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LOCIÓN PARA LA NEGRADA

Me puse a bañar a un negro

pa’ver qué color tenía;

y entre más lo refregaba

más prieto se me ponía.

Copla que se canta en el juego de la lotería para anunciar la carta de El negro.

 

POR AHÍ DIJO ALGUIEN de México Negro, A. C. que “todos somos negros”, cuando menos en la Costa Chica, que no incluye a Acapulco –ni los acapulqueños morenos se incluyen en el asunto de negrearse la piel sino de blanquearse, en asimilarse a los gringos blancos, hasta en el hablar, el comer y el bailar, que Michael Jackson, con todo y su música light, apantalla al más pintado. Pero todo arroz tiene sus prietitos, que se pueden apartar para que la morisqueta esté blanqueada totalmente y, aunque sepa igual, se coma sin gesto de desprecio; lo triste del caso para algunos –que ni lo notan–, es que la morisqueta sin frijoles negros es media comida, y su sabrosura disminuye aunque la aderecen con mucho chirmole de chile criollo.Y si somos todos negros, también todos somos indios, todos somos españoles y todos somos asiáticos; porque por estos rumbos todos ellos anduvieron, y cohabitaron para dar paso a estos que somos: la negrada o los afromexicanos.

Los africanos que no eran moros eran negros. Con la palabra latina niger designaban los romanos el color de la piel de diversos pueblos del norte de África; de tal palabra se deriva el término español “negro”. Los términos negro, moreno, etíope, prieto y pardo, por ejemplo, se usaban para designar un ser colectivo –existente sólo en la mente de los europeos, dada la diversidad de los pueblos y las culturas africanas–, una naturaleza diferente, cuyos signos externos eran el color oscuro de la piel, el pelo ensortijado, la nariz ancha y los labios gruesos, que fueron consignados como marcas de una condición social de inferioridad, significantes de la condición social de la esclavitud; de ahí a considerar la supuesta inferioridad social como una inferioridad natural hubo apenas un paso. Era decir que los negros no eran humanos de verdad, sino seres deformes e imperfectos (alejados del ideal de belleza europeo), salvajes e inferiores; todo ello para justificar su esclavitud, sin cargos de conciencia y con un torcido derecho a civilizarlos. Además, eran paganos; lo que desató una cristiana y furibunda campaña religiosa para hacerlos volver a la fe verdadera. Lo cierto es que el sistema colonial requería mano de obra abundante y barata, oro negro para movilizar la economía europea; sin esta acumulación de capital no hubiese sido posible la Revolución Industrial, por citar una institución. Y les pareció que África era un almacén natural de esclavos: aunque paganos, merecían, al parecer, la rendición. Y mercancía que no estaba sujeta a consideraciones sesudas de teólogos y humanistas. Los negros eran paganos porque eran salvajes, porque eran negros; así como los blancos eran cristianos por ser blancos europeos. Había que salvarlos; y se instituyó, con todas las bondades del caso, la esclavitud; con el argumento de Aristótiles, que afirmaba que algunos pueblos nacieron para ser esclavos, y para justificar la trata esclavista los cristianos se dieron la misión de “rescatarlos” del paganismo e integrarlos a la cristiandad.

Durante la Colonia, ser negro en México no era un asunto del que ufanarse, ni siquiera para hacerse notar por su agraciada gracia natural. En el sistema de castas –creado como medio de conservación del poder en manos de los españoles peninsulares–, los negros constituían la casta más baja, la infame por su sangre. No todos los esclavos africanos fueron negros; sin embargo, por el mayor número de los africanos negros esclavizados, “negro”, “africano” y “esclavo” resultaban sinónimos. Al comienzo de la trata esclavista, se pretendió que los esclavos fuesen cristianos, lo que implicaba que hablasen castilla y estuviesen bautizados: los negros ladinos. La dificultad que representaba manejarlos como bestias de trabajo y su peligrosidad religiosa (considerados paganos, muchos eran musulmanes, aparentemente convertidos al cristianismo, que conservaban sus hábitos y ritos) hizo que se prefiriera traer negros bozales, desprovistos– según– de razón e inteligencia.

La mezcla del español y el negro se llamó mulato, porque esta especie se formaba de dos diferentes. Los zambaigos eran el producto de la mezcla del negro y el indio. Hubo los negros de nación, especificándose el lugar del que provenían; la intención era clasificarlos según ciertas cualidades o defectos para obtener de ellos el mejor provecho. Los negros criollos eran los negros nacidos en la Nueva España; al fin del Virreinato, sólo se pretendían criollos los hijos de españoles nacidos en el país –habrá de preguntarse hasta qué punto muchos de ellos eran mestizos o mulatos blanqueados o productos de alguna mezcla; como en el caso de Morelos quien, a decir de Don Lucas Alemán, por ambos orígenes procedía de una de las castas mezcladas del indio y negro. Otro modo de clasificación agrupó a los negros en: atezados o retintos (de color muy oscuro) y amembrillados o amulatados (de color casi café), fuesen cafres de pasa (por las apretadas espirales del pelo que formaban motas, dejando espacios de cuero cabelludo sin cubrir) o merinos (por el aspecto lanudo del cabello).

Cuando el asunto de clasificar en castas, por el color de la piel, se complicó ante las muchas mezclas que se produjeron, el término zambaigo casi desapareció, y en su lugar, se comenzó a utilizar el término mulato para nombrar genéricamente a los de piel oscura. Así hubo mulatos blancos, mulatos moriscos, mulatos prietos, muletos pardos, mulatos lobos, mulatos alobados e indios alobados. De la mezcla con los blancos surgieron los mestizos prietos y los mestizos pardos. Era complicado clasificarlos; en los hechos, los negros dejaron de ser llamados negros para ser apostillados morenos o pardos, palabras que se oían más dignas y menos ofensivas. La frase “se dice mestizo, pero yo lo veo muy pardo”, resume, ironía, la necesidad de blanqueamiento de la piel y la realidad que no podía esconderse ante el funcionario encargado de anotar el color.

El baño que algunos bondadosos de corazón le dieron al negro para descubrir su color verdadero –no podían existir personas con la piel tan horrenda, asegún su conocencia–, es tan viejo como que en tiempos de Quevedo ya era antiguo. Y desde ese entonces ser negro ha sido un estigma denigrante –en el buen sentido de la palabra, si es que la palabra lo tiene–; más no, no todos somos negros, y no por vergüenza sino por justicia, que de racismo también podemos padecer. Baste con decir que somos afromexicanos, y da igual el color de la piel si hablamos, reímos, bebemos, cantamos, caminamos, cogemos, creemos y, en suma, vivimos lo que somos asumiéndolo con ese sentido de disfrute que nos denigra –en el sentido que mejor disfrutemos la palabra, que el negro viene desde lejos (“ NEGRO, h 1140 del lat. NIGER , NIGRA, NIGRUM, id// Deriv, Negrear, Princ. S. XVII. Negrero, 1836 (pero el fr., neégrier, quizá tomado del cast. ya se halla en 1752). Negrete, Negrillo; Negrilla, Negrura, 1490, o negror 1490. Negruzco, 1734. Ennegrecer, 1495, Denegrido, h. 1200. Renegrido. // Denigrar, siglo XV, tomado del lat. Denigrare id.; denigrante. Neguilla, S. XIII, del lat. NIGELLA, íd., propte. femenino de NIGELLUS, diminutivo de NIGER, Ecéctera, ecéctera”) y seguramente va para más lejos.

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