En la Barra de Tecoanapa hay una artesa que no es canoa
(Recuento del concurso de canotaje en Marquelia)
Para Xocoyotzin, que huye
La Barra de Tecoanapa es lugar importante en la historia de la Costa Chica, sobre todo en estos rincones cercanos a la Mar del Sur y al estado de Oajaca. Se embarcaba algodón y reses, se sabe, entre otros productos. Desembarcaban mercaderías orientales y europeas, traídas del puerto y villorrio de Acapulco para surtir de lujos y utensilios industrializados a los costeños. La existencia de la Barra prueba que esta zona nunca permaneció aislada. Habrá que pensar e indagar sobre las actividades de los piratas que pleiteaban por esta mar en pos de las riquezas que la Nao de la China traía y llevaba por encima de las aguas y sus humores.
El Río Grande u Ometepec es caudaloso, y más después de estas lluvias. Antes de que sus ramas de agua dulcinea nutran la mar salada, el Quetzala engorda con abundantes aguas del Santa Catarina, arriba de Cerro de las Tablas, y más abajo se abre para aceptar las acuosidades del Cortijos o Barajillas. Y la barra se abre al mar. Riqueza de verduras vegetales, animales de pico y pluma, mamíferos y acuáticos y marinos. Arriba ha quedado Cenizas o Loma de Terrero, antes perteneciente al municipio de Cuajinicuilapa, ahora al recién instaurado de Marquelia (de la que sigo sin saber lo profundo de su nombre).
No viajamos en canoa, pero llegamos a la Barra de Tecoanapa para participar con la Casa de la Cultura de Cuaji, presentando a los jóvenes taloneadores de artesa. La cita es a las doce del día, cuando se espera el arribo de los remadores concursantes. Hemos de esperar, y apaciguo a mi espíritu chingaquedito, que siempre me acompaña -con eso de que se ha propuesto vigilar mis hábitos humanos. Son las once y media.
En tanto los canoístas regionales llegan, repaso lo que puede mirarse y asimilo, y reflexiono. La propaganda es atractiva; su ortografía es pésima. La idea es buena; su realización está en pañales, y no limpios precisamente. Se sospecha que las autoridades de Marquelia no hicieron suficiente propaganda al concurso de canotaje, porque los participantes son pocos. ¿O será que la disminución en los montos de los premios ha desatractivizado el “evento”?
Ahora anuncian que apenas a las doce han salido del Cuije los canoeros, encomendados de seguro al Santo Niño, y que en tres horas estarán por estas aguas, un mucho revueltas y oscuras a causa de tanta lluvia. A esperar se ha dicho. Y mi espíritu se divierte viendo a unos ponentes sudar la gota fría y gorda tratando de oscurecer el día para proyectar algunas diapositivas que, se sospecha, importantes han de ser. Ese es el tono organizativo del concurso: parece que todo está improvisándose. A ellos mismos, les dieron una camioneta sin gasolina para llegar a la Barra y se quedaron en el camino, y tuvieron que trasladar sus aparatos cibernéticos y electrónicos en la recurrente y salvadora pasajera. Los artesistas de Cuaji se preguntan por el lugar donde bailarán: al parecer, no ha sido previsto.
Más en fin. Al fin y al filo de las tres y media llegan los canoeros remeros de La Barra que ganaron el año pasado y repiten ahora. Júbilo y gritos y vivas y cervezas destapándose. La canoa de los organizadores, con motor fuera de borda, estorba más que ayuda a bien mirar a los competidores. En segundo lugar aparecen los de Vista Hermosa. A esperar el “bonito programa cultural” que corone la desorganización.
Y no es que me adelante a los hechos, es mi espíritu chingaquedito que goza premaldiciendo o previendo el ojo ajeno empajado. Discursos más, discursos menos. Quienes salvan el día son los chamacos de la Casa de la Cultura de Cuaji, al son de los sones de artesa y de las coplas que se despican. El baile arranca risas, admiraciones, gritos y festejos. Las coplas son aplaudidas con emoción. El baile y las coplas de Martín Xocoyotzin merecen mención, porque es un niño que se entrega a lo que hace, y lo hace bien. Parece que es uno de los pocos momentos en que los asistentes coinciden en algo: se divierten al unísono (y sin cantar Las mañanitas). Y justo cuando lo caliente calentaba, la gasolina del motor que proporcionaba energía al equipo de sonido se acabó. Y la voz del micrófono empequeñeció. Y las coplas no pudieron ser escuchadas en su esplendor pleno. Ya antes el equipo de sonido (dueño incluido) había padecido irregularidades. Más tarde se restablecería la corriente eléctrica para que los funcionarios premiaran a los remeros ganadores.
Y lo que son las cosas (la frase me parece ubicua): a los que tienen la sal siempre se les escatima el pan. Los bailadores de artesa quieren partir hacia la playa, que bañarse en aguas de Yemayá-La-del-Mar es estímulo certero. Pero los organizadores desorganizan la partida y les proponen el banquete, y se acepta. Y el banquete son tres o cinco chacalines en caldo de chile rojo, acompañados con un trozo de jurel o cocinero. Sería banquete si no fuera porque a los funcionarios y sus comitivas de comelitones les sirven guachinango empapelado que, además, les sobra. Y mi chingaqueditesco espíritu recupera las viejas preguntas: ¿Por qué estos pendejos tratan tan mal a quienes ponen el espectáculo? ¿Por qué el agasajo es para los mirones oportunistas y no para quienes dan sentido a la diversión? Agrego que los canoístas ganadores no están en la mesa de los banquetes; seguro que prefirieron irse a casa a comer algo decente o ¿será que no fueron invitados? En otros sitios les dan mejor trato.
El mal sabor de espíritu lo cancela el paisaje y la camaradería que se instala en la camioneta de redilas que nos traslada hacia Las Peñitas. Y la certeza de saber que ellos comieron mejor, pero no saben bailar la artesa, a pesar de sus trocas con clima.