MEDUSA, LA BELLEZA DESDEÑADA
LA MAGIA DE LA BELLEZA de Medusa, la gorgona, se manifestaba con perfección en su cabello, sin que su persona dejase de serlo con la misma majestuosidad. Un acto de su conducta erótica —yacer con Poseidón en uno de los templos consagrados a Atenea— le valió ser transformada en un monstruo alado de ojos centelleantes, grandes colmillos, lengua prominente, garras de bronce y serpientes por cabellos, cuya mirada convertía a los hombres en piedra. De las tres gorgonas, ella era mortal; fue víctima de la fanfarronería de Perseo, quien la decapitó, con ayuda de Atenea La Ofendida, para obsequiar los falsos esponsales de Polidectes: del cuello ensangrentado manarían el fabuloso Pegaso y Crisaor armado. Explica Graves que esta hazaña se refiere a la usurpación de invasores helenos de los poderes de la diosa Luna y que la cabeza de la gorgona era una máscara profiláctica utilizada por las sacerdotisas de la diosa con el objetivo de ahuyentar a los no iniciados.
Una de las imágenes más plásticas y llamativas de la mitología griega es la de esta mujer que el castigo ha denigrado, que la venganza ha pervertido y que el tiempo y la movilidad de los gustos estéticos ha modificado: de hermosa a monstruo. Y de monstruo a hermosa. La imagen de Medusa impresiona. En sus dos extremos: la original, la alada de ojos y colmillos de jabalí, con garras y con cabellos reptilíneos, cuyo aspecto hacía morir de horror, petrificados, a quienes la miraban. O la que dibuja a una joven sensual tomada de los cabellos por el héroe, aún decapitada, de belleza excelente y cuya promesa, en forma de mirada, petrifica, fulmina y trastoca la vida de cualquier hombre que afronte mirarla sin recato. Por ello apostrofé a una negra cuijleña como Medusa; y obtuve su desprecio: tal vez pensó que la hermosura de las minúsculas trenzas de su cabello cuculustoide no era motivo para ser comparada con la gorgona en persona. Y abominó de mí. Además, me maldijo.
No está muy claro lo que significa ser hermosa, sobre todo porque durante muchos tiempos la ideología dominante nos ha impuesto sus conceptos, al grado tal que parecen los únicos posibles (los disidentes se aniquilan). El modelo cuijleño se basa en el color de la piel: el grado de hermosura en la mujer se mide por la despigmentación del cutis. Las abuelas, las tías y las parientes recomiendan a los negros que busquen una blanquita para mejorar la raza. O ya lo dice el refrán, que funciona como divisa: La negra para trabajar, la mulata para fornicar y la blanca para casar. Lindo. La india ni aparece, aunque mucho nos ha socorrido para salvarnos de la soledad coital (es común la zoofilia también, pero temo dar pistas a los defensores animales). La condición de extranjería o de frasterismo es importante: si una mujer viene de fuera, resulta más atractiva que las locales. Es decir, que vale más malo por conocer que lo conocido aunque bueno —o algo así.
La hermosura de las costeñas púberes ha sido cantada y ensalzada, aunque sólo interese su condición erótica que, a decir cosa cierta, es de excelencia. Además, su capacidad para el placer es cosa de maravilla. Mujeres pasionales y siempre abiertas. Sin embargo, son más que eso. En estos últimos años, por ejemplo, el modo en que se visten de amarillo y negro y patrullan las calles de Cuajinicuilapa y los caminos del municipio para promover el cambio político (y todos los que conlleva), es impresionante: asumen su compromiso con el partido con valentía y enjundia; cantan y ríen como quien anda en fiesta, embriagadas de civismo, ahítas de entereza; ingeniosas y maliciosas, se desgañitan improvisando consignas para mostrar que aquí está la nueva realidad social en Guerrero y que lo justo es el cambio. ¿Cómo no admirarlas?
Los siglos nos han enseñado que ser negros es indigno y, lo lamentable, que nuestras mujeres no son hermosas por ser negras y cercanas a nosotros. El mito de Medusa simboliza la imagen deformada de sí... que petrifica de horror, en lugar de iluminar justamente, dice el Diccionario de los símbolos. Y en este caso así parece: hemos adquirido, mantenido y reproducido la imagen falsa de nosotros y, particularmente, de nuestras mujeres. Y no debiera serlo. El auto reconocimiento y el respeto deben regular nuestras relaciones amorosas. La transformación de monstruo a hermosa debe fijarse, quedarse en un solo ser como el trompo que, girando, cae al piso y queda detenido sobre su eje. Como cerrar un círculo, porque si Medusa es idéntica al Tiempo o El Aspecto Destructivo de la oscura diosa egipcia Nieth, que también era uno de los miembros de la triple persona de la diosa An-Ath del Norte de África, la que luego fue importada por los griegos como protectora de Atenas, tal vez a nosotros (en cierto modo herederos de africanos), nos corresponda el amparo de su cólera justa y sirva para que las mujeres nuestras, de belleza excelente y cuya promesa, en forma de mirada, petrifica, fulmina y trastoca la vida de cualquier hombre que afronte mirarlas sin recato, iluminen —en el sentido mítico— nuestra existencia decapitada.