EL GUSTO DEL SON. DON JUAN NO ES NEGRO PERO ES CALIENTE
Qué triste por un lado el chin-chin-chin de los indios y por el otro el petulante tranca-trán español.
Gracias a los negros llegó el ritmo retumbando, el tambor vibrante, la danza desatada, la cintura breve y el nalgatorio exacto.
Eraclio Zepeda
AUNQUE ALGUNOS AFIRMEN, tal vez con certeza, que en los gustos y sones que interpreta don Juan Reynoso, su origen andaluz se mezcló tanto con la cultura indígena como con la negra, lo cierto, si no acertado, es que don Juan no es negro sino calentano legítimo. (Tengo una duda: ¿Porqué las calentanas gustan tanto de los negritillos? Recuerdo haber estado en Tierra Caliente antes de un baile “amenizado” por los prolíficos marazuleños y no deja de intrigarme la excitación de las hermosas calentanas ante la expectativa de presenciar —en vivo y en color ausente o disminuido— a los músicos. O la admiración —y la entrega, anunciada, deseada, propiciada, con premeditación, alevosía y ventaja— de ellas frente a la cuculustés y a esa piel donde Noche pernocta. Daba igual si ejecutaban o no “El cuinique”; con que oyeran “La llevé a pasear” o “Dicen que yo soy borracho/ porque bebo superior” o “La vida del pescador” o, ni qué desdecir, “Soledad”. Curioso: Don Juan Reynoso y/o su cantante aluden constantemente a la chinita (a) cuculustita. Fin del interregno: hace falta estudiar esa etapa gestatoria —y de fusión— de la música costachiquense electrónica: fuera de ella no se explican ni Acapulco Tropical ni Los Magallones ni Las Luces Rojas de San Marcos ni Apache 16 ni Siglo XX ni La Furia Oaxaqueña ni Los Donnys, ecéctera, ecéctera, además de Corraleros Navi, Cirilo Arellanes, Kumbala, Roca Blanca, Los Inquietos del Trópico, Hawaii 5-0 y muchos otros olvidados por mala memoria del anotador).
He querido purificar mi oído y escuchar el violín sin que insista el ritmo de la guitarra percutida ni la jariosa tamborina, cuya voz alterna graves y agudos, ya baqueteando el aro, ya manigolpeando alguno de los parches (y eso luego de ignorar la intención de los pies de tamborear, de las manos de florecer el aire y del cuerpo de gelatinizar el espinazo y dejar que el culo se culipandee, recule, gesticule y circule, y que entre los brazos de una calentana me encule, Dios y Satanás lo quieran), y no es posible: no percibo al Paganini calentano sin sentido del ritmo y con su habilidad para renovar las florituras melódicas del violín (que en ello radica su creatividad, pues aunque ejecute sones y gustos tradicionales, su estilo de improvisar recrea melódicamente las piezas, de tal modo que pocos músicos pueden acompañarlo), sin la música del diablo, que decían los frailes, los españoles y los criollos, surdinados en violines, violas, guitarras, guitarrones y clavicordios, y que atribuían a los renegridos negros. Ritmos sesquiálteros, dicen. Además, he ignorado la corporalidad de esta música: el zapateo, los gestos, manoseos, sarandeos, meneos y las evoluciones, enérgicos todos, y a la tarima —el otro instrumento que contribuye a cruzar los ya cruzados ritmos para hacer de las fiestas zonas de exaltación y éxtasis.
Hay un argumento que parece abrumador: en la Nueva España, dondequiera que hubiese actividad económica (obrajes, ingenios, haciendas, minas, trapiches, etc.), hubo negros. Se explica así la presencia de negros esclavos en todo el territorio mexicano. En un estudio sobre la negritud en Michoacán, en la época colonial, María Guadalupe Chávez Carbajal apunta la importancia de los trapiches e ingenios de Tierra Caliente, sobre todo el de Taretan que es buena muestra de un gran centro de producción azucarera, gracias al trabajo de sus múltiples esclavos. Y, continúa más adelante: ...podemos considerar que la Tierra Caliente de Michoacán albergó la mayor parte de cañaverales y esclavos. En otra parte afirma: ...en la región de Tierra Caliente, hacia los últimos años del siglo XVIII, los centros mineros se ven inundados de mulatos libres. Y ahora resulta que, según Jorge A. Chamorro, la tradición del griot pudo dejar también su huella en la formación del son mexicano, de las valonas y de otros géneros que por su acompañamiento instrumental a base de ritmos cruzados poseen una vena africana, aunque sus formas literarias se han considerado herencia española. O sea, como dicen que dijo la huehuechuda —y no la huehueteca, según les gusta confundir a los puros—, en la meritita Tierra Caliente, cuna de mujeres de piel blanca de leche, cuyos rubiísticos labios incólumes; cuyas crenchas, ya azabachinas, ya blondas; cuyos zafiros o esmeraldas claros y serenos abaixados; cuyas torres marfilíneas sostenedoras de la excelsa urdimbre de amable carne pecadora; cuyos agitares y moveres mueven hacia la luxuria y agitan las pasiones para pensionar la castidad; en ese paraíso deseado, soñado y rebuscado, hubo negros. Una precisión, antes de después: el griot es definido como contador de historias, genealogista y diestro instrumentalista en el arpa-laúd, el balafón y los tambores —dice Chamorro—. El griot proviene de Mama Africa. Para el investigador, queda claro que partiendo del reconocimiento de las maneras de tocar tambores e instrumentos de cuerda rasgueada, de la inclusión de sonidos ornamentales, de la utilización de modificadores de los sonidos instrumentales, de la rítmica aditiva y contrastante, de la presencia de un lenguaje a base de tamboreo y de la huella de los griot en la expresión sonora de los conjuntos costeños, se puede argumentar que a través de la música de tradición oral, el panorama de la herencia africana, es mucho más optimista que el de las fuentes documentales. En el caso de los gustos y sones calentanos, como los ejecutados por don Juan (que no es Reynoso por azar), se cumplen varias características en que estampó sus huellas lo africano: los modos de percutir la tamborina, baqueteando o manoseando el arillo y los dos parches; el estilo de ejecución de la guitarra (rasgueo enérgico percusor, golpeteo de las cuerdas con la palma de la mano abierta), que la convierte en instrumento de percusión; la floritura e improvisación melódica del violín; la colocación de tinajas de barro bajo la tarima para que resuene y vibre el zapateo de los bailantes; y esa gran orquesta de ritmos cruzados, añadidos y contrastantes, en que se convierte el conjunto. En cuanto al baile, Chamorro encuentra que se pueden reconocer en la tradición de los jarabes en las tierras calientes, aspectos de corporalidad negra que todavía prevalecen, aunque se encuentran injertados en la tradición de los mestizos, como podrían ser el zapateado en rápidos movimientos que contrastan con un cuerpo erguido; el duelo simbólico de machetes; los gestos y el galanteo con cierta forma de aceleración; además de los gestos y el desborde de energía que emana de las parejas bailadoras, especialmente en Guerrero, Michoacán y Veracruz. Y concluye: la herencia afro-mestiza o mulata está ahí, para quienes tengan oídos para admitirla entre rasgueados, zapateados, tamboreos y ritmos cruzados. No sólo oídos sino pies y cuerpo para disfrutar bailando y ojos para gozar viendo a los bailantes y músicos, esos divinos instrumentos de la vida, como don Juan, reynoso de sones y gustos.
En Cuajinicuilapa sólo las chilenas de artesa mantienen viva parte de esta tradición: los sannicolareños pueden envanarse de ser los guardianes de esta belleza reservada a unos cuantos, que sólo se enseña en ocasiones especiales: don Chico Petatán en el violín, en la voz don Melquiades Domínguez, en los versos, todavía, doña Catalina Bruno, Efrén y Bucho Noyola, Adán García y Elpidio Silva en la caja, y para bailar cualquiera (ahora ya bailan chamacos y chamacas, lo que es alentador para la tradición). La presencia aparente de la africanía en Cuajinicuilapa es muy notoria, aunque los hábitos y costumbres culturales se han adulterado hasta casi deformarse (como en el caso de la chilena ejecutada con instrumentos de cuerda, que ya no usa caja de ritmos o se suaviza para acercarse al bolero o se electroniza para ser cumbia, charanga o algo similar) u olvidarse; ojalá seamos los cuijleños capaces de mantenerlas: el riesgo, de no hacerlo, es quedar en calidad de segunderos que dicen los calentanos y que canta don Juan.