ENCUENTRO DE PUEBLOS NEGROS: SOY NEGRO CHIRIQUICUANDO
NO SOMOS NEGROS. Ni los pueblos se encuentran.
De la primera falacia por desmitificar: Ya no somos negros, ni debemos ser objetos de folclore; insistir en ello es reflexionar torcido: no podemos, de ese modo, cuestionar, definir y asumir nuestra identidad. Tal vez seamos mulatos, moriscos, albinos, torna atrás, lobos, zambaigos, cambujos, albarazados, barcinos, coyotes, chamisos, coyotes mestizos, ahí te estás, tente en el aire, barnocinos, chinos, gibaros, calpa mulatos, no te entiendo, etc. Saberlo con precisión y para cada caso individual sería como buscar una espina en un zacatal en llamas y encontrarla. El término de afromestizos se se acerca más a nuestra condición porque engloba, en sentido originario, las tres presencias raciales en nuestra sangre y en nuestra cultura; sin embargo es un término tendencioso porque cualquier africano afrodescendiente de cualquier parte del mundo es afromestizo. Apenas estamos aprendiendo que existe África y no tenemos necesidad ni pretensión de hacer de él nuestro hogar. En los Estados Unidos de Norteamérica se dieron movimientos de regreso hacia la sagrada tierra de la Mama África; sin embargo, fueron movimientos de retorno hacia un pasado idílico e inexistente y, por tanto, imposible. Con el bagaje de la cultura anglosajona se pretendió instaurar, con más inocencia y júbilo que pragmatismo y honestidad, el paraíso de la tierra de la justicia, la hermandad... Y fracasaron. Nosotros somos afromexicanos, de la Costa Chica, y nos asumimos como dueños de la tierra en que trabajamos, amamos, sufrimos, gozamos y morimos. Somos producto de un intenso mestizaje cultural de siglos en el que se ha ido definiendo nuestro rostro, que tiene tanto de indio como de español y de africano.
Si bien es cierto que la aportación africana a la cultura nacional no ha sido lo suficientemente reconocida, sí existe y permanece: en las investigaciones sobre música y danza en nuestro país, sobre todo, hay un reconocimiento explícito de ella; en los textos de historia apenas se menciona. En el jarabe —son, chilena, huapango, etc.—, como quiere Thomas Standford, la presencia y aportación musical de los negros africanos es innegable. La arrechura de los bailes y las danzas populares —manoseos, meneos, voceos, zapateados, gestos, galanteos, etc.— tiene que ver directamente con los africanos. En el arte verbal de las coplas, la presencia del griot africano es importante —ahí está el negrito poeta, que ya nada dice porque lo que dijo lo dijo de excelente modo; de igual forma en el corrido. La presencia de los negros en los comienzos de la tradición libertaria del país tiene como campeón la figura de El Yanga —fundador del primer pueblo libre de América— y se puede rastrear en las matanzas de negros de 1537, 1606 y 1612; además de la presencia de los regimientos de pardos y mulatos en las guerras civiles nacionales, a favor de los liberales, la república y el zapatismo. En lo relativo a la trayectoria económica del país, los negros aportaron su fuerza y su sangre para enriquecer, obligados por la fuerza, a otros: el argumento es de Aguirre Beltrán y es inconmovible: En cualquier parte donde hubo actividad económica, hubo negros. Su presencia en el poblamiento del país, su aportación erótica es evidente e importante —baste con decir que a los negros y a las negras se les llegó hasta a utilizar como sementales o pies de cría—. Queda por indagar a profundidad sobre la presencia de los negros en la medicina tradicional, en la comida, en la hechicería y las artes adivinatorias, etc. A pesar de todo ello, los pueblos costeños que conservan evidentes rasgos físicos africanos sólo aparecen ante sí mismos y ante frasteros[1] como objetos de un folclore arcaico aunque colorido —y baste para probarlo la multirecitada “poesía” del negro chiriquicuando que, dicho sea de paso, ensarta una sarta de palabras pretendidamente costeñas para autodenigrarse (y digo autodenigrarse, es decir, convertirse en negro a uno mismo con la más mala leche del mundo) —. Pero así es la ignorancia de uno mismo. Los negros son flojos, ignorantes y malos, se dice. Como insistir en que somos pueblos negros; como ponernos la máscara de lo que suponemos debe ser nuestro rostro, o el rostro que los demás, los extraños, los frasteros, esperan ver en lugar de nuestro rostro verdadero.
Segunda falacia: El encuentro. Los pueblos no son homogéneos: ni aunque aceptásemos que San Nicolás es más negro que El Cerro de las Tablas o el Pitahayo, podríamos conceder que en San Nicolás todos son negros. Lo terrible es saber que nuestros pueblos no se encuentran sino que se separan: Juchitán con Huehuetán/ andan peleando terrenos; San Nicolás y Cuaji disputan la primacía histórica, cultural, económica y política del municipio; entre los mismos barrios de Cuaji peleamos por creernos superiores a los otros; y en los barrios, las familias mismas pleitean. Menos en un encuentro de pueblos negros, donde se encuentran los frasteros y los costeños ladinos —y me refiero a los que tenemos una formación académica y participamos de una visión intelectual del asunto—. Si los verdaderos “pueblos negros” se comunican no es en las mesas de análisis y reflexión sino en las mesas donde se preparan, aderezan y cocinan los alimentos o en la mesa donde se come, es decir al margen del 3er encuentro. Por ello resulta tan idílico como un retorno a la Mama África, y artificial.
Si comenzáramos derribando estas dos falsas verdades, tal vez podríamos aspirar a dar impulso a la organización progresiva y articulada; lograr la implementación de proyectos productivos; otorgar apoyo a la educación formal y popular, que incluya la investigación y difusión de la historia de los pueblos negros; y, lograr la recuperación de las expresiones artísticas y culturales. Ya lo dijo un viejo maestro, la respuesta está flotando, o como decimos los mexicanos, la moneda está en el aire, ojalá y no por mucho tiempo.
[1] Frastero: forastero; extraño.