ESTE CD NO ES PIRATA
(NO LE DUELE LA SANGRE A LA RIQUEZA)
Was it for you? Was it me?
...
What have we done, Maggie what have we done?
What have we done to England?
LA LÍRICA SE MANIFIESTA a plenitud en The Final Cut. Lírica social. La música como arte. Suma de inteligencia, o astucia artística; experiencia, o estar de vuelta de todo; imaginería, o imaginación altísima; sensibilidad, o imaginación que pulsa, palpa y ejecuta lo sensual; y, rabia, o el dolor de ser humano y saberse mortal y conocer mortales a los otros: lo que se percibe es el sentimiento y la emoción desnucados: el neoliberalismo en prendas desnudas o los recovecos del poder llorados por el desamparo o no sé detener sino lamer la mano que me golpea con su arrepentimiento.
El culto y la moda han desvirtuado The Wall para paradigmatizarlo en Another Brick On The Wall II, y la simple crítica a la educación formal y tradicional. Lejos de Athomic Mother Heart, de Ummagumma, de Animals y de Wish You Were Here (es decir, del progresivo de verdad, del jazz progresivo, del sólo Gilmoure memorable y de la parafernalia sentimentalista), y muy cercanos a The Division Bell, su obra se condensa en The Final Cut. O, no se condensa, se consume; porque el arte sólo lo es si consume, al que crea, al que recrea. Casi lo olvido o vendió demasiados discos: si no fuera porque el prisma de The Dark Side Of The Moon omite, deliberadamente, su eje, no hablaría de una frase —is that a hint of accusation in your eyes?—. Algún poeta anota que una frase es suficiente para salvar al poema, y me acojo a su patronato. Porque A Momentary Lapse Of Reason prueba que otro siglo viene y lo desconocemos. Aunque Irak ya ha sido bombardeado y sea normal que así sea: en Dios y en su Majestad la Reina confiamos. Y si no, muramos en solidaridad.
Conocerlos se lo debo a Jorge y Jorge a Nacho prieto. Al prieto criollo de verdad y legítimo habitante del barrio de la Banda (y no de los negros africanos llamados Banda); negro cenizo tan negro como feroz garrobo de sombra o de piedra —cuiteros, dicen—; en entonces, y gracias a Beto García, escuchábamos a Cornelio Reyna con su nube caída de los mil metros de altura, e ignorábamos la diferencia entre ellos y otros como Androides. Supongo que Athomic Mother Heart fue lo primero. Ahora Nacho no los escucha.
A principios del siglo XVI Inglaterra pesa en el mundo lo que un palo de tabaco —dice Arciniegas—. Sin embargo, Enrique VIII tuvo la visión de armar una flota de 85 barcos de guerra dotados de grandes cañones; además, legó a los piratas ingleses el negocio de la marina mercante. Y ellos descubrieron para ellos la gran mina, la mina que en el siglo XVI vale más que toda la hulla del mundo: África, con su carne de color de carbón. William Hawkins fue el primer inglés que hizo la guerra comercial a los españoles y portugueses al contrabandear negros esclavos —cazados en Sierra Leona— y cambiarlos por cueros, azúcar y oro, con la complicidad de los funcionarios españoles asentados en América. Su hijo, John, siguiendo sus pasos, formará una sociedad con los comerciantes ricos de Plymouth para cazar negros en Guinea y venderlos en Santo Domingo. Ser negrero era una actividad decente y humanitaria: para salvar a los africanos del sufrimiento de ser esclavos en África, los ingleses los traían a América donde su suerte no podía ser peor. Si bien es cierto que la esclavitud de los negros la inventaron los caciques negros para comerciar con los piratas árabes, los europeos la perfeccionaron; a los ingleses les corresponde en gran medida ese mérito, aunque su misión humanista de traslado de negros se interrumpió al dejar de ser rentable y descubrir las ventajas de civilizarlos en la propia África. Viniendo de allá, con las bodegas de los barcos repletas de negros baratos —pues no tiene que pagar licencias ni impuestos a España—, John, unas veces amenaza con cañonear los fuertes, otras se hace el perdido en los mares y pide acogida en los puertos. En una forma u otra, se da trazas para ponerse al habla con el gobernador, con el hidalgo, con quien tenga el dinero; vende la mercancía y llena la bolsa... En Santo Domingo, después de vender doscientos negros, deja en depósito ciento veinticinco, por si hay que pagar algún impuesto. Apenas si puede imaginarse que John Hawkins espere ver un escudo a cambio de estos negros. Lo que ha hecho es un perfecto contrabando... con la venia de la reina Isabel la Protestante, of course. Perros del mar, los corsarios y piratas de su Majestad. Porque para pirata Sir Francis Drake —el primer europeo en conocer y navegar el Pacífico—, quien piensa no contentarse con la caza de negros, sino ir al oro de los galeones, a las perlas, a la plata de Potosí, a los Perúes. Tomar ciudades al asalto, ensangrentar el cuchillo, reducir a cenizas la soberbia española, ver correr azoradas las mujeres, y hacer temblar a los curas del papa de Roma. Grande daño hizo a España en sus posesiones ultramarinas, y hasta en Cadiz; pero esa es otra historia, la de los pleitos de familia: lo terrible es que se llevaron entrepatas a indígenas —de África y América— que no la debían pero sí la temieron. La riqueza se amasa con sangre; y la riqueza hace nobles como por ensalmo, como en el caso de Drake, a quien el oro hizo aristócrata de rancio abolengo. Así es la historia.
En The Final Cut asistimos a un recuento de infamias y a un ajuste de cuentas de los ingleses consigo mismos; es la conciencia que se mira al espejo y descubre un asomo de culpabilidad en sus inocentes y candorosos ojos —los flemáticos ojos inexpresivos—. El arrepentimiento hecho lamento —hay coristas negras en sus albumes—; la conciencia que se desgarra y autoflagela para despreciarse, y redimirse por la música. No de los pecados de Drake y sus coperros, sino apenas de los de este siglo, aunque parezca un ajuste de cuentas con toda su historia, con toda esa sanguinaria tradición colonialista, burguesa e imperialista. El remordimiento a la altura del arte. La sangre de los negros africanos alimentó la riqueza de los europeos, y, en consecuencia, su refinamiento cultural y artístico. Quede esta obra, este último corte, como lamento por la miseria y los maltratos sufridos por los negros y por cualquier hombre a manos de otro, como testimonio de la infamia por negar.