INSTRUCCIONES PARA RECORDAR LO IGNORADO
Pseudoresponso para Macario Luviano
NO CONOCÍ A MACARIO LUVIANO. El otro día me dijeron que había muerto; yo no lo conocí. Ignorante pero envidioso, escuché a Alejandro contar sus encuentros inconscientes con la música, es decir con Macario, Maco o Macaco —como dicen los juchitecos: dichoso él que asistía a sus quehaceres matinales e infantiles, yendo por las calles—ríos de la Hogar Moderno, en medio de notas y ritmos cachondos y placenteros, rumbo a la tortillería más cercana sin enterarse pero percibiendo ese ensayo permanente, ese intento que pretende agotar el espíritu nota a nota, que descubre realidades paralelas, tiempos opuestos dentro de espacios limitados; caminando para cumplir con la cotidiana y heroica misión de proveer de tortillas calientes y recién hechas el teconte[1] no —que en Acapulco lo desconocen—, sino la canasta o el canasto o la canastilla o el tortillero bendecido por el hambre común y corriente; y allá miro al Alex niño moverse con cadencia —él, que bailar ignora o minimiza— guiado por instrumentos ocultos dadores de música y belleza. Y los tantos vecinos que vivían en ese ámbito, siendo más sensuales bajo el influjo de sonidos que se acomodan al cuerpo y lo conducen. No conocí a Maco y juego, imito a mi abuela, simulo, emulo a la ciega de mi abuela, Hermila Bacho Zavaleta, partera natural, parienta de oficio de la socratiana madre, bacheña legítima, ciega de vejentud, adivina por experiencia, que tiene un pie en el panteón aunque nunca al panteón asista, porque para ella sí hay panteón: tiene muertos, muchos muertos, y siempre dialoga con sus muertos, y los sermonea, los aconseja, los chiquea y las lágrimas les seca; quiero como mi abuela hablar con los moridos, morir con sus cadáveres y vivir de vida natural y artificiosa hasta antes de muerte natural morir, para que viva mi muerte su vida natural; y sus artes medianas ejercitar preciso para ejecutar el ejercicio de hablar con los que viven en otra dimensión, hablar u oírlos, saberlos de su propia boca desbocada y contrahecha, pues aunque no conocí a Maco y su cuerpo esté alimentado la tierra, porque vivo alimentó vidas, y no sé cómo hablarle ni cómo escucharlo para ver encarnados sus conceptos en su boca o en su voz, quiero hablarme desde él u oírme decir lo que no dijo. Y es inútil. No conocí a Macario Luviano, mas oigo al Gato Barbieri con su bamboleo sistemático e inesperado, su fraseo suspirante, conduciendo a otros enceguecidos por el momento, atormentados por la vida, como recién salvados del cataclismo o del amor, el auténtico, no el de oropel, no el cotidiano de los gestos hechos y las frases dadas. Y el Gato jadea, resuella, gime, musita, muge, ronronea, maúlla e himpla. Y yo con él, y también los otros, los que percuten, soplan, rasgan... No, a Macario no conocí. El ReyDa me habló de su admiración por ese hombre, me invitó a ser su semejante, a hablar con él sobre lo negro, sobre la religión y magia; me mostró al inconforme, el perfeccionista, el maestro. Mas no. No conocí a Macario Luviano. A nadie conozco. Nunca se conoce a alguien. A mí no me conozco; ni a mí me conozco. ¿Alguien me conoce? ¿Conozco a alguien? De haber conocido a Maco, ¿pude haberlo conocido? ¿Alguien lo conoció? Ahora nada sé. Ahora sólo los sentidos entienden a Jerry González que me muerde una oreja con suavidad, me seduce, me hace suyo, su adepto, es mi corifante, soy su neófito no nuevo: un furor pánico sacude mi piel y los negros muertos se adueñan de mis músculos para vibrarlos al ritmo que los pies deciden seguir, y soy ese cuijleño que he visto moverse modelando el aire, alterando el universo con los gestos de su cuerpo, los dientes riendo de risa natural; soy esa sannicolareña inocente y púber que he mirado asumir el tiempo desde el movimiento de su fundillo, centro de todo, sacerdotisa de las miradas, teje y desteje los gestos que los rostros observantes usan, desusan, malusan y engatusan-se, se-han masculinos o femeninos, y acomodar los músculos, huesos y tendones en una danza de muerte viva... No lo conozco, lo imagino. Desde aquí, acodado frente al Mar del Sur, me sumerjo en recuerdos desconocidos por inexistentes; dialogo conmigo de lo que no sé, de lo que desconozco y quise conocer —o entrever, afrontar, compartir—; platico conmigo para fingir que hay otro que me escucha y habla; juego a conocer/desconocer a Maco, a su música, a su vida. Me duelo por haber fallado y no haber llegado al lugar y el tiempo donde habitó y cohabitó Macario Luviano; me aterra desconocer su fuerza, ignorar sus palabras, estar a obscuras de sus odios y en blanco sobre sus amores, en ayunas de su algarabía y hambriento de su música, no conocer ni por sombras sus obras ni estar iluminado por su ocio.
[1] Teconte: recipiente hecho con un bule seco.