La Sombra
(Una mirada a la mitología interior de los cuijleños)
A LOS GRIEGOS anteriores a Homero, el hecho del sueño les permitió aceptar y entender la existencia de un otro yo dentro del individuo porque —razonaban—, cuando un hombre duerme, su cuerpo, su yo consciente está inactivo, mas en su interior ve y vive personas y cosas; las ve y las vive sin duda, y no las ve ni las vive su yo visible y consciente puesto que su cuerpo yace como muerto. Por tanto, dentro de él vive otro yo, el que actúa en sueños. Porque ellos, los griegos, creían en los sueños como hechos reales y en los sucesos y personas soñadas como concretos y reales. Si alguien fallecido aparece en sueños es porque aunque su cuerpo este muerto, su figura existe y sobrevive a la muerte como imagen etérea (como el reflejo del espejo, que duplica al individuo sin ser el individuo real). Puede el hombre dormir y no tener sueños; entonces, el otro yo abandona el cuerpo sin saberse a dónde va. En el individuo vivo, el otro yo era el alma vital y podía tener desdoblamientos verdaderos y vagabundeos inciertos; el primer caso ocurría al soñar y el otro se daba con la ausencia de sueños (estado en que el cuerpo quedaba indefenso, sin alma). En el momento de morir, se desprendía del individuo un hálito escapado del cuerpo con el último aliento, que quedaría finalmente reducido a la imagen del hombre, a su sombra.
Tres mil años después, a fines de los cincuenta, Aguirre Beltrán se encuentra en Cuajinicuilapa creencias y conceptos similares.
Para el negro cuijleño, dentro del individuo hay una fuerza inmaterial con forma humana, la sombra. Cuando el individuo sueña, la sombra vaga y el cuerpo queda inerme, en estado de indefensión; si es despertado bruscamente, puede perder su sombra y enfermarse de espanto de sueño. Comúnmente la sombra es cobarde y asustadiza y puede huir del cuerpo con facilidad al cruzar un río (espanto de río), cuando ocurre un temblor (espanto de temblor) o si el individuo viaja y no llama a su sombra para que lo acompañe (espanto de viaje); en todos los casos se padece espanto de susto. Hay quienes, pocos, tienen una sombra temeraria que infunde pavor o miedo a hombres y animales; ellos poseen sombra pesada; son capaces de pisar la sombra de quien malquieren y hacerle enfermar por ello. Si quien tiene la sombra pesada fallece, su espírito (que es la entidad en que se convierte la sombra cuando el individuo muere) puede ser peligroso y coger la sombra de un individuo vivo, y éste enferma de espanto de muerto).
Cuando alguien enferma de cualquier tipo de espanto, el modo de curación consiste en el rito de coger la sombra. Para que los espíritos de muerto no vaguen por la tierra baja y puedan causar daño a los vivos, la noche del noveno día después de su muerte se realizan los segundos funerales, se procede a levantar la sombra del difunto: se dibuja una cruz de ceniza o cal en la tierra (símbolo del cuerpo), donde se aposentó el cadáver y se coloca encima una cruz de madera (con el nombre del fallecido y la fecha de fallecimiento) para que entre en contacto con la sombra; se encienden cinco velas gruesas (una en cada punta de la cruz y otra en el costado, cerca del corazón de la cruz) y se vela hasta el amanecer, las mujeres rezando y los hombres bebiendo chismisco y jugando baraja, contando chilitos. Con la primera luz del día se apagan las velas y se levantan; así mismo se recoge la cruz de madera y la cruz de tierra con ceniza o cal, tomándose con la punta de los dedos la parte correspondiente a la cabeza, el cuello, el pecho, las manos, las articulaciones del codo, el ombligo, los órganos genitales, las rodillas y los pies para recoger la sombra. Se acude al cementerio para hincar la cruz de madera y depositar la tierra sobre la tumba. De ese modo, el espírito podrá recogerse en el reino de la muerte (los griegos cremaban el cadáver para que pudiera ingresar al Hades, lugar de las almas de los muertos). Si el individuo muere fuera de su casa, se recoge tierra del lugar donde hubiese muerto; si la muerte ha sido violenta y con derramamiento de sangre, se recoge la tierra con la sangre porque contiene la sombra; en ambos casos se realizan los segundos funerales.
En el caso cuijleño hay algunos hechos marginales, tales como que los animales y vegetales no tienen sombra, y que los niños la adquieren al ser adultos. Además, tanto los griegos como los cuijleños realizaban banquetes funerarios y festejaban a sus muertos —en ciertos casos.
Atención aparte requiere el concepto del tono. Hasta aquí sobre la mitología interior de los negros cuijleños.
Los lazos evidentes en ambas concepciones son difíciles de desencocar, de desenredar; están ahí y de ese modo se dan. Lo importante es verlos. Sin la investigación de Aguirre Beltrán sobre la presencia de los negros en México, seguramente se nos harían invisibles. Y habrá que insistir en su propuesta: Cualquier intento por entender y aprehender la cultura nacional requiere tener en cuenta que nuestra tercera raíz es la negra. Aunque los rasgos físicos negros no sean visibles, los espirituales fluyen en la vida cotidiana de los mexicanos, pensemos en el ritmo, por ejemplo.