DESDE LOS CHACHACUALES LA VIDA SE VE MEJOR
Tanto tren con tu cuerpo
Tanto tren
Nicolás Guillen
Chacual es voz azteca que se usó para nombrar un juego de pelota; chacualear no sólo es jugar al chacual sino también “agitar un líquido produciendo ruido”, según explicación del maestre Santamaría. La repetición del viejo ritmo coital seguramente llevó al termino chachacual, bajareque hecho con rastrojo de ajonjolín donde, cada cierto tiempo –como en la feria del segundo viernes de cuaresma en Cuaji, pongamos por caso– se ayuntan hombres y mujeres comerciantas encima de camas de varas y petate para jugar, el uno a enterrarse hondo y la ella a casi menearse, en tanto agítanse sus líquidos produciendo ruidos de chasquidos mayúsculos, como los de quien mastica chicle con toda la fuerza de la mandíbula y a plena boca abierta, y de vez en cuando lo truena.
Feria del segundo viernes de cuaresma en Cuajinicuilapa: los chachacuales ocupan un lugar que les estaba vedado: ahora se ubican entre puestos de comida y todo el paseante los puede ver sin descaro. Por cuestión de interés comercial. Hay muchachas de buen ver y de no tocar sino por dinero; la cocha, la rockola, la que se traga una de cada dos monedas que le ensartes, cdisquea los “exitos” redigimasteriactualizados de Los Magallones sin la voz de Nacho, y el rasgo de decepción inicial se agudiza para convocar un gesto de tristeza: estos chachacuales modernos no tienen habitáculo para el fornicio, chachacuales sin chac chac, chachacuales light.
Uno bebe su cerveza con fervor pánico y mira el desfile de los asistentes a los juegos y los puestos de la feria; es notoria la presencia de las jovencitas que acuden con su hermosura y su elegancia puestas, luciendo sin presunción los rotundos endutos, dando orden al desorden de voces, sonidos y ruidos que provoca la multitud. Podría uno estarse todo el tiempo contemplándolas; debiera instituirse una beca para hacerlo, aunque sea sólo para pagarse los cervezas. Previsoras, las autoridades municipales organizaron un concurso de belleza, con un bonito propósito cultural, a decir del responsable de hacer desfilar a doce de las más preciosas jóvenes del municipio; espectáculo para los ojos y la lujuria. No mostraron su cultura, como se pretendía, sino apenas su timidez para desenvolverse en traje de baño frente a mirones desinhibidos. Loable propósito.
Por otro rumbo también preocupa la cultura. El Museo de las Culturas Afromestizas cumplirá dos años de existencia; ha sobrevivido; sin embargo, aumenta el deterioro de las colecciones expuestas y de las instalaciones por falta de mantenimiento: dicen por ahí que hay recursos, sólo que el interés mira hacia otro lado. Si vemos bien los hechos de la historia patria, los negros africanos y sus descendientes han aportado más que el color quebrado al ser mexicano, y lejos está de reconocerse. La presencia del museo no se limita a que el legado africano sea sólo una pieza más, sino propone que se reconozca su dimensión. Al comité directivo le toca ser tenedor del museo; los recursos económicos y los apoyos técnicos deben venir de las autoridades; entre ambos habrán de articular un modo para que las cosas mejoren antes de que los daños sean irreversibles; cada quien tendrá que asumir la responsabilidad que le competa. El museo es conocido, cuando menos desde tres páginas web, por muchos lados del mundo; su importancia rebasa el ámbito local, de la Costa Chica, de Guerrero y de México; debe ser el centro de este movimiento de búsqueda y reconocimiento de la negrada por estos rumbos.
Ahora que los neozapatistas andan caminando y que han centrado la atención en el asunto de la diferencia, ojalá los legisladores también noten que hay una zona, pequeña, en la que los rasgos culturales están muy emparentados con eso que se ha dado en nombrar “Nuestra tercera raíz”, y se atrevan a proponer alguna iniciativa para que los libros de texto gratuito de historia patria recojan la aportación de la negrada en la Constitución de esta nación. Si alguno lo hace, capaz que lo invito el año que viene a tomar asiento en algún chachacual para que avistemos, chelas en mano, el fluido venir de los hombres y mujeres cuijleñas con la fiesta en el cuerpo para justificar la fiesta de la música que se arrecha como si extensión del cuerpo fuese, y cantemos semiborrachos al ritmo de Mar Azul: por eso yo no me voy de aquí, porque es mi tierra donde nací.