PENSAR LA MEMORIA
El burro mata’o solito se apandea
Refrán
La memoria no recuerda el miedo. Se ha transformado en miedo ella misma
Augusto Roa Bastos
ES VERDAD DIFUNDIDA y muy conocida -no por ello menos falsa e inconsistente- que los negros africanos llegaron a la Costa Chica cuando encalló el barco en el que viajaban, como esclavos, por las poco navegables costas de la Mar del Sur; para probarlo se aducen los restos del barco, que todavía pueden verse desde la tierra (huesos de algún animal confundido, ensimismado en su placer, olvidado de su ruta, sorprendido por la catástrofe). Y hay las anécdotas sobre el caso: el cura que maldijo al buque por distraer a los feligreses de la ceremonia misal, causando -por delegación del poder y la justicia divinos- el naufragio; el negro que, al bañarse en la playa, se encuentra con la bacinica y cree haber encontrado la taza ideal para el cajué (café). El hundimiento del barco viajero es reciente, se puede datar a mediados del siglo pasado. Platicando sobre el asunto con algunos sannicolareños, les argumento que los negros esclavos viajaban apretujados y engrilletados en los sótanos de los barcos, y que, en caso de naufragio, los primeros en perecer eran ellos; es decir, cuestiono por falsa su explicación de la presencia de los negros en la Costa Chica. Y para acabar de escandalizarlos les digo que el territorio en donde viven era de los indios que ellos tienen ahora como peones y se llamaba Coyotepec o Cuyotepec. Casi se encabronan conmigo por desacralizar a San Nicolás de Tolentino (¡¿Qué?! ¿Y la fiesta de septiembre? ¡‘taj loco!). Arremeten contra los indios, reduciéndolos a condición de res. Contraataco comparando a los negros costeños radicados en El Norte (Estados Unidos) con los indios respecto al aprendizaje del idioma extraño por extranjero (los indios muchas veces son bilingües, los negros lo son difícilmente). Como ahora sí los veo molestos y molestados, les invito unas cervecitas bien frías y todo armoniza.
El asunto es espinoso. Ahora se acepta que los negros vinieron de otros lugares. Antes eso era imposible: los negros eran tan o más mexicanos que los indios (curiosamente, éstos se consideran mixtecos, amusgos, zapotecos, etc., menos mexicanos), y hace treinta y tantos años, cuando se veían negros en la televisión (aquellos que acompañaban al salvaje civilizado llamado Tarzán) se explicaba que eran cubanos. Ni idea se tenía de la existencia de África. Luego, un amigo reclama que la educación nos ha engañado pues los maestros nos han hecho creer que somos mexicanos y nos han inculcado que México es un país de indios (todos somos indios), ignorando que somos negros, omitiendo que África existe, ajustando su enseñanza a los planes y programas diseñados en el centro obedeciendo la idea de ser y hacer una nación. Un crimen más cometido en nombre del progreso. No es gratuito que podamos desquerernos por ser negros y pretender olvidar lo que hemos sido para modificar lo que somos.
Los negros de la Costa Chica no tienen memoria colectiva. Los siglos de prohibición y de maltrato y vejaciones, de violencia y muerte sobre sus cabezas los han obligado a negarse. Lo triste es que el color ni los rasgos físicos ni espirituales pueden someterse a nada. Lo lamentable es que, actualmente, creamos que lo mejor para adaptarse a la vida nacional sea casarse con blancos para mejorar la raza y adoptar las costumbres del resto del país de modo acrítico y servil.
A mi amigo, el inconforme de su condición de negro –él sí parece negro africano legítimo-, le decía que debemos aprender a conocernos, a mirarnos como somos y a querernos por ser así. También a decirles a otros que los negros son tan valiosos o deleznables del mismo modo en que lo son los demás hombres: orgullosos de las cualidades y avergonzados por los vicios y fallas. Comenzar por tocarse los labios gruesos, el pelo cuculuste; por mirarse la piel negra; entender el pulso de la piel ante la música, la velocidad del músculo ante la acción, la hermosura del sentimiento ante el amor. Reconstruir la memoria desde lo íntimo. Recuperar la memoria. Volver a tener memoria. Así de simple.