PERMISO PIDO, ATENCIÓN
EL CANTO DE LO AGRESIVO
de las mujeres costeñas / nacen los hombres valientes
Chilena “Jardín Florido”
Alvaro Carrillo
LA ÚNICA BROSA de la Costa Chica de la que tuve noticia cierta y abundante, oída de uno de sus miembros, fue la del Macho Prieto y la Mula Bronca (Ventura y Epifanio: Cerro de las Tablas y Huehuetán hermanados por las armas). Al pueblo de Buenos Aires / el gobierno les cayó / buscando a la Mula Bronca / y también al Macho Prieto. La valentía de la brosa en espléndida acción: batalla encarnizada contra los federales, los guachos. Me platicaba Ventura cómo se habían salido de la emboscada, del sitio impuesto por los soldados: él iba por delante con su famosa escopeta, y guacho que se le atravesaba, guacho que era atravesado por ella. Y salieron. Hubo muertos; siempre los muertos son el alimento de la épica y muestra de la valentía (para matar y para morir: ... y arrímate gran animal / y acábame de matar). En otra época, las brosas llegaron a ser la mano armado de la negrada que ejecutaba sobre todo a los blancos (producto de las luchas agrarias posrevolucionarias). En los últimos tiempos, la brosa, la gamba, era la agrupación de los malillas, de gente que asaltaba y mataba por venganza o por encargo o por gusto o por instinto (que matar se trae de nacimiento: No me’nseñan a matar / porque sé cómo se mata; / y en el agua sé lazar / sin que se moje la riata) Famosa la gamba de Caballo Sin Rienda, el desalmado que colgaba a sus enemigos de los testículos; ejemplar el valor de Tino Melena que escapó de los judiciales estando maneado totalmente; la increíble muerte de Guille, salvado de tanto balazo, que fue a morir porque se atravesó una yegua en la carretera.
Ethos agresivo el de los costeños. El primer valor es la valentía; lo que define a un hombre es su capacidad de respuesta violenta a una situación que ofenda su dignidad, su honor, sus intereses. Poner mano: defenderse, enfrentar al rival; afrontarlo sin miedo ni inhibiciones. Ser guapo no es ser bonito, bello o afeminado, sino ser hombre que responde a todo con agresión y sale airoso en el puñete y con el arma. La manifestación más intensa se da en el manejo y la posesión de las armas. ¿Quién no conoce un arma? ¿Quién no sabe tirar? ¿Quién no anda armado? En Huehuetán el que no anda armado no es hombre. Y luego la aspiración de muchos padres es tener un hijo militar, graduado: un armado con permiso para armarse. Un hombre de verdad: de respeto o, si es necesario, que se hace respetar por todos. Cuando andaba con su brosa / ni los perros le ladraban.
El corrido costeño ha sabido mantenerse, permanecer casi invariable en su esencia a lo largo de muchos años, estar cercano a lo inmóvil pero activo, alimentado con la sabiduría cotidiana del sentido común. Aún es posible escuchar El paso de la canoa o Moisés Colón: tienen un sabor de actualidad y emocionan al oyente, sobre todo si está cerveceando o con su botella de chimisco; al bailante lo transportan (en San Nicolás he podido ver a una pareja de ancianos bailar corridos, el ritmo valseado, los cuerpos tensos y ágiles movidos con suavidad reposada: se siente, se toca la delicadeza de lo bello en el espectáculo). Hay muchos modos de tocar y cantar corridos: en suma, son dos los modelos, a saber: acompañado de guitarra o con instrumentos electrónicos. Por cierto, en el acompañado de cuerdas se bordoneaba, hoy se requintea. Ismael Añorve, El Güero, maestro en la ejecución del bajo sexto, se lamentaba que “los jóvenes de ahora ya no saben tocar”. Hay dos modos, también, de cantarlo: con voz natural y con voz falseada, serpenteante. Los cantantes negros falsean la voz casi siempre. El tema de los corridos es invariable, con sus excepciones: el valor del hombre, sea éste mañoso o matón común y corriente (pero que no corre y afronta la situación de peligro). Basta un acto de violencia que implique muerte o amenaza de ella para formar parte del repertorio de corridos que se oyen por todos lados. La fama al alcance, el prestigio al acceso.
El corrido costeño está vivo y viviendo las historias que cuenta. La moda del corrido norteño, que tanto auge tiene, no ha inhibido ni superado su aceptación. Aún no ocurre la glorificación de los narcotraficantes en el canto de lo agresivo. Y ojalá no ocurra. A lo largo de la Costa Chica proliferan los compositores y cantantes conocidos sólo localmente. Sería sano, hoy que tanto se habla de cultura, que las instituciones “culturales” del estado promovieran la grabación y difusión del corrido (y de la chilena y otros géneros), porque la cultura profunda no sólo es popular sino, y además, se acerca al arte. Seguramente entre estos compositores habrá uno que otro artista. Si ocurre, si lo perciben, supongo que este gesto no agotará al corrido sino lo fortalecerá. Y el discurso del corrido, aunque elemental —y vital por ello—, posee la virtud de fundir la vida con la verdad, hecho no muy común en estos días. Y ya con ésta me despido; / permiso pido, atención...