ELPIDIO SILVA HA MUERTO
Elpidio Pillo Silva, uno de los “horcones” del grupo Son de Artesa de San Nicolás, ha fallecido luego de una prolongada estancia en el hospital. Habíase accidentado hace más de un mes en las cercanías de Barajillas.
Hace algunos años, en las instalaciones del Museo de las Culturas Populares en el Distrito Federal, estábamos charlando. El grupo Son de Artesa acababa de presentarse ante espectadores eufóricos que terminaron taloneando la artesa, en compañía con doña Cata, Efrén, Pillo, don Chico, mi hermana Guaña, don Melquia y algunos niños. Ya entrados los hombres con una media de aguardiente que alguien sacó de no sé dónde, se comenzó la verseada tras bambalinas: doña Cata sacó a relucir versos de esos de torneo y los hombres le contestaban, hasta que el tono se hizo pesado y las coplas insultantes y ofensivas. El pudor de los hombres impidió que el torneo entre doña Cata y ellos se desplegara a plenitud. En esa ocasión Elpidio Silva se despicó esta copla:
Quisiera ser un sapo
y sentarme en tus rodillas,
para alzarte la falda
y olerte la semilla.
Literaturista como soy, la copla pasó a formar parte de mi acervo mental, para mis torneos mentales. Lo primero que llamó mi atención fue la metáfora de la semilla, después la métrica. La irregularidad métrica es arcaica y remite de inmediato al Archipreste de Hita, don Joan Ruiz, el erótico por excelencia. Eróticos también son los actos que la copla evoca: alzarle la falda a la amada y olerle la semilla. El primero es visual: alzar para descubrir las prendas íntimas: deleite de la vista ante las partes afrodisias. El segundo es olfativo: aspirar el perfume venusiano: estimulo que, a ojos cerrados, estimula y preludia la arcaica batalla en campo de plumas, el viejo metisaca que reviste con placer una función fisiológica.
Elpidio Pillo Silva le pegaba al parche tanto como taloneaba el cajón de la artesa. Un brinquito suyo, dado luego de cada compás, era la distinción de su modo de talonear. Será que cada hombre trae consigo alguna cosa, aunque pequeña, para enriquecer la experiencia humana, desde él hacia los otros. Y la certeza de la muerte, claro está. Él viajó por el país, con los artesistas de San Nicolás, llevando a otros públicos los sonidos bantús mexicanizados (“Si uno de ellos le pegara al parche un tiempo después…” dirá una amiga) que acompañan esa gran caja de percusión que es la artesa, y los movimientos de los cuerpos que enfatizan el taloneo, y los versos antiguos tan repetidos que nadie sabe quién es el autor.
Ha muerto, ahora, Pillo Silva. Y en paz descanse, que ese es el sino. Lo menciono aquí para nombrarlo y dar testimonio, uno más, de su existencia.