SOBRE ALGUNOS TIPOS MODELOS
Contracolor del blanco,
el negro es igual en valor absoluto.
Diccionario de los símbolos, dirigido por Jean Chevalier
EN 1853, LA MENUDITA HARRIET BEECHER STOWE’S retrata a El Tío Tom: un negro manso que sacrifícase por su amo –blanco y de alma más blanca todavía, casi con la transparencia de la cocaína–; es un excelente retrato de un negro nacido para servir, el negro quedabien, que mueve al lector a necesaria simpatía por ser poseedor de una buena alma –casi de blanco– y por su genuina ingenuidad. Alguno de los rasgos que los europeos resaltaron de los esclavos negros fueron la lealtad, la docilidad y el servilismo... al amo –but of course– y no a sí mismos; sonriente, cercano al amo pero a respetuosa distancia de él. En pleno siglo nuevo los negros siguen de sirvientes: en la televisión está de raiting la telenovela El derecho de nacer; en ella, una negra nombrada ficticiamente Mamá Dolores es la protagonista del nacido para servir, ya sin delantal; es alentador ver a los negros vivos, ya no esclavos sino libres, alegremente sirviendo y sufriendo las penas de los patrones. El cómic también recurre con asiduidad al modelito: los negros son la servidumbre doméstica, y el asunto parece tan natural y no anormal, menos discriminatorio. A fin de cuentas, los negros son inferiores y estas actividades apenas les quedan bien para su escasa inteligencia. ¡Pobrecitos negros domésticos!, son tan imprescindibles y valiosos, casi como una mascota.
Parte de una agradable campaña de publicidad, un comercial televisivo de la marca de refrescos Manzanita Sol utiliza uno de los más socorridos estereotipos construidos para denigrar a los negros: el salvaje. El negro al margen de la civilización y de la cultura; porque, si así lo entendemos, sólo lo occidental es civilizado y culto y parte de un orden natural del devenir de la humanidad, haciéndose omisión al simple hecho de que todas las sociedades son producto de condiciones históricas y económicas complejas y particulares que posibilitan la existencia de diversas culturas, de distintas civilizaciones no necesariamente excluyentes y opuestas. Pero el capitalismo sí es voraz y caníbal, y esta personificación de los negros como salvajes viviendo en el desorden e incivilizados, sin desarrollo ni evolución, ha legitimado ante su propia conciencia –la de la democracia de mercado– la magnánima intervención de los países industrializados para resolver los problemas de África, dado que sus individuos no pueden. En el imaginario colectivo de los mexicanos es recurrente la imagen del negro desnudo, con hueso en la cabeza, lanza no en ristre y dotado de imbecilidad; en televisión, el programa Puro loco se ensaña con ello. El cómic abunda en esta imagen y, generalmente, la explota para hacernos reír, a carcajada abierta si se puede. En otros casos, los negros no sirven a la risa sino al amo blanco, al bwana Tarzán, rey de los monos.
Muy ligado al salvaje, casi su consecuencia, aparece el negro comegente, el caníbal que danza en rededor de una olla que contiene un blanco en espera de ser degustado por encías moradas. Este estereotipo, como el anterior, ha sido esgrimido por los europeos desde el siglo XVI al enfrentarse a culturas que someten a cuestión su identidad. Occidente no ha sido ajeno a prácticas de canibalismo ritual; sin embargo, las ha atribuido a otras civilizaciones con el propósito de descargar sus culpas y poder explotarlas y someterlas desde la superioridad propia, negándolas, sin remordimientos y con la satisfacción de haber obrado bien –con bacía o sin ella. A los mexica también les fue atribuido este rasgo: basados en la misión azteca de mantener el orden del cosmos alimentando al sol con sangre humana y en los sacrificios rituales donde se comía carne humana, los cronistas españoles –como Sahagún y Durán– descontextualizaron estos ritos y exaltaron su parte “demoníaca” para denigrar a la civilización y la cultura indígenas, en su afan de redimirlos y occidentalizarlos; ese estigma permanece agazapado. No es el caso de los negros: la televisión y el cómic mexicanos han dado continuidad a este estereotipo: véase Puro loco o Mil chistes para ilustrase con los obscuros tratamientos.
Las formas de la discriminación son demasiadas para conocerlas e inventariarlas por completo. He escrito, apenas, sobre algunos estereotipos, tan evidentes que parecen cosa normal. El legado de nuestros héroes y personajes sobresalientes negros es muestra de que la tercera raíz, la afromexicanidad, ha producido más que salvajes, caníbales o sirvientes; hay otros estereotipos que omito revisar hoy –los negros son sólo sensualidad, la cultura negra es folcklore, los negros son sólo dominantes en la música, el baile y los deportes... No perdamos de vista que Morelos fue gran político, visionario e humanista, cuya inteligencia lo llevó a ser caudillo de la revolución popular de independencia; recordemos el talante artístico de Juan Correa, mulato, maestro de pintor y veedor del gremio; el primero en hacer una copia directa del icono mestizo más importante, la virgen de Guadalupe, la morenita; el primero, también en pintar angelitos negros en las representaciones de santos, vírgenes y demás retratos de la tradición religiosa mexicana. Anoto sólo estos dos casos; hay otros. El asunto es sencillo: los afromexicanos, como cualquier otro grupo étnico, somos humanos, ni más ni menos, con todos los incidentes y accidentes que ello implica; por ello es no justo seguir explotando y reproduciendo estos estereotipos, taras ideolólogicas, sobre todo si pretendemos una sociedad abierta e incluyente. Con eso de que el proceso de mezcla racial en el país fue tan profuso y diverso, difícilmente podríamos encontrar a alguien sin sangre negra en las venas; y, tal vez, estemos riéndonos de nosotros mismos y no como un acto consciente de humor, aunque sea negro.