TODOS SOMOS INDITOS
(Cuando menos estos días)
Hijos míos,
amaos los unos a los otros.
En las fechas aledañas al día doce los negros de Cuajinicuilapa se disfrazan de indios en honor a la virgen morena, la guadalupana, la Virgen de Guadalupe, la madre de todos los mexicanos. No se miran, pienso: vestidos de indios, de guancos, de inditos, esos inditos a quienes desprecian en carne propia, de carne y hueso y sangre, los que sudan como peones chaponando en las siembras, atilincando el alambre, reposteando y componiendo portillos, fumigando el líquido mataplantasmalas, cortando leña, ordeñando, arreando, maneando vacas, cultivando el mango, la papaya, el limón, el coco; o de mozos en las casas y las tiendas, sea en la tortillería, repartiendo las cervezas y las verduras, sea de peones de albañil o de albañiles, o de músicos de viento y tambora y chile frito y todo lo demás; o ellas, las inditas amuzgas, que ni español pueden hablar bien pero son duchas en echar tortillas, en lavar la ropa y las sábanas, en asear la casa y hacer las compras.
Los negros han aprendido a ser mexicanos como Dios manda y sus sacerdotes enseñan: asegún cuenta y miente la historia oficial –que la santa madre iglesia es oficial–. Descendientes más de Cuauhtémoc que de don Hernando, deudos del indio muerto y héroe nacional. En efecto, en este proceso de mestizaje mexicano, los desaparecidos son los negros, los esclavos, los de la herencia africana. De identidad no se carece, se usurpa para mejor vivir o hacer como que se vive: no tenemos memoria ni conciencia étnica de Yanga, de Morelos, de Guerrero, etcétera, y sí de doña Marina y del Águila que desciende, y esa es ahora nuestra identidad, la del indio derrotado, incluido el neo-santificado Juan Diego. En este proceso de sustitución de la identidad, la iglesia tenía sus buenas garantías y el trabajo realizado en catequizar funcionó: los negros bailan en torno a Santiago Apóstol, San Nicolás Tolentino, la Virgen de Guadalupe y otros héroes del santoral católico; bailan disfrazados de apaches, de indios o españoles, de inditos. Ellos mismos no se representan en este tinglado histórico y cultural; prefieren aparecer como otros con tal de no ser negros –¿o será el sereno? –. Paréntesis como abrevadero para la sed de saber y no para el ser sediento de lo que limpie la piel y la aclare: en Ometepec, por ejemplo, quienes bailan los apaches suelen colorearse de negro la piel, como indicando que ese es baile de negros. Y ya de regreso en esta tierra de negros, el baile de los diablos parece contradecir esa necesidad de colorearse el disfraz; los diablos se disfrazan de lo que son: negros paganos que ni a la iglesia van a hipocresiar, ni fingidos vestidos imponerse con tal de ser más mexicanos que los mexicanos originales, o séase que se es, indios, inditos adoradores de Tonantzin.
De calzón y cotón de manta los niños; de huipil las niñas y jóvenes y mujeres. Me aparentizo en otro pariente paréntesis: “cotón”, palabra de etimología sajona, utilizada para nombrar una planta, una fibra natural, una tela y, en este caso, una camisa. “Cotón de indio”, se dice, para mayor abundancia y menor confusión. Y me detengo a consultar el dictionary, y le atina el sapiente: cotton: 1 algodón. 2 (brit.) hilo de algodón. 3 s.pl. prendas de algodón. Retomo el lomo del discurso en curso: El cotón como huella de los cultivos de algodón, los algodonales que antaño se sembraban por estos rumbos de negros, distintos a las plantaciones algodoneras de los que escriben con doble “t” la palabra tal. Los negros de por acá, sembradores de algodón para surtir fábricas de hilados y tejidos en Puebla o embarcados hacia Acapulqo. Los negros de ahora; más bien sus hijos e hijas, sus mujeres estrenando sus cotones y calzones, sus huipiles bordados, para honrar las fiestas de la virgen mexicana.
Demuestra en estas fechas –y en otras del santoral católico– la iglesia oficial su supremacía y permanencia: en el municipio de Cuajinicuilapa se asumen como religiosos diversos individuos evangelistas, protestantes, pentecosales, neopentecostales, de la iglesia de Dios vivo, de la Columna y apoyo a la verdad, de la Luz del mundo, adventistas del séptimo día, testigos de Jehová y de otras filias y fobias que no alcanzo a meter en cintura taxonómica; sin embargo, la multitud que festeja a la virgen de Guadalupe (en este caso) es, de tan grande, apabulladora e intimidante de las minorías. Se reconoce que la iglesia ha trabajado en serio por mantener y aumentar la clientela católica en sus ceremonias y rituales y, tal vez, en la enseñanza de la palabra divina y cristiana –que no es lo mismo, pero andan tan cerca que, muchas veces, se confunden–. Para ello, el clero se ha valido de monjas y se ha creado una red de mujeres y jóvenes catequizadores, difusores de la palabra de la iglesia –entre ellas la cristiana y la divina; aunque para el caso de las simpatías del que escribe, la valiosa es la del héroe de la cruz, y no por la valentía de morir en nombre de todos nosotros, sino por esa máxima que salvaguarda lo humano, la solidaridad: trata al otro como a ti mismo. Sospecha este idealista escribano que si se cumpliese ese principio, los hombres seríamos menos imbéciles, más tolerantes, menos violentos, más hermosos.
En esta labor de proselitismo, se le ha escapado a la iglesia el cimarrón que vive en cada negro, y ha instaurado su palenque en pleno pueblo y no en el monte: el fasto y el derroche de estas fiestas tienen que ver más con la necesidad de hacerse notar, de lucirse, de gozar, de beber, comer y bailar, de presumir, que con cumplir una tradición religiosa. Esa laxitud eclesiástica, que permite el paganismo y lo propicia, se justifica porque se pretende no perder clientes ni almas que bendecir y salvar. ¿Será que el negro es pagano por naturaleza? ¿Será que el paganismo es el status ideal de las almas humanas? ¡Sepa Dios y la Virgen de la Morenidad! El caso es que el negro tira cuetes como para horadar la atmósfera, opacar el cielo y ensordecer a la naturaleza. Hace comida para dar de comer dos veces a todo el que llegue a la fiesta, y se vaya a su casa erutando de lleno y con las manos ocupadas en cargar los tamales, la barbacoa o el mole, sin importar tanta sangre de totoles, gallinas, cuches, borregos, chivos o vacas derramada. Toca y baila con tanta abundancia y arrechura como si celebrara a todas las diosas y los dioses del amor de todos los tiempos, en víspera de la impotencia y la frigidez universales. Arregla sus altares, sus casas y la iglesia y las capillas con tanta flor de olor y hechizas como para recomponer toda la botánica depredada en siete siglos. Ora, reza, enciende velas y veladoras, reproduce las imágenes religiosas, imprime invitaciones, anuncia a todo mundo con motivo de la velación de la virgen, como si fuese el único ser viviente y, además, estuviese condenado a impedir que la tradición mengue. Y tanta cerveza se bebe, y tanta botella se destapa y sirve, que a bacanales se asemejan sus celebraciones católicas.
Exagero, dirán. Seguro que exagero las imágenes, las comparaciones; lo que se describe y enjuicia. “Es el pueblo de la putería”, escucho que dicen algunos frasteros. Creo que exageran, y no lo que esto último dicen, sino quienes piensan que exagero. El derroche es riquísimo. Y es que en cada barrio, en cada cuadra, hay quienes velan a la virgen y, unos más y otros menos, festejan como negro disfrazado de indito. Y hasta carreras guadalupanas de cientos y miles de adolescentes y jóvenes; y procesiones de taxistas, comerciantes, escolares, gremios, aparte de las consabidas que organizan directamente el curaje y la monjería. Ya hasta morderse la lengua quiere este que describe y enjuicia e ironiza y se burla, ante la aparición de fotografía suya, donde aparece disfrazado de indito con bigote y protegido por la imagen de la virgen morena. Y no es asuntos de creencias asumidas sino impuestas por la suave tradición, por las seductoras costumbres paganas que acompañan y enriquecen estos ritos: ¡poco importa disfrazarse de indito e indita por unos días, si atrás de todo está el placer como un dios tutelar, con un plato de tamales de cuche en la mano y en la otra una cerveza, mientras la música y los cuetes opacan los rezos!