OPINANDO QUE OPINO
En Ometepec, un amigo y yo ingerimos un par de cervezas. Y conversamos. Le intriga la insignia amarilla y negro en mi bolsa —más garnil que alforja de cartero, no por intención belicosa o valiente sino por oferta—. Y le intriga más mi participación política, como lo muestra el emblema en mi bolsa. No me pretendo imparcial ni objetivo, no lo soy, argumento. Serlo o pretender serlo sería una imbecilidad de mi parte. Incongruencia además.
Si la imparcialidad —aparte de “calidad de imparcial”— significa “falta de opinión anticipada o de prevención en favor o en contra de alguien o algo, que permite juzgar o actuar con rectitud”, a decir del Espasa, me declaro en sentido inverso, es decir, parcial o sea “partidario, seguidor de otro o que lo apoya siempre”. Desde finales de los años setenta he sido militante de la izquierda; al principio, de la izquierda cercana a la clandestinidad y contraria al sistema de partidos —conocido en esos tiempos como “democracia burguesa”—; después, de la izquierda sindical; ahora, de la izquierda electoral. Con todos estos matices, la idea central de mi praxis política se funda en la vieja máxima: a todos según su esfuerzo y a cada quien según sus necesidades. Más que esas abstracciones con cuerpo de ideas nombradas libertad, igualdad y justicia, ha sido la fraternidad con los desposeídos, los pobres, los explotados, la pulsión motora que me ha impelido a procurar su beneficio, el cual he asumido como propio. En ese sentido, me declaro humanista. Y en cuanto a la cuestión pragmática, sostengo que la organización permite que la fuerza dispersa pase de la inacción a la acción, siendo más demoledora y efectiva. Y una imagen —y una idea aledaña— trillada viene a mi mente: la mano abierta pega con menos fuerza que convertida en puño.
Si la objetividad es una mera idea cuya conquista por hombre alguno es imposible, pretender ser objetivo es despropósito tan grande como del tamaño de la tontera universal, si existiese. La objetividad, pues, no se cuantifica ni se consigue; o discurre en el reino de las ideas, las inmortales. Ríos de tinta, demasiadas palabras y esfuerzos innumerables han hinchado el mar de reflexiones sobre el tema; por lo mismo, no se pretende abonarlo ahora sino declarar incompetencia para la objetividad. Homos subjetivus, y a mucha honra y sin demasiado esfuerzo.
En la ejecución de la vida y en el ejercicio de opinar públicamente, la honestidad me acompaña; más bien, me hago acompañar de ella. Desde 1997 he escrito en periódicos y diarios del estado, procurando tener conocimiento del tema en cuestión, servirme del análisis y la reflexión antes de emitir un juicio, con todas las pasiones que suelen involucrarse cuando uno se compromete con lo que opina. Y siendo crítico con lo que suelo observar y comentar, aun conmigo mismo, a riesgo de parecer intolerante y cuidando de no serlo. No me mueve a halago la sinvergüenzada sino a cólera y crítica, sea en el terreno de la política, sea en el del arte o sea en el de la cultura —mis asuntos favoritos; o, más bien, de los que apenas conozco algo digno de escribirse y hacerse público—. Defiendo mis convicciones siendo congruente, consistente y persistente: tengo principios y a ellos me acojo. “Amigo mío —le digo a mi risueño interlocutor—, mi papel como opinante profesional sería incongruente si no hubiera coherencia entre lo que digo y lo que hago; o si hoy apoyara una causa y mañana la denostara, movido no por el ejemplo del sabio que cambia una idea por otra cuando la descubre insana, sino motivado por intereses viles y mezquinos como el dinero y el poder, o buscando la adulación y el consentimiento de los poderosos”. Recuerdo ahora unos versos que coronan un poema y un libro: Ni madres/ ni por el amor de Dios/ ni vuelto a parir/ sería otro.
Existe constancia escrita de mis disputas con los administradores de la cultura en el estado por sus conductas públicas inmorales y sus decisiones amañadas y con mala intención. Por ahí anda el asunto del Museo de las Culturas Afromestizas en prenda. En el mismo asunto se inscriben mis opiniones sobre el actuar de presidentes municipales, diputados y demás políticos locales; las cuales, con un poquito de paciencia, se pueden rastrear en los medios impresos y cotejarse: en todos los casos mencionados se puede corroborar lo dicho en los párrafos anteriores. En cuanto al arte o las creaciones de los artistas o creadores —como burocráticamente se les llama— vivos y fallecidos, premiados y sin premio, mis críticas sobre sus trabajos y opiniones están alentadas por el mismo espíritu y por un proceder semejante, y han circulado con profusa suficiencia, causando en ocasiones pleitos innecesarios y rencores flatulentos —porque no pretenden dar mal fama al prestigio o halagar vanidad alguna sino exigir compromiso con el trabajo y corresponsabilidad con el lector—. Lo mínimo exigible; ni menos y sí más. Rememora en este punto el mi amigo y compañero en cervecear, la ocasión en que, a su decir, me correspondió enseñarles a algunos ometepecenses la poesía, no los poemitas, de Juan García Jiménez —a quien mucho mencionan, y a quien mucho deshonran al desconocerlo, con todo y los homenajes consumados cada año—; en aquella ocasión, recuerda ensornecido, cómo me atreví a beber frente al auditorio y a llamar —sin nombrar la palabra— alcohólico al poeta, en celebración oficial. Y ríe, gustoso y complacido, mi amigo.
Sin embargo su curiosidad se convierte en intriga, en maniobra, en maquinación contra mi filiación partidista. Insiste en que no debo pertenecer a partido alguno si soy alguien que opina en los medios, si soy un individuo que hace periodismo. Y diserta y ensarta razones y sinrazones de todo tipo y catadura. Un tanto exaltado ya con su propio discurso y —sospecho, ironía en la sonrisa— por acción y efecto del olor de la cerveza cuando la lleva a los labios para refrescarlos y dar combustible a la lengua suelta. Al final del párrafo aparece el piojo que el peine andaba cazando, las palabras que dan sentido a la intriga, enfilada a la descalificación de mis opiniones por mi mácula partidista: “Eres antiaguirrista”. “¡Demonios! ¿Qué es eso de antiaguirrismo? ¿Es que acaso hay aguirrismo? Y en caso que lo hubiera, ¿qué diantres es eso de aguirrismo?”. Y no interrogo yo, sino recurro hasta a las interjecciones de Jaime Ignacio, indignado por el asunto y la acusación en fecha distinta, pero cuyas preguntas, ad hoc, recupero.
Es curioso que varios ometepecenses enterados de mis opiniones crean que escribir verdades harto conocidas sobre los desvíos de recursos, el dispendio, la corrupción, la delincuencia, el nepotismo y otros vicios estimulados y protegidos por Ángel Heladio Layo Aguirre Rivero, gobernador de segunda del estado, y sus caciques y cómplices, sean síntomas de una fobia o impliquen aversión a persona alguna sólo por apellidarse de talque o cualque modo. En mi descargo abono un dato: recién conocí a una ometepecense inteligente, festiva y valerosa, con quien conviví en armonía y de consuno. Apellidada Aguirre, of cursemente. Mis opiniones públicas han estado referidas a conductas públicas —sin importarme, y a sabiendas, que Layo se comporta en privado como un déspota—, cuyas consecuencias atañen, casi siempre para mal, a la población de la Costa Chica. ¿O alguien va a defender el papel que le ha asignado a Delfino en cuestión de educación, vía el control de las plazas de maestros y demás personal de las escuelas? Sería alentador saber que vaqueros suyos se titulen de maestro, excepto porque sus nombramientos no los avala institución educativa alguna, sino el poder de su firma y la vigilancia de su cacicazgo. ¿O alguien va a defender el papel de testaferros que desempeñan los presidentes de Cuajinicuilapa y de Ometepec, por ejemplo, quienes, entre otras lindezas, se encargan de pagar, con el de suyo ajeno dinero del erario municipal de cada uno, el personal y los gastos de los ranchos de Mateo y del propio Ángel? Y para acabar de mirar las chanderas que se ejecutan desde los cargos públicos y con recursos del mismo origen, metamos en la plática a Constantino García Cisneros (a) El Amigo Tino, (a) Tino Bandeja, (a) Tino Coca-cola, diputado local por el PRI, compinche y feligrés de Layo en la consumación de fechorías electorales y otras lindezas como los vicios enunciados al principio del párrafo, sobre todo ahora que recorren juntos estos rumbos con la intención de centavear a todo el que se deje; de regalar planchas, refrigeradores, licuadoras, palas, etcétera; prometiendo hasta las perlas de la Virgen de la Corrupción con tal de ganar votos y adeptos para el pobre de Astudillo.
¿No debiera uno indignarse?, pregunto. ¿No debiera uno organizarse para cambiar el estado de cosas? ¿O debo esconder mi filiación política para parecer imparcial y objetivo, mientras la realidad —la gran hija de la chingada— impone sus reales y enreda en la miseria, la drogadicción, la delincuencia, la ignorancia y la corrupción a los costachiquenses, ayudada por esos políticos voraces e inhumanos? Sí, le digo a mi amigo, participo en la campaña de Zeferino porque creo, como siempre he creído, que todos los hombres merecemos trato de humanos; y si tenemos una opción correcta, moral e inteligente, esa la representa ahora Zeferino. Zeferino y nosotros, y todos los guerrerenses, porque no sólo el que gobierna tiene derechos y responsabilidades; porque la estatura de ciudadano se adquiere por acción y no se recibe al nacer. De ciudadano y de persona, de humano. Incongruencia sería que yo fuera perredista y llevara pegado el logotipo del PRI en mi bolsa, para no arriesgar el chayo o el contrato con el Ayuntamiento o la chamba. Incongruente y jambado, cual político de oportunidad o empleado de alguno de ellos.
El ciervo es un estado interior,/ y tu vida se va/ sin haberla vivido,/ se va como vino: sin mácula.
¿Cuándo será posible tamaña proeza?, ¿en qué tiempo..?
Gonzalo Santelices