AL SEPULCRO DEL OLVIDO
EL CUIJLEÑO ANTE LA MUERTE
(Para la mamá de Armando, porque ella sabe que está vivo)
Ya me separo del mundo,
ya no quiero ser mundano…
Despedimiento de angelito
ESCUCHO LA TERNURA QUE IMPRIME doña Soledad Liborio, tapejteña[1], a los versos del despedimiento de angelito: canta a capella, sin acompañamiento; estremece y arrulla a un tiempo. No se puede ser indiferente a esa voz. Miro su fotografía y me enfrento a una vieja sabiduría en sus ojos modestos; paz y tranquilidad en su boca. La Diosa Tierra (Madre y Muerte. Principio y Fin) encarnada en una persona. Sostiene a un niño; no, no lo sostiene, lo protege: la mano izquierda le abraza las rodillas con fuerza y la derecha lo toma del sobaco, envolviéndolo. Supongo que la foto le fue tomada después de cantar para el investigador —Moedano— sus versos; permanece aún bajo el influjo de su “alegría” por la muerte del niño —en este caso supuesto, porque no hay difunto sino sólo el canto que se entona cuando sí hay angelito muerto. El niño muerto es un angelito y los adultos se alegran de la “dicha” que alcanza quien muere siendo inocente. Después del último rosario rezado al difunto, se realiza la ceremonia de despedimiento: el angelito se despide de sus padres, de sus hermanos y de sus parientes; asimismo, se despiden de él. Su entierro es alegre. El día veintidój de octubre / comenzó la fiejtecita / porque a esa Eloisa Noyola / se le había muerto su hijita, canta el corridero. Puede ser tan bello y conmovedor este rito que me veo obligado a transcribir la descripción que de él hace Aguirre Beltrán:
Salen de la casa cargando al niño sobre la misma mesa en que se hallaba expuesto, cubierto de flores, listones y papel de China. El cortejo se encamina a la iglesia, anunciándose por medio de cohetes, que un pariente va arrojando a la cabeza de la comitiva. Atrás sigue el pequeño cadáver en la mesita floreada, descubierto o bajo palio. Viene luego la música que toca minués y sones alegres. En seguida van los niños, con banderitas rojas y verdes en las manos, y, junto a ellos, hombres y mujeres rezando y cantando alabanzas y letanías. El último personaje del desfile es quien lleva la pequeña caja en que habrá de colocarse, finalmente, el cuerpecito. Esta caja se pinta de color azul y tiene, en todas las aristas, vivos de color blanco. Enfrente y atrás dos letras mayúsculas: las iniciales del nombre y apellido paterno del niño”.
Es uno de los modos de enterramiento.
Temor ante la muerte, temor profundo sobre todo al espírito de muerto que vaga antes ingresar al ultramundo sagrado. Por lo mismo, los funerales son el rito más importante en la vida de la negrada. En consecuencia, el funeral tiene como uno de sus objetivos ser ostentoso para mostrar prestigio del difunto ante los vivos y entre los muertos. El sentimiento de desprecio ante la muerte que muestra el cuijleño vivo (…si en ejte barrio me matan / lo que hac’ej alevantarme) se troca en frialdad ante la muerte inminente: los negros vanos[2] piden ser enterrados al modo viejo: antes de que se enfríe, el cadáver es aseado rigurosamente; luego se viste. En este instante adquiere un carácter sacro; la mortaja que vista se acomoda a su nueva naturaleza. Se viste como alguno de los santos principales: la Virgen del Rosario, si es mujer; San Nicolás, si hombre. Para los niños el Niño Dios, San José o San Miguel. El cadáver del adulto se acuesta en suelo, en una cruz de ceniza o cal de su estatura; la cabecera es un ladrillo. Comienzan los rosarios. Después de dos horas se sube a una mesa, donde permanece todo el velorio y parte del día siguiente, en tanto se fabrica su ataúd. La vela no es duelo: se charla, se bebe chimisco y café mientras la banda de música ejecuta los sones apropiados: se actúa como si el difunto no estuviera del todo muerto (la sombra tarda nueve días antes de recluirse en el ultramundo). El cadáver en ningún momento debe estar solo. Antes de partir al cementerio, y luego del último rezo, se realiza el despedimiento. Inicia el duelo de ruido: los familiares y parientes femeninos, o lloradoras pagadas, gritan su dolor durante el trayecto de la casa a la iglesia y, después, al panteón. Los hombres parecen insensibles. Hay música y rezos. El ambiente auditivo puede ser alucinante. Al cementerio no ingresan los descalzos. Los funerales de las mujeres son menos ostentosos, excepto si tienen prestigio social. Los pobres tampoco gozan de funerales vanos. Las difuntas vírgenes célibes pueden, excepcionalmente, casarse como novias de Cristo. Los jóvenes solteros difuntos pueden casarse con alguna joven que se preste para ello. Al noveno día del fallecimiento se realizan los segundos funerales. Este rito ya lo he descrito antes. Después de los segundos funerales se ofrece una comilona para los asistentes y, si no asistieron, para los compadres, parientes y principales del pueblo. Y cada mes se realizan fandangos hasta cumplirse un año. En adelante, sólo el 2 de noviembre se ofrenda comida, frutas, pan, chimisco y tabaco, entre otras cosas, a las almas de los difuntos. Así lo exige el prestigio: es el precio de ser vano. El muerto no muere cuando muere, sino cuando deja de ser recordado. Siempre hay alguien que coloca una vela en algún árbol para que las almas olvidadas tengan su luz.
Así eran los funerales al modo viejo. Hoy, occidentalizado, el cuijleño, más preocupado por acumular riquezas, inmerso en una sociedad de consumo, individualizado, dueño de un concepto del tiempo que tiene que ver con la producción, donde el hombre mismo es un producto o productor o consumidor, alejado del rito, incapaz de asumir la muerte como una fase de un ciclo natural y necesario, que prefiere habitar el hospital antes que aceptar lo inevitable de la muerte, que convierte los funerales en negocio; el cuijleño actual ha abandonado este modo: sólo algunos funerales siguen esta tradición. La cultura es eso: movimiento permanente y constante, independientemente del sentido que asuma. Es el progreso que impone su realidad.
[1] Tapejteña: oriunda de Tapextla, Oaxaca.
[2] Vano: persona de alto prestigio; vanidoso.