros quieren ser negros. Y es ese rechazo a la descalificación el que nos unifica.
Una forma de hablar; costumbres funerarias, de matrimonio y agrícolas; supersticiones y creencias; medicina tradicional; forma de ser, de morir y matar; organización para el trabajo; fiestas y ceremonias sociales y religiosas; danzas y música; y una cultura oral. Eso debería agrupar la palabra negro, esas características que los identifican y son producto de todo el proceso de mestizaje entre los americanos, españoles y africanos originales.
Esta crisis en Ana Belén se sabe pasajera. Se sospecha que alguien la golpeó, que no pudo haberse caído, pues la estructura ósea de su cara no presenta traumas ni nada que se le parezca. Tanto la han agredido por ser negra que se le supone ahora víctima de una más agresión. Se desea que no pierda la vista. Se confía en que ninguna agresión la haga abominar de su condición cultural ni de la su piel de chocolate. Regresan conmigo las palabras del Siervo Negro de la Nación: “Que la esclavitud se proscriba para siempre y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales y sólo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud”.