EL CASCABEL NEGRO
Si me quieren agarrar,
allá estoy en La Bocana.
Corrido de los zapatistas de San Nicolás
Ya que tantos reyes más bárbaros que nosotros toman este título,
lo tomaremos también.
Constantino P. Cavafis
En Coyula es donde abundan los cascabeles. Hace mucho tiempo que el palenque de Coyula ha dejado de zarandear sus cascabeles; sus culebras ya no agitan las sonajas.
Afirmaba con categoría un antropólogo de la ENAH –cuyo nombre he olvidado y que el año pasado fungió como asistente de la amiga Beatriz Morales del Morris Brown College de Atlanta– que ese asunto del cimarronaje en la Costa Chica es invención de los antropólogos gringos, y que los negros hemos aprendido ese parlamento y lo recitamos ante cualquier frastero como buenos alumnos del periquito de David –que siempre decía estar bien; todavía antes de ser engullido por la apetente trompa de una cocha, le preguntaron por su estado, y él seguía diciendo estar bien. El que esto describe, casi doctoral, habló de Nyanga o Yanga, San Lorenzo de los Morenos y de Coyula, del cimarronaje y los palenques... y el hombre, el pobre hombre arremetió con el ariete de las regiones de refugio. Entendí que se trataba de una disputa por tener razón; y desistí porque cuando alguien pretende e insiste en tener superioridad racional sobre otro, acudirá a todo para calificarse, a riesgo de denigrar a quien le haga sombra. Solicité la intervención de Aguirre Beltrán, René Acuña, Rolf Widmer, quienes discutieron al tú por mí y le regresaron cordura al Master en ciernes; y de paso curaron de espanto de espíritu a la desacademizada Betty Morales.
Si en el tal ámbito académico, donde el conocimiento nos hará manumisos, ansina ‘tan las cuestiones del autoconocimiento “afromestizo”–porque ‘ondequera que’hubo actividad productiva hubo nengros– ni modo de preguntarle a los antroponengreros: ¿No está el nengro? ¿A qué horas va el nengro a la leña?
Dos modos de emancipación urdieron los esclavos negros: la sumisión y el amor por un lado, y la huida, la rebelión y el cimarronaje por el otro. Resistencia pacífica y resistencia violenta fueron las respuestas. El cimarronaje recupera o continúa la experiencia de resistencia violenta que los africanos acuñaron en su lucha contra los europortugueses: las primeras rebeliones de esclavos en la Nueva España tuvieron como caudillos a negros nacidos en África; la huida, de las garras de los portugues en África y de los españoles en Nueva España; el sistema de bandolerismo, alias guerrilla ,y los ejércitos que asolaban los caminos: los guerreros jagas en África y las bandas en Españita; la protección de los huidos en algunos reinos bantú –el de la reina Njinga, por ejemplo– y en San Lorenzo de los Morenos, jefaturado por don Yanga; el retiro a sitios inaccesibles, el despoblamiento de niños, viejos y mujeres, ante el ataque de los piquetes españoles.
“En un monte que se dice Coyula, dos leguas de este dicho puerto (Huatulco), asisten de ordinario tiempo treinta esclavos negros cimarrones. Y al presente los hay con sus casas, labores, y demás algodonales y otras cosas como si actualmente estuvieran en Guinea”, cita Widmer, y refiere que son noticias de 1580, siendo virrey Luis de Velasco: anota, además, las medidas que debieran poner en práctica las autoridades: “Hagais juntar todos los españoles que en esta jurisdicción viviesen y con un golpe de los indios de los pueblos de ella váis a la parte y lugar donde los dichos negros y negras están y residen; y a costa de sus amos les queméis las rancherías, casa y sementeras que tuviesen hechas, y prendáis los que hallarédes para entregarlos a quienes fuesen, cobrando de sus dueños para ayudar de el gasto y costa que en ello se tuviese”; esto en 1599. Apenas iniciado el XVII, en La Sabana, a escasos metros de Acapulco, se refugian negros, mulatos y chinos que “andan huidos y ausentes del servicio de sus amos, haciendo robos y daños y acometidos a los almacenes reales del puerto, usando de otras libertades en perjuicio de los vecinos y viandantes”. Estos grupos cimarrones no estaban totalmente al margen de la sociedad colonial, pues sus productos, como el caso del algodón, no eran para autoconsumo sino para trocar por herramientas, insumos y bienes que no podían producir; al paso del tiempo se establecieron y fundaron comunidades cercanas a los pueblos indios, de quienes tomarán mujeres y aprenderán a cultivar, a comer y a medicarse, entre otras cosas. Esta relación con los naturales estuvo llena de tensiones y violencia, donde la peor parte tocó a los indios. Coyula no corrió con suerte y fue desmembrada; pero existió, aunque su rastro sea poco conocido, como ocurre con todo lo que tiene matiz negro en este país: es un cascabelito más que debemos guindar de la cola de esta nación.