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SUSPIRO CON TIRANÍA (parte segunda)

El orgullo

Ligado al gusto, el orgullo es su consecuencia inmediata, condensa la satisfacción que proporciona, y coloca al individuo o la individua en una posición moral invulnerable puesto que se hizo lo deseado y se asumieron las consecuencias por ello. "Yo soy la hija de Adán,/ la que nació por entojo[1]./ Quisieron formarme un plan/ pero se picaron ‘l’ojo./ Como soy de Huehuetán/ no sudo ni me acongojo." “No sudo ni me acongojo”, decía doña Amada Chegüe, y en esa línea podemos ver el cuerpo del orgullo. Aunque más parece hija de Zeus Tronante, la protagonista de la copla hace su gusto desde antes de existir: nació por decisión y antojo propio; y los enemigos no la vulneran, ante ella se pican el ojo. "Subí a la punta del palo/ a divisar pa’l rincón./ Mi negrito es muy bonito/ como una flor de algodón,/ yo no dejo de quererlo/ hasta botarlo al panteón:/ primero le echo la tierra,/ luego le pido perdón." En los terrenos del amor ocurre lo mismo: aunque la amada diga amar a su negrito muy bonito por toda la vida, no está dispuesta a sojuzgarse, a pedirle perdón (el motivo poco importa), excepto ante su muerte. El orgullo, esa independencia moral, lleva a la coplera a rendir cuentas sólo a sí misma y, en caso extremo, a su amado muerto, es decir, a la muerte. Es curiosa la comparación/contraposición que ella hace entre su amado y la flor de algodón: dicotomía: blanco/negro; similitud: negro amado = flor preciosa (y preciada, si tomamos en cuenta que hasta principios del siglo XX la Costa Chica fue zona algodonera). Pero el orgullo también puede pasar al desprecio del otro, del ajeno, y ser hostil: "¡Quítate de aquí pelón,/ repelón de mis quintales!/ Ya no cortan tus tijeras/ ni arrempujan tus dedales./ Valerás para quién quieras,/ pero para mí no vales." “Es que me andaba chinga y chinga, puro detrás de mí”, dice Mamatancha para contextualizar la copla que endilgó a un comaltepeco que la acosaba; desde entonces, dice, dejó de pretenderla. Ser “podedor” o “podedora” es la condición de él o ella que actúan con orgullo y se jactan de su conducta. "Me quisiste, yo te quise./ Me olvidaste, te olvidé./ Buscaste nuevos amores/ y yo sin buscar hallé." Y lo que en los dos primeros versos de doña Cata parece igualdad entre los amantes desamados, se convierte, al final en jactancia de ella: “Yo no busco, yo encuentro”, podría leerse; “Yo no ando necesitada, yo no me rebajo”, podría decir. Y esta actitud puede llevarse al extremo, a burlarse del contrario (en este caso, amoroso): "Sobre la mesa te puse/ tiras de papel ardiendo./ No porque me río contigo/ pienses que te estoy queriendo;/ ya mi modito es así:/ es burla que te ando haciendo." “Ya mi modito es así”, dice Mamatancha, es su personalidad y no piensa ni desea cambiarla. O como decía doña Amada: "Yo soy La Chegüe chiquita,/ te lo digo en realidad,/ que cuando otra cuelga el pico/ La Chegüe riéndose va."

La insolencia

Y del orgullo a la insolencia hay un paso. La insolencia, consciente e inconsciente. "Válgame, Dios de los cielos,/ ¡qué mala fortuna tengo!/ Unas agradan al mundo,/ y yo con mirar ofendo." Donde no puede uno dejar de percibir la doblez de tía Nina cuando aparenta quejarse o dolerse por su mala fortuna: al contrario, en ese verso se descubre una actitud maliciosa y retadora. Y la mirada ofendedora tiene que ver con la insolencia: la vista que se impone ante los otros, característica de gente con la sombra pesada; aunque, si nos atuviéramos a que es tía Nina quien lo dice, el mensaje de la copla tendría más fuerza si tomamos en cuenta que era tono de alagarto. Pero el mensaje puede ser más directo: "Yo tengo unas estijeras/ que llegan la punta al mar,/ no cortan ni tienen filo/ pero chingan al pasar." Saber que las tijeras no tienen filo para cortar, pensar que aún así chingan y dañan,  imaginar la circunstancia en que fueran afiladas y cortaran... Doña Cata no se mide, dirán. Pero es de todos conocido, cuando menos en la Costa Chica, que la insolencia de las negras (no sólo de color de piel) no respeta ni a los hombres fuertes y de acero: "Ya la lumbre se apagó/ y un tizón se quedó ardiendo./ Alza la cara, cabrón,/ que a ti te lo estoy diciendo." Y esa furia insolente tal vez apenas la apague la ternura amorosa del cabrón entre piernas de ella –y más si sigue los consejos amatorios de Abelardo Marín (a) El Disfrutoso– y encienda la brasita y hagan lumbre en cantidad para consumirse. Porque entre mujeres la insolencia puede llevar al pleito sin descanso, a la enemistad que se termina cuando se aniquila a la contraria: "‘garré el arroyo pa’rriba,/ rompí cien hilas de alambre./ Hay cuchillos que degüellan/ y perros que lamben sangre./ La que no me pueda ver,/ conmigo se quita el hambre."

La insolencia es sangrienta. Lo hermoso de esta copla, además, son las reminiscencias, las imágenes que se ligan a otras distantes: Lorca, el Cancerbero lamiendo la ofrenda sanguínea de Ulises. El reto no es para ciega sino para caníbal. Porque la retadora nunca se dobla, mejor se quiebra y no recula:"Dicen que Calleja ha sido/ causa de toda la acción./ Calleja nunca se espanta/ ni se tienta el corazón." O como decía Mamatancha: "A mí no me espantan gatos/ ni me acobardan ratones./ Yo saco de la olla y como,/ y dejo pa’ los mirones." Las copleras no son insolentes perpetuas; asumen esa actitud en situaciones donde esté en juego su integridad física y moral. Aunque Mamatancha decía que ella era muy mala, que a otras más grandes había desgreñado. A fin de cuentas, lo que pretenden los insolentes es vivir en paz, vivir bien y tranquilos, siempre y cuando no sean molestados; y a veces, a pesar de eso o porque las acciones de los otros no deben hacer mella en su carácter: "Ya las tejas se cayeron,/ ya se están apulillando./ Muy bien sé que no me quieres/ porque tu gente anda hablando./ Que te busquen la que quieren/ y a mí no me estén chingando."

Lo igualado

La aspiración final es no ser menos, es estar al mismo nivel que cualquiera, es rebelarse ante el sojuzgamiento e igualarse ante el otro. "Al pasar por una huerta/ me corté la mejor caña./ No soy blanca ni bonita,/ soy como rosa de España,/ mi color es trigueñito/ pero sin ninguna maña." En esta copla, la protagonista, la de color socialmente disminuido, se compara con una blanca y bonita, y sin tener estos atributos que denotan superioridad, puede compararse puesto que su condición moral (no tener maña alguna) le permite igualarse. Doña Berta dice una copla donde esta actitud se muestra: "Cupido me dio un cuaderno/ para que yo lo estudiara./ Yo no quiero ser querida/ ni tampoco despreciada:/ si hemos de ser, por igual,/ y si no que no haya nada." Referida a la relación amorosa, la actitud, el igualamiento está expresado con claridad y de un modo directo: como iguales, en equilibrio, con equitatividad o nada. No se hacen concesiones, con la dignidad no se transige. La independencia, la igualdad, condición de quien se precie de humano. A fin de cuentas, lo que se ha perseguido con la rebelión, con el cimarronaje no es más que esa condición, la de humano, en toda la extensión del concepto. "Yo soy como el máiz frondoso/ despuntado de la guía./ Como no soy cauteloso/ suspiro con tiranía." Maíz frondoso, despuntado de la guía para mejor frondecerse: plenitud en crecimiento. Estar sometido a la tiranía propia, sin falsedades, con sinceridad, sin cautela para ser de sí mismo. Es curioso: esta copla la verseaba doña Amada Chegüe en masculino, tal vez para no perder la imagen del maíz, tan ligado a la vida nuestra. Pero la tiranía es femenino.

LA OTRA CARA

En complemento con estos valores se encuentra la amistad, la solidaridad, la ternura, la generosidad. Valores que permiten tener una visión más completa de los afromexicanos que, como cualquier otra etnia, aspiran a cantar y sufrir, a beber y trabajar, a rezar y comer, a creer y hablar, a entender el mundo y habitarlo, a morir y vivir como personas, tan inteligentes o no como cualquier otro individuo de cualquier latitud. Estos rastros, estas huellas de la resistencia contra la opresión, contra la violencia, contra la crueldad, contra el crimen, nos permiten volver la vista hacia el origen, hacia otras tierras, y devolvernos nuestra imagen enriquecida y enraizada para que mejor nos humanice. Lo precioso es que nuestras mujeres guarden y administren los misterios de esas huellas ancestras y nos las den tan nuevas, tan originales, rebeldes ante estos tiempos de publicidad excesiva y de información vacía, ante esta modernidad que no termina de terminar sin dejar de explicarse por su origen tan antiguo, ante este mercado que planea borrar nuestra identidad; y, a partir de reconocerlas, poder exclamar, con boca de doña Berta: Con otras habrás jugado/ pero conmigo te espinas.

Para la Chaneca (que debe existir sospecho)

[1] Entojo: antojo.

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