AHORA QUE SÍ YA SABEMOS QUIEN GANÓ
La creación del Museo de las Culturas Afromestizas fue posible porque se congregaron muchas voluntades; algunas personas que determinaron su existencia eran de partidos políticos distintos (diría de signos políticos distintos si no fuera evidente que ahora esos menesteres de las ideologías son minucias, chincastitos, para los partidos, sus dirigentes y sus militantes, tan pragmáticos). Si bien es cierto que el papel dinámico y central en el proyecto lo ejerció el presidente de Cuajinicuilapa, Andrés Manzano Añorve, la voluntad del gobernador del Estado, Ángel Heladio Aguirre Rivero, fue determinante pues desembocaría en una decisión: aportar dineros para la construcción del edificio, la elaboración de la museografía y demás actividades requeridas y necesarias. Ambos representantes mostraron que la magnitud del proyecto merecía su participación, a pesar de la acostumbrada costumbre de los gobernantes estatales de marginar a los alcaldes extranjeros de su partido.
Ángel Aguirre es negro; sus rasgos fenotípicos lo demuestran, y sus gustos, costumbres y modo de vida está muy ligado al ser costeño; en ese sentido, y además, fue acertada la decisión de apoyar la creación del Museo porque era un modo incipiente de resarcir una injusticia que hemos padecido por siglos: la cultura local ha sido menospreciada, y más en el caso de los afromexicanos, o de los costeños, que para el caso es lo mismo. Sospecha este yo que escribe, que la decisión también estuvo influida por la satisfacción personal de hacer algo por su gente –que aunque Cuaji no es Ometepec, costeños somos todos–. Platican que le entusiasmó la idea del Museo a Layo, tanto que hasta pensó y propuso y pretendió que se construyera en la mismísima ciudad donde nació, o sea “Cerro Dos”. Algo desproporcionado el pensamiento y la propuesta y la pretensión. Lo admirable vino después: que un argumento bien expuesto hubiese hecho cambiar de idea al gobernador sin que su entusiasmo disminuyera. Tal vez estamos predispuestos a creer todo lo negativo de la clase política, así, en automático, sin concederles el beneficio de la inteligencia, la sensibilidad, la mesura. Será que en la historia nuestra los gobernantes son la gringa con que se macheteó al burro pandea’o que ahora somos, y ante su mera presencia vemos al moro con tranchete, o con moruna –se ajusta ésta más a nuestra cotidianidad–, predispuesto a no dejar que la matada sane, y reaccionamos escabullendo el golpe presentido. El caso es que le dijeron a nuestro hombre que le correspondía a Cuajinicuilapa, alias Cuijla, ser hospedador del Museo de marras, dado que don Gonzalo Aguirre Beltrán eligió ese pueblo para estudiarlo por su innegable africanía. Y Ángel Heladio Aguirre Rivero, el Gobernador Interino del Estado de Guerrero, aceptó.
Luego se olvidaría del Museo. Incluso llegaría a considerarlo territorio enemigo. Uno de sus hijos putativos, el huehueteco Constantino García Cisneros, frastero y presidente municipal de Cuajinicuilapa en turno, pretendería desaparecer el Museo. Le asestaría algunos trallazos con la su moruna desenvainada –figura impropia, pero que describe mejor lo ocurrido–: desapareció la casa de la cultura, que ya se había integrado al conjunto cultural que alberga al Museo, y en su lugar instaló un centro de rehabilitación del DIF, habida cuenta de la enorme demanda de atención para los minusválidos cuijleños; suspendió el suministro de dineros que el Ayuntamiento tenía obligación de aportar para la administración y manejo del Museo y de la biblioteca; dejó de pagar la electricidad, de dar mantenimiento a las instalaciones, etc. Se sospecha que pretendía aniquilarlo, desaparecerlo. Su actuar con relación al Museo muestra a un político incivilizado, con miras estrechas –como si usara tapaojos, de aquellos de cuero que se usan para que la bestia no vea más que hacia adelante– y oportunista porque, fuera de Cuaji y ante la prensa y foros de lucimiento personal, no paraba de pararse el cuello con la chulada de Museo que su municipio tenía. Y pongo un ejemplo: en Collantes, durante la inauguración del encuentro de pueblos negros, pasó al frente de la concurrencia, nos enjaretó un discurso llorador, con su dicción de anunciador de baile de quinceañera, donde habló de su falsa negritud y su aportación al proceso de identidad étnica de los cuijleños apoyando, por supuestamente, al Museo de las Negritudes Demostradas y, para rematar su demagogia de tres patas, sacó del bolsillo algunos billetes (cuya suma remarcó, en un acto de fachosería y frentelisitud, como si el dinero fuera de su peculio y la suma estratosférica) y los entregó a los organizadores, abrazando al negro que se dice el negro más negro de los negros negros, o sea Glynn Jemontt, líder moral de México Negro. No cuajó su intención, se la peló –como dijo la de Barajillas– y agarró pura pelada –como la nombra mi agüela Hermila–: el Museo sobrevivió su gobierno. A pesar de las malas mañas y de la omnívora, ubicua y ubérrima sonrisa del amigo Tino. Inmoraleja: en todas las etnias o razas hay individuos excelentes, mediocres y raspas; y el amigo era de estos.
Ángel Heladio Aguirre Rivero, candidato a diputado federal por Abasolo –investido diputado desde antes de las elecciones en una página web que hospeda puerta.net–, acudió a Cuajinicuilapa buscando apoyo a sus pretensiones políticas y recordó a los ciudadanos que el Museo se le debía. En el municipio su partido ganó –queda la duda de si los votos respondieron al exhorto del candidato referido al Museo–; ahora es diputado federal. Lo cierto es que tiene Layo un reto más: apoyar al Museo. Suya es su boca como suyas sus palabras; que sus acciones sean consecuentes y correspondan con aquellas. No hablaría mal de él que después de tantas de arena, despachara una de cal.