DE MONGO O MONCHE SANTAMARÍA
… -Mila la tlampa!,
que aunque negla, gente somo,
aunque nos dicil: ¡Cabaya!
Sor Juana Inés de la Cruz
No era fácil ser negro en Cuajinicuilapa. Ni siquiera sabíamos ser negros. Nadie quería ser negro. A lo más que se llegaba era a saberse prietos: Negros son los burros, nosotros somos prietos, decía algún adulto. O, también, los negros eran los otros, los vituperables, los indignos, los corrientes, los raspa. O los frasteros, los que no pertenecían a Cuijla: los cubanos, por ejemplo, los negros que aparecían como comparsas de Tarzan, el hombre blanco que la televisión nos llevaba; no sé quién lo dijo o dónde lo aprendimos, pero lo sabíamos y era verdad verdadera: los negros de la televisión eran cubanos; y lo repetíamos. No teníamos idea cierta de Cuba y sus cubanos.
Tres veces al día, una antes de cada comida, los altavoces dejaban escuchar la voz de don Beto anunciando matanzas de cerdos gordos o de sabrosas reses; de venta de pan, de tamales de carne cruda, de vaso de res relleno al horno, de mole de cabeza cerdo, de pescado y tichindas frescos de Corralero. Y entre tanta y tanda de anuncios, música. Toña La Negra, Javier Solís, Pedro Infante, José Alfredo Jiménez, Cuco Sánchez, Agustín El Flaco Lara... Y más. Como el rico mambo. Las trompetas, los saxofones, el grito como señal para que las baquetas hicieran explosión. Y el cuerpo procurando seguir el mambo, el rico mambo. Sonidos secos destacaban de pronto, sonidos rapidísimos, ya sordos, ya ladinos, que aparecían y desaparecían, enérgicos, y las manos sobre el cuerpo procurando seguirlos. Las manos y los pies. Porque debo decir que este aprendiz de no negro no bailaba. Sin embargo, la estridencia de las trompetas y el golpeteo de los saxofones, el seco golpe del cencerro y la versatilidad de la batería lo obligaban a moverse, a soltar el cuerpo hacia el centro del movimiento, evitando todo sonido monótono o rítmico, regular, repetitivo: en su torpeza, el neófito bailando seguía o pretendía seguir las veloces notas de las tumbas que aparecían y desaparecían en tiempos cortos, en el centro del ritmo y dando órdenes a la orquesta. Pero el cuerpo desordenado desbailaba, contrabailaba, antibailaba, haciendo caso sólo al oído atento al sonido de las tumbadoras pero sin su virtuosismo. Y en el cine el Mambo número 5 y el Rico mambo, y Ninón Sevilla y Lilia Prado estableciendo el orden del cosmos desde sus soberanos culos, y Resortes Resortín de la Resortera en plena plenitud de su movilidad astuta. Y yo sin saber de Monche o de Mongo, como dicen los cubanos; y sí apenas de Pérez Prado.
En el Barrio Abajo se organizaban bailes tumultuosos. Las negras fundilludas, elegantes, llenas de cadenas, pulseras, aretes, anillos y demás lucimientos en oro, vestidas de colores vistosos, sentadas en las bancas esperando al galán o al atrevido que las sacara a bailar. En esos tiempos todas estaban obligadas a bailar; negarse era exponerse al justiciero salivazo en la cara. Y los negros cambiaditos y fachoseando, olorosos a jabón palmolive, con una o dos cervezas adentro para ablandar el cuerpo y el verbo. La música de Sabino engalanando la fiesta, o del tocadiscos que interpretaba todo. El suelo barrido y regado para amortiguar el polvo. Uno que otro foco en un palo para iluminar la negrada y la noche. Las vendedoras de tostadas, enchiladas rellenas y pozole, de palomitas, aguas frescas y tamales de pollo o carne cruda. La chiquillitería rondando los alrededores, esperando invadir espacios para bailar. El espectáculo eran los bailadores que competían: desde días antes se pasaba la voz de que en la fiesta de Fulanita de Tal se enfrentarían Candela contra Chente Díaz, y muchos curiosos se volcaban al baile nomás por verlos. Entre ellos yo. Era un lujo. Los pasos domingueros bien pulidos y sofisticados, el cuerpo vara de tamarindo verde –que se dobla pero no se quiebra–, los brazos nudos, ángulos, aspas, abanico, y los pies, los pies, los pies… Y este bailante en aprendiendo. Y sin aprender. Yo seguiría buscando el ritmo que no se repite, el que se improvisa.
Después, ya medio ciudadanizado por vivir en la ciudad, me enteré de Mongo Santamaría, no el tocador de las tumbas con Pérez Prado, no el de mi infancia, sino el percusionista que innovó no sé qué tanto. Pero de eso sabrán más los que saben, y lo dirán, si es que no lo han dicho. Yo apenas sé que por Mongo o Monche, como decimos en Cuaji, tengo esta necesidad de antibailar, de contrabailar, de desbailar, de no seguir el ritmo regular sino de moverme siguiendo notas veloces e imprevisibles, que a veces no existen pero que el cuerpo se inventa. El 1 de febrero murió Monche o Mongo, como debería decir. Pienso en ese asunto de ser negro, de asumirse según lo que uno es por lo que han sino nuestros antepasados. Ahora sé un poco de Cuba y los cubanos; he aprendido que no sólo los diablos de todosanto se hermanan con los abakúa, sino que he disfrutado su riqueza poética, musical y literaria –por decir lo menos–; he sido beneficiado por la amistad de algunos cubanos, por fortuna… Ahora sé que Mongo Santamaría es antepasado mío, y además negro.