ENRIQUE AÑORVE DÍAZ EN TIEMPOS DE CAMPAÑA ELECTORAL
Vueltas que da la vida, tan torcida que suele serle a los hombres, a los que tuerce; aunque muchos la retuerzan, como se le ha de torcer al ganso el gaznate. Capaz que si Enrique Añorve viviera / a Rubén –el Figueroa– / no recibiera. Juego a versificar, a ver si aprendo a mirar los juegos per-versos de la historia o, más bien, de los hombres protagonistas sociales, pastores de otros hombres, caudillos.
De lejos tierras Rubén Figueroa ha venido, a respaldar la campaña del su candidato a diputado federal por Abasolo. Espaldarazo que no faltaba, se sospecha. Mas lo que no mata, engordece. A lejos tierras fue don Enrique, hasta la alta montaña tlapaneca, a matar zapatistas por órdenes de otro Figueroa, uno su contemporáneo, apelativado Ambrosio. Y más hizo don Enrique.
Adelantados los Figueroa. Los primeros que don Enrique en recibir armas para la rebelión maderista: “Octavio Bertrand había llevado 50 carabinas con 100 cartuchos cada una, en el tren de Iguala. Matías Chávez las recibió, las entregó a los Figueroa en Huitzuco y éstos las escondieron en el rancho de uno de ellos”, dice Renato Ravelo. Francisco Vázquez Añorve es más prolijo al describir la espera de Añorve Díaz, y algunos de sus cómplices, en las playas de La Escondida o sea Punta Maldonado o sea El Faro: "Un día tranquilo de invierno, por el mes de febrero, por la tarde apareció un barco sin bandera, el que se detuvo más allá de las reventazones, mar afuera, y llegada la noche silbó tres veces como si pretendiera comunicarse por señas y contraseñas con la costa, pero de la playa no contestaron los silbatos convenidos, como debía hacerse, por medio de lanzamientos de cohetes. No obstante, el barco permaneció toda esa noche y el día siguiente, y aunque de la orilla del mar los revolucionarios le hacían señales con trapos prendidos en las puntas de garrocha y palos largos, como no eran las señales convenidas, el barco nuevamente se hizo a la mar. El señor Enrique Añorve estaba anticipado de la llegada del barco y de la contraseña acordada para que pudieran desembarcar lanchas o botes con el parque y armamentos que deberían entregarse a los costeños, pero no pudo hacer uso de esas señales porque las personas a quienes mandó a Ometepec para comprar los cohetes y cohetones que deberían lanzarse en contestación de los silbatazos del barco, no regresaron jamás".
La rebelión en Huitzuco, la figueroana, ocurrió el 28 de febrero de 1911. En Ometepec, a las cinco y media de la mañana del 17 de abril del mismo año, los huehuetecos e igualapanecos comenzaron la refriega; don Enrique llegaría en la tarde, luego de pasados los chingadazos, a medio poner orden. En ganarse la confianza del Apóstol Francisco I. Madero también los Figueroa se impusieron. Y resultaron oportunísticamente recompensados –eso hasta el candidato ometepecano a diputado federal lo sabe y lo siente–; en tanto que el héroe abasoleño fue sujeto a las órdenes de aquellos y, al final, despreciado. Luego de los sucesos del asedio a Acapulco y el pleito con los mariscalistas, a fines de julio los soldados añorvistas regresaron a Ometepec, hasta donde llegaron los comisionados del gobierno a licenciarlos, quedando bajo el mando del general Añorve Díaz apenas doscientos hombres. El general Ambrosio Figueroa retuvo bajo su mando todas las fuerzas armadas del Distrito de Hidalgo. “Esto disgustó al señor Añorve Díaz, como debe suponerse, ya que el general Ambrosio Figueroa no había tenido en estima sus servicios, prestados a la Revolución”, supone, y supone bien y nos informa de ello Epigmenio López Barroso. En este momento, el general Añorve Díaz buscará el apoyo moral de aquel; mas la comisión que envía para bienquistárselo nada logra; era el 2 de agosto. Nicolás Vázquez, Manuel Centurión, Luis Méndez hijo, Manuel Guillén Polanco, Antonio Lanche e Isaías Vázquez continuaría su viaje hasta la capital del país, buscando entrevistarse con el Apóstol de la Democracia, al que no pueden siquiera entrever, menos solicitarle apoyo moral para don Enrique. Y regresan desmoronados espiritualmente.
Hay algo que nadie ha dicho, que tal vez no sea público: ¿Por qué don Enrique accede ir a guerrear con sus costeños a Tlapa? ¡Qué importa que Zapata y sus zapatistas despedazaran a los maderistas que lo habían desdeñado! Don Enrique decide obedecer las órdenes de Ambrosio, que lo odia y le teme (¿qué otro motivo para desarmarlo?): reorganiza a sus costeños y parte hacia Tlapa para pelear de tú a tú con Zapata. 13 de septiembre. Logra alguna victoria; palabrean, a través de otros, y lo convence para que abandone el estado de Guerrero. ¿Qué argumento o razones argumentó? Nadie lo sabe, todos especulan. Dicen que El Atila del Sur, antes de irse, le dijo o le mandó a decir que no les hiciera caso a esos cabrones, que eran unos ingratos. Tan valientes que se habían portado los abasolenses que hasta los chulearon las tlapanecas, y ellos juraron morir o matar pero no rajarse. Hasta que los llamaron a Chilpancingo para licenciarlos, a cuenta de Ambrosio. “Ya en Chilpancingo, Figueroa determinó el inmediato licenciamiento de esa tropa y se procedió a ello. Cuando hacíase el recuento de los armados, los encargados de dicha labor proporcionaban $ 500.00 al teniente coronel Pantaleón Añorve y éste se negó a recibirlos en atención a que su hermano, don Enrique, sumamente indignado, le indicó no aceptar tal dádiva, porque ellos no eran desagraciados”, escribe José Manuel López Victoria. ¿Recordó, tal vez, las palabras del amigo Zapata el general en desgracia?
Don Enrique moriría en diciembre, el 30, en Puebla. Es ficción lo que comparo. No ha asistido a acto político alguno en estos días. Su quehacer político es pasado, historia. “De todo esto, Sr., no me preocupo, pues ha estado en mi conciencia el haber sido siempre fiel y haber cumplido con mi deber. Una vez que mis escasos méritos no tuvieron la suerte de contribuir a ayudar eficazmente a la labor de Ud., quedo conforme y me retiro a vivir de mi trabajo a Ometepec, protestándole que si me necesitara alguna otra vez para ayudarle me tendrá a sus órdenes como siempre se lo he demostrado”, escribe al presidente Madero, 12 días antes de morir. Quedará con nosotros el recuerdo de la matanza de igualapanecos que ordenó. Eso permite compararlo con Figueroa, el que vino a ofrecer apoyo al candidato ometepecense, el que gobernaba y no supo que los ejecutaban en Aguas Blancas. Aunque don Enrique sí reconoció haber ordenado la ejecución. De seguro que si el general hubiera estado en el cierre de campaña y lo mira, ni agua le hubiera ofrecido.