DE LA NEGRA TOÑA Y DE AGUSTÍN EL JAROCHO
Para Sol (que es música y brasa)
Toña canta, y es La Negra. Luego de las claves y la orquesta tarareando, con sus trompetas altisonantes cadenciosas, la voz se ubica en la canción: Noche tibia y callada de Veracrú’,/ cuento de pejcadore’’’s que arrulla el marrrsh… Le cuesta agregar una “s” a “pescadores” y suavizar la “j”: primero pronuncia la palabra tal y como sabe y puede decirla, luego le añade la letra que indica plural, pero ésta se escucha postiza, sobrepuesta, artificiosa, lejana. La “z” de plano se omite, se la come, vocaliza mocho el nombre del puerto; la “r” del mar se suaviza deslizándose. Vibración de cocuyos que con su luz/ bordan de lentejuela la ojcuridá, prosigue La Toña, agregando tenues las menudas silbantes “s” en los “cocuyos” y la “luz”; queda en incógnita “lentejuela” o “lentejuelas” porque, de plano, si el sentido pudiera requerir el plural, la voz que canta hace caso omiso, al grado que hace parecer natural la “s” ausente. Pronunciación delatora e inocultable es la de “ojcuridá”: Aquí sí que es imposible negar que Toña La Negra sea negra, más bien, La Negra Toña, lánguida y sensual, interpretando Noche criolla. Y esas pronunciaciones se repetirán en cada canción cantada: una disputa entre la natural rusticidad y el refinamiento pretendido.
Su jarocho y criollo nombre fue María Antonieta del Carmen Peregrino Álvarez. Nació el 2 de noviembre o el 16 de diciembre –no lo sé de cierto, lo repito– del año de 1912, en el barrio La Huaca, en la Villa Rica de la VeraCruz. En su rostro parece anidar la sombra de una mirada criolla, tibia y callada, lánguida y sensual, como de negra veracruzana o afromexicana con todas las de la ley. “Muñeca redondísima de nieve negra e imposible, aún más imposible bajo el apasionado sol de Veracruz; muñeca rebosante, de esferas sucesivas. Primero, el cuerpo lleno como un mundo; luego, sobre la curvatura de ese orbe carnal, un círculo menor: la luna de una faz sonriente; y, en el centro de esa luna, la esfericidad antigua y yucateca de una nariz redonda trazada con el compás de la música, con el vaivén enroscado del aire que empieza a cantar Toña la Negra, madre primordial de los boleros”, enjuicia y describe Víctor Hurtado Oviedo, para emparentar a La Negra Toña con la música de las esferas celestiales de Luis de León, el erótico traductor del Cantar de los cantares. Subrayo de lo escrito por Hurtado la esfericidad antigua y yucateca de una nariz redonda, porque leo tras bambalinas una explicación sobre la etnicidad y origen de Toña: yucateca, yucateca y no afroveracruzana como debiera decirse. En otros y muchos más autores, la negricidad de Toña viene de Cuba o del Caribe; leamos lo que escribe Salvador Morales: “Toña escogió otro género con intensa influencia negra para expresarse: el bolero caribeño…”, como si los boleros toñianos no fuesen concebidos, compuestos, ejecutados e interpretados con la leyenda Made in México. Como si ella misma y uno de sus compositores predilectos no fuesen veracruzanos.
O eso se dice de Lara. O lo dijo él, y ahora algunos investigadores se han encargado de desdecirlo y negarle esa negritud putativa encontrada en Veracruz, siendo criollo y rumbero y jarocho y trovador de veras y burlas. Y Lara se sirvió de La Negra para encarnar en voz excelsa la declaración de principios sentimental de la raza de bronce,/ raza jarocha que el sol quemó, en su tal Lamento jarocho. Aunque el diccionario de la Real Majestad Académica Hispanniola define la jarochitud como lo dicho sobre una persona de modales bruscos, descompuestos y algo insolentes, que el Espasa hace derivar del árabe “harut” –mujer mala–, yo gusto de agregar la versión que etimologiza “jaro” y “cho”, siendo el “jaro” el cerdo salvaje, y el desinente “cho”, burla y verativo. Agustín El Jarocho tampoco acepta la negritud de nacimiento en la raza jarocha, sino por acción y efecto del sol quemante del trópico. Enseguida enumera a sus huestes, consolables con y por su canto: A los que sufren,/ a los que lloran,/ a los que esperan,/ les canto yo. Y, acto y seguido, se contradice y contraría su Génesis: Alma de jarocha que nació morena; es decir, ya no son negros por quemazón solar sino por herencia. Lo que permanece invariable es la disposición para el sufrimiento y el dolor, prefigurado desde el nacimiento: Boca donde llora la queja doliente/ de una raza entera llena de amargura./ Alma de jarocha que nació valiente/ para sufrir toda su desventura. Sospecha este escribano que la desventura que los negro-quemado-jarochos enfrentan con valentía no se refiere a la espantosa experiencia esclavista ni a sus remanentes, sino a algún tipo de sentimentalismo que la pobreza hace amargo –y mire usté que lee: que La Toña Negra fue pobre hasta el orgullo.
De Veracruz ambos, por adopción o nacimiento, qué importa. Nacido él, y renacido a través de ella, con la luna de plata y con alma de pirata, por aquello de los malillas que pululaban el Caribe en busca de riqueza no trabajada por sí mismos. Rumbero, jarocho,/ trovador de veras. Trovador Lara, se sabe, se acepta y reconoce en sus composiciones o canciones amorosas o desamoradas –asegún se vea y prefiera– por aquello de poeta lírico que nadie escatima; y trovador en sus auto-interpretaciones al piano, sin guitarra trovadoril. De su filiación jarocha se ha hablado antesito, con toda su carga de sufrimiento y amargura. Rumbero Lara, eso sí que ¡sepa la Virgen de las Rumberas Veracruzanas! Y de doña Toña, parece que nada de nada de rumberamiento: “María Antonia Peregrino cantaba quietamente. Se instauraba en el escenario y se fundaba allí, entonces, como primera piedra de sí misma. Sólo sus brazos seguían los caminos de la música, y sus manos habían aprendido a firmar arabescos gitanos en el aire. Al cantar, su cuerpo-mundo soltaba astros redondos que subían: el danzón cubano, el bolero, la rumba sensual y el son jarocho”. No imagino, pues, rumbeando al Flaco de Oro y jarocho Lara ni a La Negra Toña. De paso se anota que algunos investigadores afirman que el estilo interpretativo, cuando menos el corporal, lo heredó –como muchas otras– de una intérprete anterior de Lara, Ana María Fernández: “De hecho, podemos decir que es la bolerista arquetipo de la que todas las demás tomaron rasgos. El caso más cercano fue el de Toña la Negra, quien tomó varios matices del estilo de Ana María”, escribe Pável Granados.
A Mahalia Jackson y Ella Fitzgerald, a tales negras admiró: Son las que más me hacen vibrar, dicen que dijo. Leí un comentario que la compara a Billie Holiday, e incluso la supone superior. No se puede comparar al agua con el aceite: cada una es cada cual, y es suya misma, y se ubican y desarrollan en contextos distintos. Será el sentimiento que se gesta en el espectador, el que decida preferir a la una y a la otra. Se tiene noticia que no estudió música en escuela alguna. Salvador Morales refiere una anécdota sobre el caso: “Nació para cantar. Así, cuando se presentó en el estudio de Fanny Anitúa con la pretensión de adquirir técnica, la célebre soprano le dijo: –No te daré clases. Tu talento es innato. Quien frasea como tú, no necesita estudiar canto”. No aclara el reseñador si en son de burla o de veras.
En Oración Caribe se destrampa lo negro, aparece sin tapujos, se desborda como bestia que vuela el corral ajeno hacia donde las hembras pacen y huelen, y esperan. Las percusiones africanizadas enmarcan el sufrimiento de los negro’, no los de raza de bronce, que cantan. Oración Caribe/ que sabe implorar./ Salmo de los negros,/ oración del mar. Se implora, se ora piedad para el que sufre,/ piedad para el que llora./ Un poco de calor en nuestras vidas/ y una poca de luz en nuestra aurora, aunque no se explicita si es luz que ilumine la negrura de la piel o si el sufrimiento de los negros es secular y eterno. ¿Ser negros para ser infelices? ¿Ser infelices por ser negros? Eso ya ni Lara, el razabroncíneo, puede responderlo. Lo cierto es que se juntaron los dos talentos y produjeron piezas memorables, sobre todo por haberse insertado en algunos resquicios sentimentales de la nación mexicana, de la cultura nacional, aquella que no ve a los negros aunque los tenga en la punta de la lengua, como canción que Toña canta y que escribió Lara, El Jarocho. De luto debemos vivir el 19 de noviembre, de alegría luctuosa debe ser ese día para rememorar que en 1982 murió Toña, La Negra Toña.