FERIA CRIOLLA DE CHILPANCINGO
aunque la corrección es meditada,
no así la producción
R. M.
En marzo de 1939 Rubén Mora escribió, o cuando menos concluyó, el poema Canto criollo, dedicado “a la feria de Guerrero en Chilpancingo”. Consta de diez sonetos de arte menor –compuesto por versos octosílabos– y se inscribe dentro de los llamados poemas vernáculos, según el mismo autor.
Originalmente, criollo es el negro que ha nacido en América, por oposición al negro venido y nacido en África. Criollo o créole; al parecer su uso comienza en las Antillas. Luego se aplicaría a los hijos de españoles y franceses nacidos fuera de la patria de los padres y sin mezcla de otras razas; aunque tal connotación ha caído en desuso, ha quedado confinada a añejas explicaciones sobre las historias patrias criollas americanas. En la Costa Chica –donde se ubica Cuautepec, lugar de nacimiento de Mora– se utiliza para designar a lo nacido en estas tierras por oposición a lo que viene de afuera, a lo frastero. Hay mango criollo, chile criollo, melón criollo, sandía criolla, maíz criollo, perros criollos, etc.
El canto de Mora inicia aludiendo al color, precisamente: ¡Feria de luz y alegría!,/ morena feria de amor,/ morena por tu color,/ morena porque eres mía. Sentado el precedente de negrear a ciudad tan pretendida de blancura y aristocratzia, atribuye acendrado erotismo a La Feria de sus amores y se apodera de ella cuando de tu boca de sandía/ voy a beberme el sabor,/ que me matan de calor/ tus ojos de medio día. Seductora mujer, dulce y caliente y luminosos ojos. Sirena, además, y aventurera, la disipadora de la pena.
El segundo soneto sienta las bases para el estilo de casi todos los versos consecuentes: la geografía regional humanizada. O como expresa uno de sus alumnos dilectos, Juan Pablo Leyva y Córdoba: “Las ciudades revelan sus bellos secretos al (sic) través de la palabra del poeta”. Mora atribuye bellos y no tan bellos secretos y no tan secretos a los lugares que canta, propongo: Como una fiesta pagana,/ luce Taxco en tus aretes/ y te besa los cachetes/ con besos de filigrana.// Acapulco se engalana/ con sus líricos ribetes,/ poniendo en tus brazaletes/ las perlas de su Bocana.// Gentil sanmarqueña guapa/ que te vistes de acateca, va tu gracia cuautepeca// por el margen del Huacapa/ y te arreboza Chilapa/ con brisas de Amojileca. Y los tales bellos secretos que identifiquen a cada ciudad, pueblo o localidad no aparecen, a pesar de los besos de filigrana, los líricos ribetes, las guapuras, las gracias, los arrebozos y las brisas. ¿O acaso alguien recuerda a Taxco cuando escucha hablar de besos de filigrana, por ejemplo?
En el tercio soneto aparece la quijotesca Iguala, con su florida tradición histórica, (a) la trigarante divisa, haciendo resplandecer el pecho de la enaltecida –o sea La Feria– y en agradecimiento por el piropo –que no se sabe cuál es o no lo sospecha este lector de poetas guerrerenses– de ser moteada, le paga con una sonrisa/ que sabe a chicozapote.// Sonrisas de primavera/ como flores en dislate,/ mariposas de zoyate// que riegas por dondequiera,/ han tejido la quimera/ del iris de tu petate. Y se dilata en sus dislates el poeta, con tal de rimar sus de zoyate mariposas, que suena casi bonito pero dibuja una imagen desbonita.
Y ya en la cuarta estructura soneteril, Mora deja de interlocutar con doña La Feria para sacar de paseo al costeño que lleva dentro, uno muy fachoso, por cierto, y en caballo de hacienda –aclarándose en este punto que fachoso nombra al presumido, a quien le gusta en demasía mostrar su facha, su fachada–: Tengo una yegua retinta/ que he mercado en Juchitán,/ un sombrero de Acatlán/ y un ayuteco de cinta.// Es una culebra pinta/ la tinta de mi gabán;/ se la robé a Petatlán/ en una feria distinta.// Sobre la verde mantilla/ de una esperanza barata/ llevo pendiente una reata// de fibra de lechuguilla,/ que en los tientos de mi silla/ parece un rollo de plata. Una de varias: o la poesía comienza a tejer imágenes o el aedo sólo ensarta palabras para mejor musicar sus versos, con el riesgo de estupefactar a este lector, porque si no, ¿cómo entender eso de la tinta de mi gabán?; o será que el poeta escoge palabras para fachosear ante uno y hacer como que tiene sus palabras domingueras que, en realidad, no lo son. El prurito poetril ocurre ante: la tinta del gabán que es una culebra pinta, la feria distinta –¿es infiel don Rubén a la su Feria de Chilpancingo?–, los tientos de su silla de montar. Parece que no se anda con mucho tiento ni moderación ni mesura el aedo-caballerango.
Quinto: Primor de luz de lucero,/ lunada de luna llena,/ estrella de nochebuena/ del estado de Guerrero.// Tienes un gusto de acero/ que le dio muerte a mi pena,/ porque en mi tierra morena/ el dolor es extranjero.// Mi pobre espíritu renco,/ que siempre vivió de ensueño,/ se ha vuelto alegre y risueño,// y en la silla de su penco/ carga un cariño mostrenco/ que anda buscando a su dueño. Aquí se delata nuestro poeta paisano: escribe renco en vez de rengo para lograr una rima consonante perfecta, es evidente y apuntala la opinión dada: le importa más el sonido que la corrección, las imágenes y hasta la poesía. ¿Será que para el moreno Mora, extranjero del dolor, en poesía importa más el sonido que el sentido?
Regresa en el sexto sonetito al estribillo de La Feria y agrega una denuncia: Ometepec no sabría/ soñar un sueño mejor,/ aunque ha sido soñador/ de sueños de fantasía. Seguro que no sé a qué fantasías de qué sueños se refiere Mora, aunque las interpretaciones de estos versos pueden ir desde lo lírico hasta lo político, pasando por lo psicoanalítico. Y sigue, ya en otra cazuela, cocinando su poema: ¡Qué bonito es Chilpancingo/ cuando sales de paseo! Al bajar de San Mateo// la mañana del domingo/ hasta el agua de Apancingo/ se embellece si te veo. Y ahora entiendo porqué la ciudad capital no me parece bonita, como nunca ando de paseo ni siquiera por San Mateo, menos por Apancingo.
Soneto séptimo y no cabalístico: regreso de Mora a la adulación de su amada, La Feria de Chilpancingo: El toreo es un fandango/ a donde tus ojos van/ persiguiendo el loco afán/ de olvidarse de su rango.// Allí anda Quechultenango/ en un caballo alazán,/ y hay toros de Mochitlán/ y novillos de Zumpango.// Cuando vas a Colotlipa,/ bajo tardes nazarenas,/ con su encanto te enajenas// y la pena se disipa/ naufragando en la chiripa/ del Río Azul de mis venas. Y recurre a atribuir cualidades a pueblos, ríos y demás locaciones que se le antoja nombrar, y sí, me parece que sí, que anda naufragando en la chiripa de las palabras, porque así le salen los versos, como de chiripa. Y de que suenan, suenan.
Igual el octavo: no se entiende qué es eso del artificio tixtleco. De nuevo le gana la necesidad de nombrar cada pueblo, región o gentilicio, en su misión de inventariar su visión geográfica del estado: Si vamos bajo la luna/ de un artificio tixtleco/ veremos quemarse en fleco/ la rueda de la fortuna.// La noche parece una/ laguna azul de embeleco/ y hay un bajo tlapaneco/ que canta en esa laguna.// Y hay un arpa que se empeña,/ con un empeño creciente,/ en presentar a la gente// sobre una artesa pequeña/ a la chilena costeña/ y al son de Tierra Caliente.
Nueve y penúltimo “sonidito” cuasi lírico, con todo y sus rimas internas y externas: En la noche hay un derroche/ de tenues notas amargas,/ y son dos miradas largas/ los dos fanales de un coche;// mientras desatan el broche, de sus pupilas letargas,/ Margarito Damián Vargas/ pasa tocando en la noche.// Sobre pisadas descalzas/ se ha marchado la boruca./ La luna prendió a su nuca// collares de perlas falsas,/ y yo, camino del Balsas,/ te llevo rumbo a Coyuca. No existe letargas, ha de advertirnos el poeta, y se acecta y se aplaude. La rima por encima de la cima de la poesía o lo poético, con tal de ensartar a don Márgaro en este soneto.
El diez es fin, y no lo dijo Pitágoras. En efecto, la construcción de algunos versos es atroz: se me fueron a escapar atenta contra la sintaxis, y más porque se trata de “el ave cantora de Guerrero”; peor con para poderse robar. Aquí sí se robó don Rubén Mora, no el corazón de la feria, sino la decencia poetril y no se cree que pueda espantar la miseria sino el gusto por la lectura de sus poemas. Claro que algunas de sus figuras pueden prefigurar el futuro de alguna corriente poética por nacer –digo, ya de plano–, al menos eso justificaría la existencia de las emociones de mi arteria provocadas al leer este poema que ensalza a La de Chilpancingo Feria.