INDALECIO RAMÍREZ, EL TACITURNO
Distrito Federal. Es el café San José, cercano a la XEW, La voz de América Latina desde México. La mesa está en un rincón, al fondo del establecimiento: sitio privilegiado, donde han sido escritas muchas de las canciones de Indalecio Ramírez. Es el jueves 10 de julio. Son casi las dos de la tarde. El maestro y yo conversamos.
El principio
–¿De Igualapa es usted?
–De Igualapa…
–¿Cuándo nació?
–El 19 de febrero de 1927.
–De familia de músicos…
–Mi padre fue músico pero era de Ometepec…
–Un gran músico…
–Sí…
–De él viene la herencia…
–Posiblemente. Sí, mi padre fue un valor guerrerense, reconocido. Y como compositor hizo algunas chilenas de allá… famosos que son ya ahorita… Verdad de Dios, La talapeña…
–Él tocó, incluso, con Zitarroza…
–Estuvo con Zitarroza alguna vez. Creo que se vieron en Cuernavaca. Yo estuve con Zitarroza, pero aquí en su casa.
–¿Desde cuándo ha estado usted componiendo sus canciones?
–¡Uh! Desde que tenía dieciocho años. Ya en forma, es decir, comercialmente, desde los años sesenta.
–¿La primer canción comercial que se le grabó?
–Rosa negra. La grabó un trío que se llamaba Los andariegos, de Guerrero. Después ya vino don Juan Mendoza; ese era un artista ya conocido. La canción se llamó Soy cobarde.
Álvaro Carrillo aparece
–¿Cómo llegó usted acá?
–Es de todos sabidos… de todos los costeños es sabido que a mí me trajo el ingeniero Álvaro Carrillo. El siempre llegaba en las navidades a casa de don Salvador Añorve Herrera, papá del Güero Añorve Reina, en paz descanse mi compadre. Ahí llegaba, y mi compadre le habló de mí al ingeniero. Entonces yo tomaba mucho. Dijo que yo dejara de beber un año, después de oír mis canciones que yo hacía allá, chilenas y todo, ¿no? Pasó ese año, y dijo que dejara otro, para no reincidir. Y fue así que en el año de 1960 yo llegué a la ciudad de México, a Peralvillo; allá tenía un negocio el ingeniero, creo que se llamaba Las palmas. Había un hotel grande y ahí vivía él, y en el sótano tenía su negocio. Allí llegué. Como al año, dos años, tiraron todo eso porque pasó la calle de Reforma. Y de ahí para acá, he vivido aquí.
–¿Qué compositor le gusta?
–Desde siempre tenemos que admirar a alguien en la vida. Para mí, el ingeniero Álvaro Carrillo, Después de él, Armando Manzanero.
–José Agustín Ramírez, ¿qué le parece?
–Muy completo, muy guerrerense en el aspecto que le cantó como nadie al estado de Guerrero. Pudo haber sido internacional pero se dedicó a cantarle como nadie a Guerrero, como nadie le había cantado, ni le ha cantado ni le cantará, tal vez. Era único.
–¿Algún cantante que le guste?
–Todos van pasando. Los que me gustan a mí ya se murieron. Por ejemplo Carlos Madrigal, que le decían El Yoni; era hondureño, pero se hacía pasar por veracruzano, jarocho, de Alvarado…
–Como el maestro Lara…
–Bueno, pero el maestro siquiera era mexicano. Él era único. Generaciones y generaciones se toman, de alguna manera, machotes o… Es decir, todos acudimos a él, porque fue de los primeros. Un romántico de aquellos que ya no hay. Como bolerista, yo que me dedico al bolero también, yo admiré y sigo admirando al maestro Álvaro Carrillo, pero él, a la vez, por ser primero el maestro Lara, tuvo que recoger algo de él.
Inspiración y creación
–¿Cómo hace para componer? ¿En qué se inspira?
–No, pues esto es cosa que Dios te da. Estar justamente en el momento, en el momento de escribir. Porque, cuentan algunos amigos que son constructores de canciones, y las hacen bien; hacen hasta un LP; había un señor que así lo hacía. Un LP siempre consta de doce o de diez; de aquellos; de ahora les metes hasta las que quieras. Esa es mi forma de componer, cuando tengo la idea debo tener el momento de hacer aquello, si no ni a mí me gusta. No sale bien, salen versos muertos.
–¿Y cómo le llega la idea?
–No, la idea se busca. Se busca o… Son vivencias, pocas. Lo demás es cosa de trabajo. Sería, también, una tragedia grande para cualquier autor que a él todo le hubiera pasado. No, no es posible. En mi caso, yo siempre escribía lo que me pasaba o oía a algún amigo que su caso era igual que el mío, yo lo hacía mío, o lo hago mío, ¿no?, porque sigo escribiendo. En esta mesa es donde hice mis mejores canciones. Muchas, vaya. Porque yo viví por aquí, frente al cine Teresa; allí vivía yo. Después de ir a promover a la grabadora, ya me venía aquí, al café. Hace cuarenta y tres años que visito yo aquí.
–¿Toca usted?
–Toco guitarra.
–Se dice que aprendió usted rústicamente…
–Soy empírico, esa es la palabra. Por allá le decimos lírico. Lírico es el poeta que es espontáneo; es decir, que habla en prosa pero es espontáneo, no tiene medida no tiene patrón; habla de lo bello o de lo feo, como quiera…
–¿Lee poesía o cosas por el estilo?
–No, no, no. Yo no uso ningún libro ni nada, y soy el único, hasta ahora, que no soy académico ni nada. Porque el sentimiento no va a la escuela, no hay escuela para compositores. Eso es cosa que Dios te regala, un sentir especial para hacer tus cosas. No se trata de hacer versos; hay muchos versistas. Esto se trata de canciones, canciones que tienen que resumir en cuatro cuartetas toda la historia de lo que quieras decir.
–¿Cómo sabe que una historia vale la pena ser contada?
–Porque tú la sientes, tú la estás creando. Estás hablando de ti, de tus vivencias… que alguna vez hayas tenido. Yo tengo más de mil canciones hechas.
De canciones e intérpretes
–¿Ha publicado todas sus canciones?
–No, apenas como trescientas.
–¿Alguna que le guste?
–Todas me gustan. Lo único que te sé decir, es que mis canciones… es decir, la que me dio a conocer, se llama Una limosna. Y si las canciones hablaran, así como nosotros, posiblemente me echaría en cara todos los días, porque no me gusta Una limosna; sin embargo es la que me ha dado a conocer donde quiera. El nombre, me entiendes. Porque es internacional; la han grabado en todo el mundo, en muchos idiomas. Yo guardo las versiones más trascendentes, de mi carrera. Me han grabado tanto; y uno cree que cuando están los discos van a existir siempre; y hay que guardar una siquiera. Yo no tengo todos los discos, los tengo en papeles.
–¿Cuál de sus intérpretes le gusta?
–Gente que no me han grabado. De veras. Me gustaría que me hubiera grabado uno de mi tierra, un joven que hasta ya se murió, de Igualapa, cantaba muy bonito para mi gusto. Se llamaba Zenaido. Ahorita, el que canta mis canciones bonito es el teniente Ramiro Aparicio, de Igualapa. Él no se dedica a la música, lo hace por gusto, y me gusta porque es un sentir del sur, digamos, como el mío. Aquí te graban comercialmente. De los que han muerto, por ejemplo, Juanito Mendoza era muy sentido. Los demás merecen mi respeto y mi gratitud porque me han grabado. Hasta el mismo don Vicente Fernández, que es bravío, ha grabado cosas que me gustan. Él me ha grabado como unas dieciséis canciones; su hijo también me ha grabado.