SANTIAGO, ¿DE MATAMOROS A APÓSTOL?
El del señor Santiago Apóstol, Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo y Salomé, hermano de san Juan Evangelista y, como él, discípulo de Cristo, es un caso maravilloso en extremo: de ser compañero espiritual del hijo de Dios se convierte en el Mata-moros, uno de los santos predilectos para encabezar los ejércitos de España en su lucha contra los musulmanes. En suma, Santiago pasa de predicar el “amar al prójimo como a uno mismo” para transformarse en asesinador de enemigos religiosos. Conviene recordar que ambos apóstoles recibieron de Cristo el apelativo Boanerges, hijos del trueno, por su impetuosidad.
Alrededor de 812 y 814, en la España de la alta edad media, en la localidad de Iria Flavia (hoy Padrón), fue encontrado un cuerpo al que el Obispo Teodomiro identificó con el del Apóstol Santiago, muerto entre los años 42 y 44, luego del martirio sufrido por orden de Herodes Agripa, rey de Judea. Ese lugar comenzó a llamarse Campo de la estrella, Campus Stellae, es decir, Compostela. Desde entonces, en la Hispania medieval comenzó a rendirse culto a Santiago y, como a otros santos cristianos, invocársele antes de entrar en batalla, invistiéndolo dee una imagen militar, siendo apodado como bonum militem, equitem, strenuissinum militen o, de plano, cavallero y cavallero de Jhesucristo. En caballo blanco, blanquísimo, batalla ahora Santigo, jinete y guerrero, caballero armado con armas quales non vío nunqa omne mortal, como cauallero muy bien guarnido de todas armas claras e fermosas. Y una [en]seña blanca en la mano siniestra e una cruz bermeja en ella, e en la diestra una espada que parecía fuego. A Dios, a la Virgen y a Santiago se invocaba antes de los combates. E interviene personalmente Santiago, y decide las batallas a favor de los cristianos.
La tradición que hace militar a Santiago no se funda en los Evangelios, desdice su condición de apóstol, de compañero de Cristo Jesús. Según Nicasio Salvador Miguel, –a quien hemos seguido en su argumentación–: cabe asegurar que la figura de Santiago como soldado belicoso no parece que sea anterior a finales del siglo XI o comienzos del XII; más en concreto, no se documenta hasta el relato que la Chronica Silensis incluye sobre la toma de Coimbra en 1064, donde se narra la incredulidad de un peregrino griego cuando escucha hablar del apóstol como un guerrero a caballo, por lo que su nacimiento hay que situarlo entre esa data y la fecha de escritura de la Silensis, que, según se reflejó antes, oscila, según los críticos, entre la segunda y la cuarta década del siglo XII. Es decir: tuvieron que pasar varios siglos, casi diez, para que operara la transformación del apóstol en guerrero, en Matamoros, de apóstol a miles Christi, concepto éste que, según San Agustín, convierte a cualquier cristiano en combatiente contra los enemigos del cristianismo y de la iglesia, sobre todo los infieles. Es seguro que, por esas fechas, tal transformación de humanista en hombre de armas, tuviera resistencias en la mentalidad de la época y no fuera aceptada fácilmente. En la actualidad, el apóstol ha dejado paso al guerrero.
La dicotomía, y contradicción, se observa también en los dos modos cómo se le representa actualmente: con las vestiduras de un peregrino, apoyado en un bastón, cargando un zurrón y llevando un sombrero de ala ancha tocado por una conchilla de venera boca abajo; o como jinete de un caballo blanco, portando una espada y con la cruz de Santiago, encima de cadáveres de moros muertos y desechos de batalla. En esta última personificación, la más usual, no pone Santiago la otra mejilla si le golpean la una, en concordancia con las enseñanzas del maestro Jhesucristo.
Para Higinio Martínez Estévez, la causa final [del mito que convierte a Santiago el Apóstol en Matamoros] es obviamente la voluntad de reconquista, de expulsión del Islam. El fin intrínseco sería consolidar a Occidente, y el fin extrínseco expulsar a los que lo impedían. Todo lo cual se plasma en la anti-Meca que de hecho Santiago de Compostela en efecto fue. Justifica, de este modo, la transformación de hombre amoroso, humanista, cristiano, a guerrero, intolerante, exterminador de los distintos. Acaso la explicación acertada la tenga Nicasio Salvador Miguel, cuando afirma que al fin y al cabo, pese a las reservas y enseñanzas de la Iglesia, cristianismo y guerra, Iglesia y guerreros, lejos de ser antitéticos, hacían una buena pareja, vivían en estado de constante simbiosis y se aprovechaban de su mutuo apoyo. No es casual que el culto a Santiago en América lo haya introducido otro guerrero, exterminador de no cristianos, Hernando de Cortés, conquistador a espada y cruz de tierras y hombres.
La presencia de Santiago Apóstol en la cultura –y no sólo en la religiosidad– costeña es inconmesurable, y obliga a conocer sus vericuetos en el afán de acercarse a una visión realista del ser costeño. Solamente en el aspecto económico, los gastos en torno a las festividades del señor Santiago son enormes y han ido creciendo a medida que los años transcurren y que la fachosidad y la pasión por presumir –que algunos atribuyen a la intención de perdurar–, la competencia para ubicarse en un status social alto, etc., se exacerban. Por otro lado, el fasto conlleva colorido, misas, cohetes, música, comida, bebida, juegos, danzas, vestuarios, bestias de montar embellecidas, apogeo y lucimiento de la belleza femenina y otras conductas no tan loables –borracheras, crudas, pleitos, deudas, excesos de vanidad, derroche y desperdicio, paganismo, sobre todo porque el culto a Santiago pertenece a una religión predicadora de lo contrario–. Y no sé ve cómo esta transformación pueda revertirse, y el guerrero se convierta en apóstol; es decir, un viaje de la opulencia a la austeridad, de la violencia al pacifismo, de la intolerancia a la tolerancia, de la locura a la cordura, pues, a fin de cuentas, hasta los distintos son hijos de Dios y parientes de Santiago. ¡Qué maravillosidad digna de verse habría de ser!