EL NEGRO DE LA COSTA
la palabra que me diste
en el corazón la tengo,
y como no me la cumpliste
a que me la cumplas vengo
A. C.
Álvaro Carrillo, el negro de la Costa/ de Guerrero y de Oaxaca, nació en zona mixteca, en El Camalote, municipio de Cacahuatepec en Oaxaca. Candelaria Morales fue su madre, una “mulata” juchiteca, de Juchitán, Guerrero, la tierra de quienes peleaban terrenos con los huehuetecos. Llevó, pues, nuestro paisano en el apellido, como se lleva un lunar, una alusión al color de su piel –pariente de Mora, Morado, Moral, Morán, Morelos, Moreno, Moro y todos los demás que se arrejunten. 2 de diciembre de 1919, fecha de su nacimiento; 3 de abril de 1969, de su muerte. Apenas vivió cuarenta y nueve años.
A los diez o los doce ya cantaba y tocaba, según se dice. A los 12 compró su primera guitarra en 75 centavos. Su padre, Francisco José María, era director de la orquesta cacahuatepequeña, que interpretaba danzones, chilenas, boleros y sones, entre otros bailes. Junto con Eleazar Jiménez Jiménez y Gildardo Salinas Guzmán, Álvaro formó su primer trío. Misael Vázquez Guzmán afirma que ellos interpretaron su primera composición, Celia, y ubica en 1940 su ingreso a la Escuela Nacional de Agricultura, en Chapingo, donde escribiría Luz de luna, Magnolia, Eso, Azul, Mañanita, Flores del corazón, Orgullo y Matemáticamente. Su primer éxito sería Amor mío, antes de la fama y la popularidad de Sabor a mí, cuyas interpretaciones son incontables.
Pelo cuculuste, frente amplia, cejas cortas, ojos pequeños, nariz chata, pómulos altos, boca grande y de labios gruesos, mentón redondeado: sería un inventario del rostro del negro de la costa/ de Guerrero y de Oaxaca. Y la mirada abierta. Se asemeja a las colosales cabezas olmecas, excepto por la papada. Se nota corpulento más que delgado. Y se sabe afecto a las bebidas alcohólicas. Es un costeño. En su obra existe una dicotomía: por un lado los boleros y las canciones románticas; por el otro la chilena. Y en las chilenas es donde se asume costeño, donde refleja los valores masculinos exacerbados: de las mujeres costeñas/ nacen los hombres valientes. Los fuertes y de acero de Agustín Ramírez se convierten en bravucones, temidos, intocables, personificando a la Ley: Cierto que echo mis habladas,/ pero Sóstenes me llamo. A mí nadie me hace nada,/ como quiera yo las gano/ y no hay ley más respetada/ que el machete entre mis manos, porque esa es su naturaleza, pues la sangre que es costeña/ no tolera las traiciones. Y en el arte de matar, se presume maestría: No me enseñan a matar/ porque sé cómo se mata, no solamente con el machete, también a balazo tendido: Soy tirador,/ mi retrocarga es la ley. Ubicarse por encima de todos, de los otros: la supremacía se muestra hasta en el oficio: en el agua sé lazar/ sin que se moje la reata.
Y más si se trata de pelear por la hembra, a quien se le concede el privilegio de amarlo, pues él se pesca con trabajo/ y se come con cuidado. El rival es poco, se hace menos, se le increpa: Tú para mí eres pura facha/, tú no aguantas la pelea./ O me dejas la muchacha/ o me dejas la zalea. Y se pregunta uno si realmente será capaz de desollarlo. Seguro que sí, porque es un bravero que se rifa sin condición, poniendo en riesgo y dispuesto a rajarse el cuero/ con el que ofenda mi corazón. Bravero en serio, sin matices, bravero de condición, sobre todo ante el rival de amores, a quien espanta con facilidad: hay otro que te pretende,/ ya no se acerca, ¿porqué será?/ Será que le da mi sombra/ y a veces miedo la sombra da. Y la imagen tradicional, la del gallo de pelea como símbolo supremo de lo masculino: Gallo muerto en raya gana/ si el otro corriendo va./ Soy pollo de tu ventana,/ no sé tu gallo porqué se irá./ Y hoy si me da la gana/ aquí otro gallo no cantará,/ porque si canta se morirá. Gallo de pelea ante el rival, pollo ante la doncella dentro de la habitación, cuya ventana permite el atisbo de una promesa amatoria. Y aunque no fuese correspondido, poco importa, se trata de conseguir a toda costa el preciado tesoro himeneo o placentero de la amada o, más bien, deseada: De ti nunca me he retirado/ ni me voy a retirar,/ porque soy gallo jugado:/ aquí en la raya me han de matar. En gallo convertido ahora, luego de vislumbrar el rechazo, el desamor; y la amenaza de ¡Virgo/coito o muerte!: Soy necio en cuestión de amores./ No me voy a retirar/ aunque de rodillas llores,/ ni que me vengan a regañar,/ pues soy de los cazadores/ que a donde apuntan han de pegar,/ y a tus amores vine a apuntar, agrega como si no bastara morirse en la raya o coitear en mullida cama aunque de mecates. Ha de suavizarse el bravero, ha de ser domado por la bella, él, el de la sombra pesada: porque si pisan tu sombra/ yo te aseguro que me han pisado. Pisar al gallo, al pisador.
Mas no todas sus chilenas son apología de tales valores. Para muestra Pinotepa. O Negra cortijana y Jardín florido: Cuatro o cinco limones/ tenía una rama,/ y amanecieron cincuenta/ por la mañana. Como se ve, lírica popular de gran calado, son a veces.