EL COYOTE
El coyote era un bandido
nacido allá por mi tierra.
Lo conocí desde niño,
fuimos juntos a la escuela.
Canción popular
En el zoológico imaginario de la Costa Chica, uno de los seres presentes y permanentes es el coyote. Coyote que anda erguido. Organizador de tours. Cargamento humano, de entre diez y veinte personas, por lo regular. Viajeros por aire y carreteras, por caminos, túneles, desiertos y ríos; atraviesan ciudades, estados, países. Él es el guía, el conecte, el contacto. Quien los lleva hacia la tierra prometida de los dólares. O quien puede perderlos. Es el pastor del rebaño humano, el gran perro guía. En otros lados es el pollero. Acá no. Es el coyote. Nada que ver con el chocoyote ni con el Tío Coyote de los cuentos viejos que transmitían los mayores a los menores, de boca a oído.
Cuajinicuilapa, como muchos de los municipios de la Costa Chica, del estado y del país, es grande productor de indocumentados que trascienden la frontera con Estados Unidos por la ambición del dinero y sus beneficios. Van en búsqueda de una mejor vida, ya regresen o ya se queden por aquellos rumbos del inglés americano. Desde los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, los cuisleños han emprendido el largo viaje por el mismo motivo. Antes como trabajadores agrícolas, amparados en los tratados y acuerdos entre los gobiernos de México y Estados Unidos: trabajadores legales, con papeles, como se dice. Me acomodo en un paréntesis para expresar lo curioso que resulta cómo muchas veces la existencia de los humanos está sujeta a los papeles, meros productos de hechura humana: si no tienes papeles, no existes, no eres. Retorno. Los migrantes actuales, y cuando menos desde hace treinta años a la fecha, no quieren el machete –según decimos para significar el trabajo en el monte, en el campo, el agrícola, el de peón–, le huyen. Es decir, no van como trabajadores agrícolas a Estados Unidos; prefieren la fábrica, el restaurante, la construcción. Nada de machetes. Por eso se van, dicen, para no agarrar el machete acá. Aunque ahora se usa cada vez menos; los utensilios de la labor agrícola se modernizan, aligerando las tareas: nadie quiere agarrar el hacha, ahora, todo mundo tiene y quiere tener una sierra eléctrica o trabajar con ella. Se entiende que así sea. Pero los costeños huyen al Norte con el fin de trabajar, ahorrar, hacer su casita, comprar un terrenito para las vacas si no se tiene, comprar algunas vaquitas y/o poner un negocito. Llevársela más tranquila.
En el barajar de las ilusiones de los migrantes, el papel del coyote es central. En muchos de los pueblos se conocen quienes se dedican a este oficio, a traficar humanos. No puedo desimaginarme un grupo de esclavos amarrados, al estilo de los capturados por los europeos en África durante el colonialismo. El reclutamiento de los que se van se basa en un contrato verbal entre ellos y el coyote o entre el coyote y algún pariente que está en Estados Unidos y ha de pagar el costo del viaje, de alrededor de dos mil dólares. A los coyotes, pues, les llueve la chamba, tienen mucho jale. Así que no necesitan mover sus fundillos de sus asientos para encontrar viajeros, proveedores de billetes verdes. Cuando escasean los turistas, el coyote suele recurrir a vocear en las calles, por los pueblos y cuadrillas y ranchos, para conseguirlos; caminan casa por casa, barrio por barrio, hasta completar la carga. Los viajes son frecuentes. Hacia Utah o las Carolinas, de moda por ahora, dado que California se ha repletado con tanto mexicano, incluidos los costeños. En avión desde Acapulco a Tijuana; a hospedarse en el hotel X, en la habitación n, y esperar la llamada que anuncia la partida hacia el destino final, enfrentando el reto mayor, cruzar la línea. Algunos a golpe de calcetín, durante días, por el desierto. Otros cruzando el río, a nado. A veces por un oscuro túnel de kilómetro y medio, más o menos. Y ya cruzada la línea, a esconderse y escapar de la migra, a burlar su vigilancia. “El túnel sale cerca de un freeway en Tucson. Durante todo el día está la migra vigilando la salida; el coyote se asoma y avisa, así que te esperas hasta que se desafanen o se regresa uno para intentarlo de nuevo –cuenta Ramoncito, quien va por su cuarto viaje–. La otra vez nos fuimos por el desierto; caminamos un chingo, sobre todo en la tardecita y la noche. A veces nos teníamos que esconder, pero el cuco –helicópero– daba vueltas y vueltas sobre donde estábamos nosotros, hasta que se cansaba y se iba. Y entonces teníamos que aprovechar para seguir”.
Burlada la vigilancia en la franja fronteriza, a viajar en automóvil y camioneta hasta llegar al fin de la ruta. Muchos pasan por la línea. Turistas negros que regresan a su país, luego de vacaciones. Es sencillo, aunque se requiere tener la piel negra y el cabello cuculuste, cuando menos. A comprar el boleto del tren, tomar asiento con un periódico en inglés entre las manos y tener el ticket listo para cuando pasa el revisor y entregarlo sin decir palabra. Otros cruzan en automóvil, con alguien que tenga papeles de allá, muchas veces un coyote. A pesar de que suele haber deportados, los costeños van y vienen seguido, con una facilidad asombrosa. Uno de con quienes platico y que ha sido indocumentado, confiesa que pretende disfrazarse de mormón y cruzar manejando. Se lamenta de no estar “más morenito, aunque sea tantito”, para poder ingresar sin tantas dificultades. Estos dos van a viajar al Norte antes de dos semanas. Algunos los envidian por ello.
En los últimos años se ha incrementado el tránsito de migrantes centroamericanos y asiáticos por la Costa Chica. Llegan a Cuajinicuilapa en grupos, a cargo de algún pollero; se hospedan en algún hotel; luego se trasladan a Marquelia y así, en escalas. Viajan por la carretera panamericana, de noche preferentemente. Un hombrecito que he visto un par de veces en menos de tres meses, se dice doctor y dedicado a la venta de medicamentos. Cuando le pregunto a la mujer acompañante, sin él presente, a qué se dedican, no responde. Ambos conducen grupos de migrantes. Alguien me informa que, por lo regular, le untan la mano a las autoridades migratorias en el estado si los encuentran, y siguen adelante. En San Juan de los Llanos se ubica, de tarde en tarde, un retén de militares; a veces se encuentran también agentes de migración. Les untan la mano, dicen. Comentamos con Ramoncito y Julio el asunto de los centroamericanos y el primero me sugiere que se los baje al pollero, que le ponga el dedo y le quite el jale. Es más, él se apunta para echarme la mano y coyotear a los migrantes. Yo me río. No puedo imaginarme en ese disfraz, aunque el coyote sea un animal mitológico y no precisamente en peligro de extinción.