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HAN ASESINADO A LUPITA

 

Foto: Beatriz Morales

Anoche no estuvo nublado. La luna grande y redonda, esplendente. La luna y su casa. La luna en su casa. Noche para caminar. O para dejar que el pensamiento camine. Que las ideas se vayan lejos. Que la imaginación se aleje hasta perderse. Decir adiós, incluso, a las emociones, a los sentimientos. Sólo contemplar. No darse cuenta que la noche es distinta. Ni siquiera percibir el ciclo de la luna, regidora de los ritmos biológicos, vitales. Vida y muerte. La cambiante luna llena, menguante, creciente, nueva. El tiempo que pasa se refleja en su reloj. El de la que vino a la fragua con su polizón de nardos. Y el niño que la mira, mira, que la está mirando. A media noche. En mitá de la noche la luna todo lo mira e impone su imperio de luz espuria, y esplendido. Espejo: La tierra parece iluminada desde abajo. Es martes y las flores de la limonaria desprenden su olor, y se mezcla con las del naranjo.

Ya en el cajón, en la caja, dentro, reposa Guadalupe. Lupe. Lupita. La han vestido de novia. Le han cantado Mi linda cruz. Ni blanca ni negra la linda cruz –señal para los deudos que depositarán a sus pies amarillas y rojas flores en todosanto–, la cruz no ya de madera sino de piedra o metal, para la tumba de la muerta, de la asesinada. Te vas y me dejas,/ me dejas llorando, cantan. Con el alma herida, tocan y cantan los músicos de Llano Grande La Banda, y algunos asistentes a la vela del cuerpo presente, los acompañan, con voz disminuida. Es una casa a la orilla de la carretera nacional que corre de Acapulco hasta Huatulco, Oaxaca, y atraviesa el estado y llega a Chiapas y sale del país. Una casa en San José Estancia Grande, Oaxaca. La Estancia. A unos cuantos kilómetros de los límites entre Guerrero y Oaxaca.

Guadalupe Ávila Salinas. La última vez que nos vimos en Cuajinicuilapa, a principios de agosto, apenas dijimos algunas palabras para amarrar un compromiso de visita y conversación. Nunca se cumplió. Antes tampoco pudimos conversar, en marzo, durante los días del tal encuentro de pueblos negros en Huehuetán: la epidemia de varicela nos obligó a casi huir de La Estancia sin poder encontrarla, acicateados por el miedo al contagio manifestado por una visitante estadunidense (Y es que Beti Morales y yo la descubrimos amiga común). En el 2001 conversamos sobre la asociación civil México Negro, de la que fue fundadora: los ideales pervertidos y su deserción de un grupo, de una organización lejana y apartada cada vez más de los principios fundadores; la corrupción de algunos de sus personajes importantes, más interesados en su popularidad, centrados en su exhibicionismo, que en su responsabilidad dentro de la organización y en las necesidades de los habitantes de sus poblaciones de origen; la falta de compromiso de los asociados para realizar el propósito de una asociación influyente en la vida de “los negros” de la Costa Chica, particularmente en los aspectos económicos y culturales; el líder autoritario y dueño de las decisiones del grupo; etc. Como ella, la mayoría de los veinte asociados fundadores habría de desertar por motivos similares. Decepcionada de su experiencia como “negra”, cambiaría su actuar político, orientándolo hacia actividades destinadas a conseguir el bien de su pueblo, en principio. Y hacia el logro de reivindicaciones femeninas y de los afromexicanos: igualdad, respeto, tolerancia, justicia. Abstracciones, conceptos, ideales, metas por las que se movía. La organización Epoca (Enlace de Pueblos y Organizaciones Costeñas Autónomas) fue la siguiente trinchera donde se parapetó para continuar sus luchas. Y luego el Partido de la Revolución Democrática, del que era candidata para la presidencia municipal.

Treinta y tres, treinta y cuatro años, los de Guadalupe. A principios de los ochenta coincidimos en la preparatoria número 30 de la Universidad Autónoma de Guerrero, en Cuajinicuilapa. Introvertida y tímida. Dedicada a los deportes, a correr velozmente y competir. En esa época, la imagen, los hechos y las palabras de la profesora María de los Ángeles Manzano fueron decisivas para la orientación política de su vida posterior. Estudiaría derecho en la Universidad Autónoma de Puebla. Luego, a regresar a casa, con los suyos, a perseguir la materialización del bienestar propio y de la gente. El sufrimiento no le era ajeno. Los problemas con las autoridades priístas, acostumbradas a mal gobernar y seguir impunes, eran inevitables. Con su asesino, Cándido Palacios Noyola, un imbécil habilitado como presidente municipal por segunda ocasión, las disputas habían sido varias y por asuntos colectivos, en principio, como el caso de los topes en la carretera nacional para disminuir la velocidad de los automóviles y, con ello, el riesgo de accidentes por atropellamiento: cuando se colocaron, Cándido asumió el hecho como una derrota y una humillación ante una vieja, promotora de su colocación, por lo que su rabia y su resentimiento contra Guadalupe aumentaron. Con el tiempo, las rencillas verbales y los pleitos entre ambos se agudizaron y penetraron el ámbito personal: disputaron también porque él pretendió echar derecho su raya de corral –en terreno colindante con uno heredado por ella–, invadiendo el terreno ajeno; ella acudiría ante las autoridades jurisdiccionales correspondientes, quienes obligarían al susodicho a rectificar sus hechos. Asumió, desde luego, este hombrecito la resolución contraria como una nueva afrenta a su hombría. Y acrecentóse su odio.

El episodio fatal, resuelto con el asesinato de Guadalupe –cuatro balas de una pistola calibre 38 especial– ocurriría con motivo de las elecciones próximas para sustituir a Cándido, priísta, en la presidencia municipal de La Estancia. En la guerra por ganar las elecciones, palabras iban y venían, pero algunas de Guadalupe harían estallar la cordura del hombrecito: auditoría a su gestión como presidente, para averiguar el desvío y la malversación de dineros municipales, tal vez diez millones de pesos. Que Guadalupe contaba con enormes posibilidades de ganar, se sabía. La gente estaba inconforme con el gobierno del priísta. El lunes 27, unos minutos antes de las once de la mañana, Guadalupe fue asesinada frente a médicos y enfermeras de Cuajinicuilapa y a otras personas locales, en la Unidad Rural del Instituto Mexicano del Seguro Social, mientras se daban consultas gratuitas a los estanceños, promovidas por ella. Cándido Palacios Noyola insultó a Guadalupe y, enseguida, le acomodó cuatro balazos. El primero estando de pie, por la espalda; los demás en el cuerpo y la cabeza, estando tirada en el piso. “Es un pobre pendejo –razona alguien–: se puso con una mujer, y además desarmada. Se hubiera puesto con un hombre, a ver si le hacía lo mismo”.

Seguro que no. Pero eso no se sabe, se especula. La verdad es que la mató. Acto provocado por la imbecilidad. Se ha dicho que el móvil era político. No lo creo. Impotencia y prepotencia. Frustración y odio. La política era un ingrediente más. Seguro que el hombrecito sentía que ella le cagaba los güevos, esa entidad ideológica donde fundaba su ser, su aparente condición humana. Disminuido ante una mujer. Ofensa. Ridiculizado por una mujer. Ofensa. Avasallado por una mujer. Ofensa. Y más ofensas autoinferidas o supuestamente inferidas a su hombría. Un afrenta’o mata a otro. Y a otra, como se ve. Un afrenta’o se cansa y mata para descansar. Pero no descansa sino huye, el hombrecito. Los retenes de la policía estatal no tendrán resultados, no lo capturarán, seguramente; y no sé si porque al gobierno oaxaqueño no le interesa atraparlo o para seguir dando lustre a la tradición de negliencia de la justicia en este país. A ellos no les da la cara como hombrecito Cándido. Se esconde, le saca, como vieja argüendera. No demuestra que los trae puestos.

Regreso a lo escrito; es miércoles. He leído que el sepelio se convirtió en mitin. Había dedicido no acudir para no contemplar la martirización de Lupita, el uso de su asesinato para ganar simpatías y adeptos a su partido y, sobre todo, votos para su sustituto en el proceso de elección del futuro presidente municipal de La Estancia. A ella le creía; a otros, no sé. Se me ocurre no creer, no pensar en este momento: quisiera sólo contemplar, y ver, y mirar, y observar, hasta cansarme. Con los ojos cerrados. La sigo mirando, tendida en la cama, vestida de novia, un poco más amarillo el cobre de su piel. Serena, quieta, ajena ya a todo esto, a todo lo humano, indiferente a la luna que esplende mientras velan su cuerpo, mientras cantan: irás a mi tumba y ahí llorarás.

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