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¿MEXICANOS AL GRITO DE GUERRA? NI VOTO, NI VOZ

Hace 150 años se escribió el himno nacional. Y persiste, perdura, se afirma. Signo de identidad nacional, se dice. Signo impuesto a fuerza de repetirse. Ejecución obligada en todas las escuelas del país, desde 1942, y se la debemos a Ávila Camacho. Popular a fuerzas. Impuesto y repetido sin conocerse a ciencia de verdad, cantado sin saberse ni entender qué se canta. Signo cuyo significado se escapa la mayor de las veces. ¿Qué importa, si somos mexicanos y ya? Ya no estamos en pie de guerra, ni a caballo aprestando las bridas del brioso bridón o sea corcel o sea caballo o sea equino y sin espada acerada en ristre. Ni el sonoro cañón rugiente ha de provocar que los centros de la tierra tiemblen y destiemblen; menos ahora que los cañones sólo adornan la memoria de guerras antiguas, arcaicas ante la tecnología guerrera actual. Descubro ahora en él una imagen que, cantada, ignoraba: Ciña, oh patria, tus sienes de oliva/ de la paz el arcángel divino. Antes pensaba en La Patria autociñéndose oliva en las sienes y, en seguida, a El Arcángel Divino dando la paz, saludando de mano a cada mexicano, como al final de la liturgia católica. Ahora sé que los mexicanos, por conducto de Bocanegra, pedimos al divino arcángel que ciña las sienes de la patria, en presagio de victoria nikeniana, determinada desde los siempres de los siempres, destinada por el mismísimo Dios Padre En Persona. Y no es Masiosare un extraño enemigo, sino un hijo espurio de la imaginación populachera: Es, si osa un enemigo extraño –y si fuese conocido, ¿perdonárasele?– violar de la Patria Querida el virginal suelo mexicano, acométale cada soldado, o sea los mexicanos y las mexicanas, para ensangrentarlo y ensangrentarse, arrostrando la metralla enemiga, en pos de la muerte o de la gloria. ¡Quiero ser pacifista!

En las siguientes estrofas encontramos expresiones parecidas: sangrientos combates; arrostrar la metralla; muerte o la gloria; guerra, guerra sin tregua; en las olas de sangre empapad; los cañones horrísonos truenen; tus campiñas con sangre se rieguen; se derrumben con hórrido estruendo; sus lauros sangrientos; al golpe de ardiente metralla; en recompensa una tumba; su espada sangrienta enlazada; exhalar en tus aras su aliento; un sepulcro para ellos de honor. Sangre y muerte son constantes. Así lo reconoce, por ejemplo, Fernando López Alaniz, aunque cuida en aclarar su punto de vista: “El Himno Nacional Mexicano es la sangre de nuestros abuelos derramada por invasores de este y de otros continentes, es el testimonio del esfuerzo inteligente por crear un estado soberano, es el resumen del talento invertido por hombres de buena voluntad, aunque fueran enemigos entre sí, por legarnos a nosotros, sus descendientes, una patria”. Estoy de acuerdo. Pero con el Congreso de San Luis Potosí no: “Hay quienes piensan en el himno como un canto sangriento. Nada más equivocado. El himno nacional mexicano alude a la legítima defensa de la patria y a la concordia entre los mexicanos”, afirman. Acepto que se alude a la defensa legítima y obligada de la patria y, un tantito, a la concordia entre nos. El himno sí es sangriento, baste leer la anterior selección de frases.

El himno nacional mexicano fue escrito en 1853 por Francisco González Bocanegra, hijo de un español y nacido en esta la su patria. La versión original constaba de diez estrofas; dos de ellas fueron expurgadas: primero la séptima, por cuenta de Antonio López de Santa Anna, pasado el primer imperio y luego de derrocado Iturbide, puesto que tal estrofa exhortaba a: de Iturbide la sacra bandera/ mexicanos valientes seguid, haciendo sombra o compitiendo con su figura de “héroe nacional”; la siguiente expurgación estuvo a cargo de la negrada revolucionaria de Ayutla, luego de vapulear y deponer al nunca bien pagado de Santa Anna, cuya exaltación se hace con los versos: Del guerrero inmortal de Zempoala/ te defienda la espada terrible,/ y sostiene su brazo invencible/ tu sagrado pendón tricolor./ El será del feliz mexicano/ en la paz y en la guerra el caudillo,/ porque él supo sus armas de brillo/ circundar en los campos de honor –No lo declaró Bocanegra, mas se sospecha que tal estrofa se elaboró por una petición a forziori del caudillo–. Muchas vicisitudes ocurrirían con el himno, hasta casi desaparecer de la memoria colectiva. En 1922, Julián Carrillo encontró una partitura original (de 1854) y, con base en ella, se oficializó; “a partir de entonces se compone del coro y cuatro estrofas”, se lee en el sitio web de la SeGob.

Mucho tiempo he creído que el himno ya no tiene razón para ser así: bélico, católico y sangriento; debería cambiarse, acomodarse a valores más positivos y actuales. Primero porque es anacrónico: las guerras ya no son como se describen allí; la soberanía se obtiene y defiende de otra manera. En segundo lugar, somos un Estado laico; además, la religiosidad aludida en el himno nacional no tiene que ver con los ideales de la religión que nos decimos profesar, los del cristianismo, postuladores de tratar al prójimo como a uno mismo. Finalmente, y los siglos de dolor y sufrimiento vividos debieran hacernos enfilar el país hacia una sociedad más solidaria, más justa y más humanista. En este momento pienso en el aludido López Alaniz, que condensa en su opinión la de muchos y es, además, opuesta a la mía: defiende la permanencia y la exaltación del himno. “Quien no lo vea así, afirma, será por ignorancia o por mala fe. Si por ignorancia, que nos acompañe a descubrir los valores de nuestro himno; si por mala fe, entonces es un traidor, traidor a esa sangre, a esa inteligencia, a ese talento, a esa voluntad de sus padres por darle patria, libertad y una sociedad de hombres hermanos que le ayuden a gozar la poca o mucha felicidad a que tiene derecho en este mundo”. Ni ignorancia ni mala fe de mi parte. No veo necesidad de propugnar por derramar sangre cuando se enfrenta un conflicto, ni de seguir educando a nuestros infantes con sentimientos de odio, saña, revanchismo y otras lindezas pseudo-patrióticas.

Comparto la opinión de Luis Miguel Aguilar, al considerarlo como una poema muy popular: “… es, por ser también una formidable creación colectiva al paso de los años, quizá el gran poema romántico mexicano… Y Bocanegra hizo su poema con los muy cultos instrumentos al uso: concretamente, siguió el modo de hacer o de proponer poesía heroica del poeta español Manuel José Quintana… Por eso no es una casualidad que la mayoría de los versos del Himno Nacional Mexicano, alternados con versos de nueve sílabas, sean versos de diez sílabas… Quiero decir que el Himno de Bocanegra es uno de los cuerpos más extraños que registra la poesía mexicana del siglo pasado, y sin embargo le hemos dado una naturalidad en nuestras vidas más allá de toda consideración…”. En efecto, el himno es un poema muy popular y nada más, agregaría yo. Seguro que López Alaniz, y muchos corifeos suyos, me conminaría a abandonar el país, en mi calidad de traidor a México, aunque creo que más traicionan a México quienes ahora gobiernan el país –los del águila mocha–, con su pretensión de privatizar los recursos que son propiedad de la nación, con sus actitudes serviles ante los hombres dueños del capital, etc.; a pesar de que se visten de patriotas y acarician el lindo sueño de oír cantar el himno a 109 millones 999 mil 999 mexicanos y mexicanas –porque, ahora sí, no cuenten mi voto ni cuenten con mi voz.

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