DEL PORVENIR Y EL AZAR: ENTRE SANTOS ME UBICO
‘garraron al Santo Niño
y lo botaron al agua
Corrido El paso de la canoa
Las huellas de la religión yoruba en la Costa Chica no son visibles; tal vez ni existan. Con el sincretismo entre el cristianismo y la religión yoruba ocurre algo similar; en Cuba ese sincretismo se nombra santería, religión mestiza, de mezcla, cubana.
El Santo Niño de Atocha sería Eleguá. Se le nombra también Eleggua, Elegba y Eleguara. Es un orisha, un mensajero entre los humanos y los orishas –quienes representan fuerzas de la naturaleza o conceptos como la justicia, el poder y otros más–. Cuando humano fue hijo de Echu Okó Boró y de Añagui. Entonces, andaba de paseo y encontró una luz brillante con tres ojos: era un coco seco (obi); lo llevó al palacio, lo mostró a sus padres y lo tiró tras una puerta. Era grande el asombro de todos por el coco lumínico. A los tres días, Eleguá murió. El obi era respetado; pero hubo un día en que lo olvidaron. La desgracia vino. Y se dieron cuenta los viejos que era el obi; y el obi fue rescatado, pero estaba comido por los insectos y vacío. Los viejos idearon colocar una piedra de santo (otá) en el lugar del obi, tras la puerta. Así se hizo orisha Eleguá. “Ikú lobi ocha”, el muerto parió al santo, se dice.
Siendo orisha, Eleguá curó a Olofi, que estaba muy enfermo, ante la ineficacia de las medicinas de los demás orishas, quienes trataron de aliviarlo. Eleguá, el pequeñito, preparó un cocido de yerbas para Olofi, y lo sanó. Por agradecerle, Olofi hizo que los orishas mayores le cedieran las primicias en todas las ofrendas que los humanos ofrecieran y le entregó la llave que lo hace dueño de todos los caminos que tiene la existencia. “Siendo tú el más pequeño y mi mensajero, serás el más grande en la tierra y en el cielo y sin contar contigo nunca será posible hacer nada”, le dijo. Se le atribuye, desde entonces, ser dueño del porvenir –curiosamente, Ead ward es el guardián de lo que viene, de lo porvenir–. Se sospecha que mi padre no sabía de estos menesteres ni de esoterismos De tipo alguno. Del azar, también, es dueño Eleguá. Del principio de incertidumbre, el que rige el comportamiento último de la última partícula ínfima conocida. Y se le representa como un niño. Se le ofrendan niñiedades: papalotes, pitos, bolas, soldaditos y todo tipo de llaves, pepitas de oro, monedas de plata, palos de monte, garabatos, pescado ahumado, maíz tostado, jutía ahumada, aguardiente, tabaco, coco, bollitos, aceite de cuyul, velas, dulces de todo tipo y caramelos.
Eleguá no y sí el Santo Niño de Atocha –el niño que lleva provee y agua en cuencos inagotables a los prisioneros de los moros– se venera en Ometepec, en la capilla de la Cruz Grande, que visitaba cuando pequeño por acudir de visita a una casa vecina (y ya no existe esa casa, al viejo estilo español, heredado de los moros: adobes gruesos, puerta, ventana y portón de madera, cerrada al exterior y abierta hacia dentro, con un patio amplio y jardín al centro y aljibe con tortugas higienizadoras; en su lugar se erigido una construcción moderna, vistosa, de gusto rascuacho y agringado).
Cuenta la mamá de mí sobre una promesa hecha ante su altar para tener sanación de la enfermedad que me aquejaba. Promesa nunca pagada. Hasta hace una semana: estreno guaraches y decido visitar al Santo Niño de Atocha, acicateado por la curiosidad que algunas amigas santeras despertaron. “A ti te protege Eleguá”, dijeron; “él te abre todas las puertas”. A pesar de la advertencia de Porchia (Se me abre una puerta, entro y me hallo con cien puertas cerradas.), me gusta la idea del orisha que vive en las esquinas y en las encrucijadas. Y acudo. Descendiendo del auto, piso con fuerza sobre el pie derecho y el dolor penetra el talón, dolor como de clavo que se encaja de improviso. Dolor y sangre. El guarache conservaba el clavo que suele usarse para colgarlo. Penetra y duele y hace sangrar. Ofrece una ofrenda de sangre el pie. En asuntos de religión y de fe me declaro absolutamente agnóstico: quedo en un solo ser: no creo ni dejo de creer. Racionalizador. No puedo afirmar ni negar la existencia de Dios. Ni de los dioses. Pero El Azar, uno de los atributos del Niño Juguetón, rige mis actos, de los que no soy consciente.