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EN RECUERDO DE LA AUSENCIA

un pedazo de tierra y una cruz

y, por Dios, un recuerdo

A. C.

La voz de Álvaro Carrillo es ronca, viene de la garganta. Y la raspa. Pocos matices. Corta las frases con brusquedad, aunque a veces se suaviza y logra imprimirle ternura. Voz grave engolándose, pretendiendo elegancia, fraseando con despacio. Las “r” se arrastran. Las “s” se enfatizan.

Es la ausencia: Hay ausencias que triunfan/ y la nuestra triunfó. Añora lo perdido, el goce –signo y señal– que ya no es y por ello vuelve a ser, recuperado, re-vivido, también ahora, en el momento de la voz dolida y gozosa, festiva, casi risueña, lamentándose, regodeándose en el amor ido, impuesto por sí mismo, a pesar, incluso, de haber sido su ave de paso, su mariposa de mil flores. La ausencia y la añoranza : hoy siento la nostalgia de tus brazos,/ de aquellos tus ojazos,/ de aquellos tus amores, confiesa, acepta el andariego, ofreciendo, ahora sí, el corazón, rogando, pidiendo perdón, él, a quien ni cadenas ni lágrimas ataron, arrepentido de dejar en la ausencia al otro amor, y se humilla para obtener la calma y el sosiego, no sólo de la muerte sino del perdón del amor abandonado: amémonos ahora con la paz/ que en otros tiempo nos faltó. Y una lágrima, una plegaria y, por Dios, el olvido.

La ausencia aun en compañía de la amada: yo presiento/ que no estás conmigo/ aunque estés aquí. Y no se nombra la causa, se le describe: esta ingrata mentira de mi corazón. Es la duda, la incertidumbre: si tú me quieres o me engañas,/ sabrá Dios,/ uno no sabe nunca nada. Son los celos: y debo estar loco/ para atormentarme/ sin haber razón. La ausencia que Dios atestigua.

La ausencia y la presencia de lo ausente, que llena la memoria y satura el recuerdo, los eterniza: Pasarán más de mil años,/ muchos más;/ yo no sé si tenga amor la eternidad,/ pero allá tal como aquí/ en la boca llevarás/ sabor a mí. Por si no fuera suficiente, totaliza el amor ofrendado, ubica su marca, la define: tú llevas también/ sabor a mí. Y no por vanidad sino por la fuerza de ese amor, bueno y pobre: bastaría con abrazarte y conversar./ Tanta vida yo te di… Eternizadas, la ausencia y la presencia tanto tiempo, el del disfrute del amor, que se equipara, ahora, al del recuerdo. Equilibrio de adentro y afuera, de lo real y lo recordado, de lo ausente y lo presente, en quien no se pretende dueño y presume ser nada.

La ausencia y la toma de conciencia del desamor ajeno, de la otra, la dulce enemiga, de la amada: Y hoy resulta/ que no soy de la estatura de tu vida. Se le acusa, se le pretende correspondiendo el amor infructífero: me quieres a pesar de lo que dices, argumentando al amor como una herida: llevamos en el alma cicatrices/ imposibles de borrar. Se le amenaza daño: hasta puedo hacerte mal si me decido. Se le chantajea: tu amor lo tengo muy comprometido. Y en vano, pues al final se otorga el perdón: a fuerzas no será, tal vez porque se enfrenta lo inevitable: otros amores. Pero ya el dolor propio poco importa (ni siquiera sientas pena por dejarme), sino el pacto ante Dios, quien ha de cobrar el agravio, que la promesa se ha devuelto.

El arrepentimiento como antídoto contra la ausencia: Vuelve conmigo mi amor, que tus errores no me causan temor. El arrepentimiento y la oferta de aceptación a costa de lo que sea, que la ausencia se prefiere antes juntos y contra el mundo, que en compañía del mundo y en contra de la amada: como eres,/ así yo te quiero. Ahora sí, que el mundo, los otros, las terribles gentes demasiado buenas condenan la soledad, el lunar, la mancha del desamor, del deshonor, de la ausencia, que se ha impreso en el amante y ya no ha de desaparecer.

La ausencia absoluta, anclada en la realidad: ya todo lo llenas tú,/ yo no soy nada en ti. Y la resignación: Adiós,/ que de algún modo/ seguiré mi viaje. Porque, a pesar de la indiferencia, del compromiso amoroso, del menosprecio, la dignidad sienta sus fueros (me haces menos/ y ese es mi coraje) y obliga a renunciar a un amor que ha renunciado antes, casi como capricho, se abandona todo, degustando, incluso, la amargura de la felicidad que no es propia o en su compañía: al fin tú eres feliz,/ ni lo vas a notar. Amargura y tristeza.

La tristeza como secuela: desde que te fuiste/ no he tenido luz de luna. En la obscuridad ha vivido desde la partida de la amada y anhela ser alumbrado: yo quiero luz de luna/ para mi noche triste. Entonces, la ausencia es lastre, dolor, muerte: Yo siento tus amarras/ como garfios, como garras/ que me ahogan en la playa/ de la farra y el dolor. Ausencia y tristeza que convierten al amado en cadáver que revive, en fantasma que arrastra sus cadenas/ en la noche callada. Y la ausencia es silencio, que quien no ha amado/ que no diga nunca que vivió jamás.

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