Asunto extraordinario y común, el del sida en Cuajinicuilapa
Aunque las autoridades sanitarias del municipio se nieguen a hablar del tema o a cuestionar a quien los cuestiona al respecto, en Cuajinicuilapa el sida es cosa común y extraordinaria.
Es común porque todo mundo acepta que hay enfermos de sida en el municipio, y sabe y comenta los casos. Es extraordinaria porque los familiares de los enfermos casi siempre prefieren encontrar explicaciones fundadas en las creencias y en la fantasía para explicar sus padecimientos.
Se dice y se sabe que, apenas, trajeron de Estados Unidos un enfermo a morir a Cuaji. Y casos como ese hay muchos, demasiados, sobre todo si se toma en cuenta lo fácil que es prevenir el contagio.
Un amigo y yo comentamos sobre un amigo común muerto hace años. “No entiendo, no lo puedo aceptar, me dice, ¿cómo es posible que él, siendo una persona preparada, dinámica, no se haya prevenido? Yo, si el hombre no se pone condón, aunque tenga muchas ganas, digo que no, y lo dejo”.
Estoy de acuerdo, acepto. Tiene razón mi amigo. Puede ser el condón o la vida. Pero mientras no lo entendamos, mientras no lo aceptemos, mientras nos neguemos a hablar del asunto, el riesgo aumenta. El condón o la muerte, mejor dicho.
Se sabe, se dice, se comenta: Fulano y su mujer murieron por eso; sutano está contagiado; mengano y su mujer están contagiados; perenganito falleció a consecuencia de… Suena a tristeza, a dolor. Pero es real. Y crece.
Muchas veces los familiares (pesado ha de ser el peso de la condena social, de las moralinas) evaden el asunto, invocan enfermedades inexactas o explicaciones pseudomágicas: encontraron un sapo con la boca cosida enterrado frente a su casa, por eso murió, etcétera.
Es fácil prevenir el contagio. Sencillísimo. El condón. Pero no hay campañas informativas y de prevención constantes. De vez en cuando una llamarada de petate: una campaña en alguna escuela. Y luego, a ver si Dios nos acompaña y salimos limpios del coito próximo.
“¿Para qué enfocar ese tema?”, ha de preguntar el director del centro de salud. No hay respuesta a la imbecilidad. Se sabe que la gente se muere. En condiciones lastimosas, para el enfermo y para sus cercanos. ¿Será suficiente pensar en el dolor para darse cuenta que la muerte es inhumana y que la vida es lo humano y que una vida plena está ligada a la salud?
Y no se trata de abstenerse sino de cuidarse. No se trata de mudar de hábitos y preferencias sexuales sino de prevenir. ¿Nadie, de quienes les compete, ha de decir “esta boca es mía”? ¿Nadie ha de actuar?