POESÍA MORENA Y DE CUERPO CENCEÑO
la madurez ardiente de un hombre del trópico
A. C .
Le cantó a la Costa Chica, don Álvaro Carrillo. Mi espíritu se nutrió con la savia de la floresta, respirando el aire montaraz y arisco que abre el alma costeña a los silencios infinitos de una soledad cósmica, haciendo más bravíos los fandangos y sofocantemente cálido el estallido de los jolgorios, anota, asume en el prólogo de su Canto a Costa Chica, poema extenso. La justificación, los silencios infinitos de la soledad cósmica, no parecen pertenecer a este territorio que tanto cantó y alabó el oaxaqueño por nacimiento e hijo de crianza de la Costa Chica de Guerrero. Y en a esta última idea, agrega: por eso todas mis composiciones y este Canto a la Costa Chica tienen ese sabor tan especial de la región guerrerense, conservando los matices torrenciales de una escala musical, de policromado colorido.
La primera figura del poema es la Costa Chica como mujer: Morena cerrera d e cuerpo cenceño/ y alma cimarrona. Montaraz, la dice, mesteña, arisca, cerrera –tal apenas bajada del cerro a tamborazos, como reza el dicho. Escuálida o enjuta, de carnes escurridas, cuyo cuerpo es cenceño. No paso a creerlo. O el poeta erró o le tocó en mirar una morena no tan frondosa como suelen serlo. Prefiero su alma cimarrona, coincide más con el modo de ser de las costeñas, atrevidas, igualadas, osadas, cimarronas, rebeldes, pues. Aunque esa epitetación refuerza el sentido de cerrera. Y más que tripulando ensueños, el estro del maestro parece bregar con una realidad más pedestre y prosaica, que lo hace rubicón-arse o séase que se es la dificultad, los esfuerzos y la color rojácea que produce decir la tu poesía que es nube y es golpe roqueño,/ tristeza, jolgorio, paz y rebeldía. Noto al negro o moreno como el color que denota la piel de la Costa Chica.
La segunda estrofa describe, en principio, lo geográfico y económico, es decir, la pobreza provocada por las circunstancias geográficas: Te guardan aislada tus grandes montañas,/ montañas azules, hermanas del cielo,/hechas con el barro de tu propia entraña,/ pero que estrangulan con maligno celo/ el esbelto cuello de tu economía. No anda la poesía, por estos versos, a pesar de la tesis expuesta y la imagen del esbelto cuello de la economía, algo audaz, por cierto, dado que intersecta dos áreas por demás antitéticas, la improductiva belleza y la lucrativa economía. Y describe enseguida la conducta de los costeños, empeñados en matarse: tus hijos, como los atridas,/ se escarnian, se odian, y en su tropelías/ vierten el alarde de su sangre estéril, sin que tanta crueldad gratuita y milenaria –biológica, sospecha este lector pacifista cuasi cristiano que ahorita duda si conviene poner o no la otra mejilla en caso necesario– pueda matar a la gran madre sufrida y aguantadora, la Costa Chica mía de don Álvaro. Se avienta en esta estrofa el poeta un palabreja dominguera: redaño, que casi no entiendo, excepto por el diccionario y que me sugiere el imperativo del poeta en causar impresión en el lector por vía del descontón léxico.
Nos dice el estro poético de don Álvaro en la tercera estrofa los milagros que impiden la destrucción de su zona natal, a pesar del bárbaro y salvájico comportamiento de sus hijos, los costachiqueños: No, tú nunca mueres, te protege un suelo,/ te acaricia un mar y te bendice un cielo,/ con la intervención directa de Dios padre en persona, según aclara en seguida nuestro vate: un evangelio/ que derrama en torno de tus liviandades/ la verdad divina de tu catecismo/ y un mar que es un manto/ azul, que Dios puso en tu piel morena. No sé por qué, pero casi olisqueo la hostia y el cáliz católico.
Pero para regocijo de los folkloristas, don Álvaro recurre también al espíritu del pueblo costachiqueño, la arrechera, cuyo soplo apuntala la eternidad de esa mujer morena, la tal Costa Chica: tú nunca mueres porque estás bullente/ en los cascabeles de tus tradiciones,/ porque hasta el brebaje de tus aguardientes/ deja gotas bellas para mis canciones,/ para la chilena, que es entre tus sones/ el arpegio cumbre que bailan los dioses/ aquí en el Olimpo de mis pretensiones. Se impone una confesión que me hizo Indalecio Ramírez, compositor y protegido dilecto de don Álvaro: Él era muy grande, muy lírico, tenía mucha cultura. Y era un gran costeño; le gustaba mucho el hecho de “vamos a beber en la misma media de aguardiente”. Era muy dado a la paisanada.. Era un hombre muy culto. Está toda esa poesía romántica y modernista, y en costeño. Confesión que corrobora los versos del brebaje. Bueno, en mí, lo que el aguardiente ha dejado no son gotas bellas sino un sonambulismo postborrachera y un sentido de imbecilidad como provocado por los silencios infinitos de una soledad cósmica.
En la cuarta estrofa se asume plenamente costachiqueño, con todo y lo macho de gran machitud y machonería, aderezado con pintoresquismo tradicional: Yo soy de ese pueblo, ingenuo, bravero,/ yo me rifo todo cuando suelto un gallo,/ y en los jaripeos/ yo soy el primero/ que le entra al jaleo/ jineteando un toro,/ montando un caballo/ o arrastrando el vértigo de una vaquilla / en la serpentina de la lechuguilla. Y no le creo, don Álvaro, me se dificulta verlo haciendo todas esas hembrerías, esas charradas, a pesar del buen intento poético con tales licencias y del casi hallazgo en el vértigo de una vaquilla y aunque la serpentina de la lechuguilla sea muy visual y acertada.
Y ya encarrerado, nos ensarta don Álvaro sus memorias, referidas a lo folkosteño: esas ferias chulas/ con sus juegos-danza de los doce pares,/ la tortuga, el tigre y el feo machomula. Amo el simulacro de las capitanas/ y el vertiginoso juego de la iguana/ y al alebrestado toro de petate. Me sospecho que lo tumbó el machomula, don Álvaro o no entendería de otro modo esa fealdad atribuida gratuitamente. Tampoco sepo eso de el simulacro de las capitanas: ¿Será que las féminas a caballo montan a medias, de pierna cruzada? ¿Será que las féminas no son vaqueras, caballerangas ni militares de rango alguno?
El patriotismo regional estalla sin redaños en la sexta estrofa: jirón de patria, solitario, arisco. Y ha de solicitar permisos para sus versos: deja que mi verso sea repique y trino/ para tu ostracismo/ o la cantinela de los pajarillos/ para tu jauría/ o la nebulosa estrella que derrama estrellas/ para tus abismos. Y me juro de nuevo desconcertado en mi entendimiento poetril: no veo que el ostracismo tenga cabida en esta concepción festiva, alegre, bullanguera y arrecha de la madre patria regional que nos ha venido mostrando don Álvaro, excepto que el chingadazo léxico quiera romperle la madre al lector ignaro. El repiqueteo de tal palabra es tan ruidoso, que apaga el ladrido de la jauría, la cantinela de los paxarilhos y se extiende más allá de la nebulosa estrella que derrama estrellas, por decirlo casi en términos cinemáticos o en sustitución del ¡Al infinito y más allá!
El número siete para la última estrofa relata las buenas intenciones, los deseos deseados del aeda costachiqueño, olvidando, tal vez, el adagio del perro comiendo güevo: Y cuando tus hijos ya no sean atridas,/ cuando tus recuerdos hallen su picota,/ cuando se restañen tus arterias rotas/ y queden tus grandes montañas vencidas… Y me detengo por el momento, preguntando si el oficio de atrida es sólo la violencia irracional. Me respondo que no, y paso a lo propio y requerido por don Álvaro para su oficio poético: que este mismo verso, metamorfoseado/ diga el florilegio de un himno sagrado/ de cuyas estrofas/ pendan bucles de oro que besen tu frente. Y para finalizar, recupera versos de la tercia estrofa, mordiendo la serpiente la cola, finiquitando el Canto a Costa Chica: mientras el brebaje de tus aguardientes/ deje chulas gotas para mis canciones,/ para la chilena, que es entre tus sones/ el arpegio cumbre que bailan los dioses/ aquí en el Olimpo de mis pretensiones.