COSTACHIQUENSES, UNA ETNIA SIN CONCIENCIA
Muchos de los pueblos de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca –de los municipios de San Marcos, Las Vigas, Cruz Grande, Copala, Marquelia, Juchitán, Azoyú, Igualapa, Ometepec y Cuajinicuilapa, en Guerrero; y de los distritos de Jamiltepec y Juquila y del municipio de San Pedro Tututepec, en Oaxaca–, comparten en la actualidad rasgos distintivos, tanto idiomáticos como culturales, que son percibidos como propios y se podrían resumir en el ser costeño. Comparten, además, fenómenos históricos y sociales comunes, siendo el mestizaje entre indígenas americanos, africanos y europeos uno de los fundamentales. Estas características comunes convierten a sus individuos en una etnia, cuya denominación más aproximada sería la de Costa Chica.
Todos los grupos humanos –aun aquellos denominados “razas”– son móviles, sujetos cambiantes, en los cuales la migración, el mestizaje, el intercambio y los enfrentamientos son inherentes a sus formas de organización. En el caso de la Costa Chica, las poblaciones indígenas prehispánicas locales –mixtecas, zapotecas, acatecas, cuahuitecas, ayacachtecas, amuzgos, huehuetecas, cintecas, nahuas, tuztecas y yopes– entraron en contacto con los castellanos alrededor de 1521. En su búsqueda de oro, los conquistadores recorrieron todo el territorio nacional, asentándose en San Luis de la Costa –hoy Acatlán– en 1522. Se sabe que con éstos venían esclavos negros africanos. Durante el proceso de colonización, convencidos ya los españoles de la necesidad de hacer producir la tierra y, por lo mismo, de quedarse a vivir en la Nueva España, introdujeron esclavos negros africanos para servir de capataces de los americanos y, más tarde, como mano de obra; según Aguirre Beltrán, “Los negros introducidos al país procedían principalmente de dos grandes grupos raciales, sudaneses y bantús”.
Tantos los americanos como los africanos fueron esclavizados por los europeos. Los primeros llegarían a obtener reconocimiento legal, aunque después de haber sido esclavizados y disminuidos o desaparecidos por maltrato, enfermedades y el shock cultural, quedando en un estatus de menores de edad, despojados de sus tierras, de su trabajo, de sus dioses. Los segundos fueron arrancados con violencia de sus tierras, sus familias y su cultura, y despojados de su humanidad: su persona era propiedad de otra persona, el producto de su trabajo era propiedad de otra persona y su voluntad estaba determinada por otra persona. La ambición de riquezas hizo a los europeos construir entelequias tales como “raza”, “negros”, “esclavitud”, “civilización” y “barbarie” para legitimar su etnocentrismo, herramienta ideológica creadora de un sistema de formas culturales que terminarían imponiéndose en los demás grupos sociales, productos de mezcla, y cuya forma concreta sería el sistema de castas. En los hechos, los europeos y sus descendientes se asumían como superiores y las demás “castas” como inferiores; y así actuaban todos, o pretendían o eran obligados. Como consecuencia, los miembros de las castas –mestizos, mulatos, zambaigos y un montón de clasificaciones derivadas– tenían impedido ocupar oficios y puestos administrativos reservados para los españoles peninsulares y criollos; en el ejército no podían formar parte de la alta oficialidad (a los africanos y los indígenas se les prohibía el ingreso); estaban excluidos del sacerdocio; y el uso de joyas, alhajas y vestidos suntuosos les estaban vedados. La cosmovisión eurocentrista terminó por imponerse, con ciertas excepciones: los pueblos cimarrones o palenques, refugios de individuos de diversas castas, preferentemente de piel oscura, como La Sabana y Coyula (hoy Huatulco). Conviene agregar que, cuando menos en La Sabana, existieron también individuos de procedencia asiática, asimilados a los cimarrones, cimarrones ellos mismos.
Luego de varios siglos de mezcla, donde los ayuntamientos entre indias y negros fueron frecuentes, los valores etnocéntricos perduraron, asumidos por los afrodescendientes, hoy costachiquenses: la pretensión del blanqueamiento de la piel, la identificación de lo “negro” con lo malo y lo negativo, etc. De este mestizaje nació el ser costeño, cuyos elementos unificantes e identificadores se encuentran en el modo de hablar, dialecto del español; el “gusto” para festejar los ciclos vitales (nacimiento, matrimonio y muerte, cuando menos); la música, siendo la cumbia, el corrido y la chilena las formas más populares y tradicionales; el baile; algunas danzas; las expresiones verbales; el exaltamiento de valores ligados a la violencia; la predilección por el juego y la apuesta: los gallos, la baraja; la comida; la agricultura y la ganadería como actividades económicas básicas; etc. En el terreno fenotípico, el color oscuro de la piel y ciertos rasgos en el pelo y la nariz; además de la potencia física y la elegancia corporal y motora.
Una de las constantes en este proceso –mucho más complejo de lo aquí anotado a prisa– fue la discriminación que hacían los europeos y sus descendientes de los demás grupos. Sin embargo, los demás grupos aprendieron o profundizaron esta actitud contra grupos a los cuales consideraban inferiores. En contrapartida, pretendían congraciarse y parecerse a los dominadores, asimilarse, ser como ellos, igualarse con ellos. Actualmente, tal actitud prevalece. Y no sólo se discrimina al distinto que se considera inferior, sino también a quienes son iguales pero no representan los valores etnocéntricos, como la blancura de la piel, la lisura del pelo, lo finura en los rasgos faciales, etc.; es decir, se discrimina también a uno mismo. El fenómeno de la autodiscriminación está tan arraigado que se sigue aconsejando a los jóvenes, en edad de casarse o elegir pareja, a optar por quienes tienen rasgos no negros –sigue vigente la vieja idea de que lo negro es lo negativo e imperfecto; además de todos los estereotipos adheridos al concepto: machismo, violencia, pereza, y más–. Se niega lo negro; los negros niegan lo negro. Son otros los valores que se afirman, los ligados al ser costeño, del que se pretende expurgar la noción de lo negro, de “raza infame por la sangre”. Lo negro sólo se asume en situaciones extremas: nadie quiere serlo sino por orgullo, por presunción o fama, por valentía y fuerza, ante la obtención de ventajas o beneficios.
Los costachiquenses somos una etnia, aunque sin la conciencia plena de ello: lengua, cultura y tradición nos unifican; pendiente queda una “organización corporativa interna” (Guerrero, J. y G. López y Rivas, 1982: 40) que nos permita transitar de costachiquenses a afromexicanos; es decir, a individuos que, además, seamos conscientes de nuestro origen e historia, capaces de impugnar el Estado nacional mexicano que nos ha excluido, que nos excluye, negándonos el derecho a existir legalmente, a ser sujetos de la historia y la cultura mexicanas, restituyéndonos la condición de ciudadanos y enriqueciendo la plurietnicidad de este país de morenos, también nuestro.