CRÓNICA DE ASTUDILLO EL CANSADO EN CUAJI Y OTROS ASUNTILLOS
Casi dan las diez de la mañana. “Ese hombre parece enfermo –dice uno a mi lado, barbado, de sombrero, camisa abierta amarrada a la cintura gorda y con un botón, prendido en la bolsa, que promociona a Astudillo–. O está cansado”. “Sí, así parece –le respondo–. O ha de estar encabronado –agrego, en mala lid–. No creo que esté a gusto con este recibimiento”. Astudillo se sube a una silla, frente a una no multitud de gentes y alza los brazos como luchador en el centro del ring, luego de ganar la pelea por el campeonato. Tal vez por esa razón se mira cansado. O enfermo, como dice el hombre.
Si descontamos a esa multitud el número de auxiliantes en la campaña astudillana, los de rojo (unos cincuenta, contando a los que vinieron de fuera); a los estudiantes de la secundaria (dos grupos de a veinte por salón), con todo y maestros incluidos; a las enfermeras, médicos y directores de hospitales de la SSA (un director, en verdad); a los funcionarios del panista Ayuntamiento Municipal (secretario general de gobierno, director de seguridad pública municipal, director de gobernación municipal y otros sin cargo o regidores, diligentes recepcionistas); a los niños que acompañaban a sus padres; a los precandidatos del Revolucionario Institucional a la presidencia municipal de Cuajinicuilapa; a los comandantes de la judicial; a los todos ganaderos representados en uno, el presidente de la asociación local; a los excandidatos a presidentes municipales; a los expresidentes municipales; en fin, si descontamos a los de voto amarrado, en el desayuno que ofrecía el candidato Astudillo a los ciudadanos priístas y no priístas del municipio, los asistentes y posibles votantes no llegaban a doscientos. Unos ciento noventa y nueve, tal vez. Bueno, habría que descontar también a los chayoteros.
Tal vez por eso Astudillo tenía cara de acongojado, de extreñido sin laxante a la mano, de Labastida en campaña para la grande; sobre todo porque en este idílico rincón de la Costa Chica guerrereña, bastión del priísmo y mina de votos de Tino y Layo Aguirre –según dicen y presumen en público y en privado–, su acto no actuó ni su actuación fue activa. Alguien por ahí dijo aquello de que en la última venida de Héctor a Ometepec, Layo no pudo llenar la plaza, ni con tanta gente que bajaron de la zona indiana. Y otro, un de rojo vestido funcionario agrícola metido a acarreador de votos, recordaba que a Ometepec el “amigo” Tino no pudo llevar ni a doscientos, después de haberse comprometido ante papa Layo para “aportar” más o casi mil asistentes. “En mi delante le dio un montón de billetes –detalla el que refiere y dice haber visto el chanchullo–; chingo de dinero para que trajera gente. Y nada. Quedó mal Tino. Y así quiere la presidencia de nuevo. ¿Cómo la ves?”, concluye. Y certera llega la respuesta a mi mente: la voz de Juana Escándalo, experta en menesteres mundanos: ¡Los centavos! “Vale que’l amigo Tino es pendejo; ese sí que sabe cómo hacerla”, agrego para mí mismo, el de adentro.
Pero Tino al mal tiempo le pone cara de sinvergüenza, nada lo inmuta; excepto cuando se accidenta a exceso de alcohol, como recién le ocurrió por El Terrero, cerca de su nuevo rancho. Aclaro lo de “nuevo”: No es que apenas lo hayan construido, sino que hace unos dos años no lo tenía, menos hace cinco, cuando candidato y pobre, con una mano atrás y otra adelante. Tal vez por eso alguien comenta: “No, mi voto yo no se lo voy a dar a Tino. Ese ya comió. Mejor se lo doy a Layo (actual secretario de gobierno municipal y precandidato del actual presidente panista); ese se ve jodido y parece buena gente”. Aprendo teoría política velozmente: el sentimiento por encima de la razón: el jodido que se identifica con el jodido. Hagan sus apuestas, que ahora –y según pregonan–, Astudillo es el candidato de los jodidos y Zeferino el de los ricos. “Que se lo crean ellos. La gente ya no les cree” –asegura una voz a mis espaldas.
Y bien no le da la espalda a Zeferino –a quien recibió con un discurso apenas cinco días antes–, el presidente de la asociación ganadera local (digo, la de verdad, no lo que simula y encubre) saca a relucir un discurso dominguero en lunes (y no es por la cruda, sino por lo inusitado, y no porque en realidad sea lunes, sino porque se oye más bonito): Que se cuide el que acaba de irse, el de la Z, porque todos los ganaderos votarán en masa uniforme por el que sí va a ganar, cuyas iniciales son HAF que para autoridad de presidente con la suya, aunque sea de ganadera; que se atreve a más, y aprovechando su carisma y aceptación entre los jóvenes del municipio, adelanta que el voto de los tales será por el PRI y sus compinches partidos. La gente en sus asientos ni se inmuta, a pesar de lo caluroso del orador y de lo alterado que lo pone tener un micrófono a unos cuantos centímetros de la engullición.
Cien kilos de tortillas comprados. Seguro que pensaron: a) los cuantos que invitamos al desayuno engullirán el exquisito almuerzo que hemos preparado, y como son memeleros, seguro que cada uno se engulle su medio kilo; o, b) asistirán tantos y tantos, unos mil por ejemplo, y las raciones serán tan abundantes, que con doscientos gramos de tortillas por piocha ya la hicimos. “¡Uta! –dice uno–. De haber sabido que iban a dar chileconhuevo mejor ni vengo. Eso es lo que como todos lo días en mi casa. Hasta ‘toy enfada’o”. Y no sé qué opinarán los demás, pero en muchos platos quedaban el arroz y los frijoles que acompañaban el consabido huevofrito o chileconhuevo y él mismo aunque con dos nombres. “Esto ya no es desayuno –comentaban, y no precisamente unos maledicentes sino invitados oficiales al magno evento (sic)–; esto ya es almuerzo. Desde hace rato nos están haciendo pendejos con que ya viene y ya viene, y en realidad no viene. Nomás nos alborotan. Y ya estamos desesperados; nos citaron a las ocho de la mañana. Ellos como no tienen nada que hacer”, rematan, cada uno en su oportunidad y no apelmazados como he escrito. “Pero vienen porque quieren –iba a decir–. No los trajeron a güevo”; mas decido callar.
Y quien no se decidió a callar fue un expresidente municipal, quien formó e hizo del “amigo” Tino un político astuto, enmañado y abusado. Casi lloro de la emoción y me da un arrebato de ternura: En uso de la palabra micrófona, el primer aludido declaró su reconciliación con el hijo pródigo, el ahora diputado local, Tino. Que ya ha olvidado las traiciones y los malos tratos, los corajes y las muinas, el dinero invertido en campaña, y no recuperado, y la ruina económica –la moral no cuenta, eso es cosa de no políticos–, expresó. Declarado amor ante el pueblo ausente y a nombre suyo, por su bien, por su progreso y desarrollo, por Cuajinicuilapa. Guardo las preguntas obvias y recurro a una perversa: ¿Ese pacto sealed with a black kiss implica la declinación de las aspiraciones del amigo Tino a la presidencia municipal a cambio de entronizar al cándido candidato del expresidente? Recurro a la memoria, por lo de “cándido”: Este precandidato apoyó con dineros, en especie y moralmente al entonces candidato a presidente Tino, al grado de vender varias vaquitas y ponerle en la madre a dos camionetas para hacer campaña. A cambio recibió un chingo de malos tratos y una patada. Repregunto: ¿El antaño apoyador de Tino habrá olvidado tamañas saña y patrañas a cambio de la declinación y el apoyo del diputado a favor suyo, o la guerra requiere tregua? “No se lo sabo”, me contesto, pesudoparafraseando a un personaje del Nombre de la rosa. ¿Declinará el “amigo” Tino, después de tanta semilla sembrada en sus posibles electores (sean bandejas, un billete de a veinte para las viejitas, cubetas o sean palmaditas en el hombro y apretones de mano a la voz de “amiguear” a todo mundo), después de tanta foto pagada en el periódico local, después de tantos amarres con políticos y politiquillos? ¡Sepa Dios y la Virgen de las Respuestas Ciertas!
Porque de que se andan chingando entre ellos, se andan chingando, y hasta por la espalda. Resulta que en algunas poblaciones se contra-avisó del desayuno. “De por allá –y señala hacia el mar quien relata– los camiones que mandaron se vinieron vacíos, sin gente”. “Sí, pues –dice otro–. En tal pueblo anunciaron por bocina que ya no iba a venir, cuando antes ya habían avisado que sí”. “Que se chinguen”, pienso y olvido los discursos de los profesionales venidos de lejos tierras a hacer simpático a un candidato desconocido y gris. Y encabronado ahora. O enfermo. O cansado. ¿Será la calor? Y uno aquí elucubrando en el vacío. Me dirijo a sondear a los maestros de la secundaria que están a cargo de los grupos, quienes portan una manta con una leyenda a favor del candidato. Y me reprochan que no tenga cámara para dejar constancia de tan histórico hecho. “Aquí está la memoria, esa cámara perfecta –les respondo–. Ya verán que hasta ustedes aparecen”. Y me distraigo de sus personas porque los alumnos se excitan, se alborotan y causan bulla: miran pasar a una preciosa niña de nombre Gladys, quien funge como edecán, enfundada en una roja faldita entallada y en una blanca blusa que se le pega al cuerpo, mostrándola descendiente directa de Venus o Afrodita, rival de la misma Helena troyana. ¡Dios! ¿Cómo no han de alborotarse los hormonales adolescentes ante tan grande belleza? Sospecho que si Gladys hubiese recibido al senador con licencia, candidato en campaña y no-gobernador en ciernes, seguro que la sonrisa deliciosa y la mirada reposada de la bella le harían olvidar tantos desaguisados o asumirlos con mejor talante. Sospecho, digo; porque imagino que a un hombre que se sabe perdido, no lo ha de calentar ni un sol tan candente, ni la misma sunamita en persona, en vivo y a todo color y en posesión de kamasutreana sabiduría.