EL ARTE DE MEAR PARA NO OFENDER
Hesiodo aconseja orinar contra un cuerpo resistente,
para no ofender a dios con la desnudez.
Plinio. Hist. Nat. Lib XVIII, cap. V.
Y por oírte orinar, en la oscuridad,
en el fondo de la casa,
llamando cosas desaparecidas,
seres desaparecidos,
substancias extrañamente inseparables y perdidas.
Tango del viudo, Pablo Neruda.
Mea de pie La Amarillita. El chorro cálido es cascada rubia que la fuerza de gravedad atrae hacia el centro del planeta, al ombligo del cosmos, el ojo cíclope de Dios. Recuerdo la voz de Jaime, remedando a Borges en nombre del miedo, el vértigo y la soledad de Pascal: La naturaleza es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes, y la circunferencia en ninguna. Aclara Borges que Pascal aborrecía el universo y hubiera querido adorar a Dios, pero Dios, para él, era menos real que el aborrecido universo. Advierte Jaime que tal definición de Dios basta para estupefactar cualquier pedantería y animar la broma intelectual que apabulle al escucha, sin darle oportunidad siquiera de la defensa de la risa.
–Es el frío –diría la primera vez.
–¿Placer? –interrogo, la tercera ocasión, sospechando el origen de un hábito delicioso, sensual para ella y estético para mí. La Amarillita asiente. Habla del líquido calor que escurre por sus muslos, baja por sus piernas, le lame los cuyules y, pasado el arco de sus pies, se incorpora al charco que el chorro ha formado en el piso. Porque no mea con las piernas separadas, abiertas a propósito para no mojarse, sino parada en posición normal para sentir el roce cálido: se concentra con ardor en la orina tibia para aferrarse a su suavidad y exacerbarla, hasta desterrar el frío que la desnudez y el agua concitan.
No mea como meaban las cuijleñas antiguas, privadas de prendas interiores, de pantaletas: afirmaban los pies separados –a una distancia de dos jemes– en el suelo, formando un ángulo de cuarenta y cinco grados, alzando levemente y abombando las anchas, gruesas y largas naguas floreadas. ¿En qué momento mis antepasadas dejaron de proyectar desde las alturas su miel delgada, a decir de Neruda? ¿Cuándo y bajo qué instrucciones decidieron encuclillarse y susurrar su trémula, argentina y obstinada miel, como le gusta nombrarla a Pablo Neftalí, desde más abajo hacia el frente? Preguntas que ningún cronista podría responder, a pesar de enunciarlas.
En este momento de la cronología revisada me se aparéceseme Mamatancha y uno de sus preceptos ético-erótico-urinarios:
La mujer que no hace pozo
en el suelo cuando mea
tiene la huevera choca
y floja la chimenea.
No se piense que hubo entonces quien midiera por oficio la profundidad del pozo donde se inyectaba la orina con el propósito de clasificar la conducta sexomoral femenina ni la fortaleza de los músculos vaginales y vulvares; apenas es un precepto que pretende adjetivar descalificando por prevención de higiene ética, algo así como: si no meas con tanta fuerza como para empozar la orina, es que le has dado vuelo al coito tanto como se te ha antojado y, por lo mismo, eres choca, sucia e inmoral y, pa’ seguirla chingando, estás guanga, aguada o te han migado tanto que no mereces ser decente –él “No fornicarás” ni en defensa propia.
Y acuérdaseme una costumbrita macheril: él llega a la casa y lo primero que debe hacer es palpar la micha de ella en búsqueda de humedades y líquidos forniciales que denoten infidelidad delatada.
Luego de las bacías de peltre –“palanganas a la inglesa” o “urinario inglés” de casi exclusivo uso nocturno para féminas sanas u orinal para enfermos–, las tazas sanitarias instaladas en asépticos wáteres, donde los olores y colores se inodoran e incoloran, y el rito del chorro eyectado que se confunde con la blandura e inocencia del agua –a costo de su desperdicio– se convierte en un mero acto higiénico, y apenas el oído lo lame, y ha de venir el chocante ruido giratorio que destiñe el dorado y envía hacia cañerías ciegas los meados para suspender mi imaginación.
Como plagiario nerudiano, tengo el gusto de entregar mi coro de sombras, el inútil ruido que en mi alma las espadas tañen y la sangre de la paloma que mea su soledad en mi frente por no sólo escuchar sino, además, ojear, atisbar, otear, fisgar, bizquear, vigilar, estar con cien ojos, comer con la vista, contemplar, revisar, entrelucir, vichear, aguzar sin pestañear a prima faz el rito de La Amarillita, hueliéndolo, degustando la suave acidez de la orina-mieldelgada, para saber de la magia que el erotismo convoca y de la belleza que asume el placer estético, y alimentarme con ellos como quien mama leche de la madre y no pretende ofender ni a Eros ni a las Nueve Hermanas, cuando menos.