OMETEPEQUE
Cumples, frastero,
o me dejas como estabas
Chilena Ometepec, Agustín Ramírez
OME ES LA DUALIDAD: con el nombre de Omeácatl se invoca a Tezcatlipoca, pintada la cara de negro y blanco; Omecíhuatl y Ometecuhtli, los rostros de energía sagrada femenina y masculina; Ometeótl, “señor dos” o “dualidad sagrada”, dueño del cerca y del junto, divinidad suprema y el principio fundamental de todo lo que existe; Omeyoacan, lugar de la dualidad, en el cielo. Ometepec no es: “Entre dos cerros” sino “Dos cerro” o, según dice don Vicente Ramírez Sandoval “Cerro dos”. “Entre dos cerros”, tradujeron, y mal, los andaluces y asturianos que, desde 1522, llegaron; y esa versión es la más conocida, no la acertada.
En mi infancia Ometepec era ciudad empedrada, arroyos cruzando las calles, casas de adobe, escalinatas que conducen a la capilla, camas con pabellones, contrapozos en los patios, misa en amaneciendo, tías abuelas con bigotes, bocadillos de coco y leche, tianguis y bullicio de voces distintas, largos viajes en automóvil entre curvas accidentadas.
Conocí y leí los poemas de Juan García Jiménez –recién celebrado en su natalicio– el año pasado y me dijeron nada; ahora, pruebo y vuelvo a leerlos y me aburren, con todo y que han contribuido a engrandecer las letras guerrerenses, y aunque él sea considerado uno de los grandes poetas populares de Guerrero y fuente de donde surge una generación de escritores, a decir de algún letrado. Ni siquiera un par de versos me parecieron vivos; mal lector he de ser. Y me conduele el destino de sus poemas, porque seguramente uno similar ha de acometer lo escrito por mí. Aunque nada decidimos nosotros sino quién sabe.
Pongamos por caso a otro poeta popular: Joaquín Alvarez Añorve es autor que ha perpetrado un poemilla titulado El Negro, que es muy recitado y festejado por propios y frasteros, donde se empeña en ensartar vocablos de negros y en imaginar características y situaciones descabelladas para denigrar negros, con el afán –seguramente pedagógico– de hacerse el gracioso y burlarse a carta cabal; y a pesar de todo mi fiel aborrecimiento, El Negro ha sido tan escuchado que ya forma parte del imaginario colectivo de la negrada, y ha de perdurar –Me quedo con cuatro versos de don Vidal: Desde que te fuiste/ no he visto flores/ ni los pájaros cantan/ ni el agua corre. Y llego al asunto de marras: poema contra poesía, artesanía contra arte.
En otro terreno, en los dos pintores que conozco, la distinción ocurre de maravilla: de Julia López –avecindada de palabra– he mirado algunos cuadros y me agrada su sinceridad: se sabe y se asume como pintora; efectivamente, es pintora de bonitos cuadros con todos los colores del spectrum, que han impresionado a la alta cultura de México, a su decir; de arte no hablemos. Artista, Jaime López, que de Julia ni familia es, ni conocido siquiera. Jaime pinta y crea sin color y sin fama: va desde el gris hasta el gris, pasando por negros y blancos; se le conoce y visita por ser raro y vivir enclaustrado. Y sin dinero, o casi. Se debe a su obra. Su obra mayor, no la miscelánea; ésta son actos de prestidigitación que a veces vende para malfamarse y malvivir. Pero Jaime ya no vive: pinta y crea. Acecha el tono, la línea, reposadamente; pule la apariencia, imagina la forma. Estructura el espacio. Crea.
Ometepec me asombra. En la cuadrilla Colonia Hidalgo están ufanos por haber logrado que el ayuntamiento municipal les construya una biblioteca. En el módulo de la Universidad Pedagógica Nacional, ubicado en medio de la desolación, en un terreno que perteneció a Conasupo y que la Secretaría de Desarrollo Social no libera al restituirlo a los ejidatarios, para que puedan cederlo y se construyan las instalaciones requeridas, según la disposición de la Secretaría de Educación, los setecientos alumnos en catorce grupos de maestros mono y bilingües de Tlacoachistlahuaca, Xochistlahuaca, Igualapa, Ometepec, Cuajinicuilapa, Azoyú de Guerrero, y de San Pedro Amuzgos, Jamiltepec, Pinotepa de Oaxaca, amuzgos, tlapanecos, mixtecos, nahuas y mestizos, estudian en aulas miserables de venas de palapas y techos de láminacartón, en visperas de la temporada de aguas, luego de haber peregrinado por instalaciones de otras escuelas, después de haber sido ignorados y promesados por las autoridades locales y de no haber sido tocados con la opulencia mezquina de la inversión que un gobernador espurio derrochó para hacer de Ometepec un fastuoso vergel florido de infinitas ilusiones.
En el primer caso, es cosa inédita y alegría satisfecha ver que por estas costas del sur la gente pida bibliotecas; en el segundo es triste constatar que la educación poco importa a los gobernantes, sobre todo porque Ometepec es centro político y de cultura, según pretenden, de la Costa Chica. Pero es sólo impostura: los ometepequeños se sienten cultos de alta cultura; tal vez lo sean: en casa de Jaime López conocí a una delicada joven de piel blanca y cachondez negra asombrada por saber que en Cuaji algunos tenemos libros y los leemos con pasión pánica y devoción erótica; o que el artero artista, Jaimeblancoynegro, y yo, alias yomismo, podamos conversar sobre literatura, música y arte y miscelánea, viuches y coito. Pero hay autenticidad en esa ignorancia.
Con todos sus Amuzgos y sus hispanoascendientes, los ometepequeños no se salvan del espíritu de la negritud que enriquece su habla, sus fiestas, su comida, su lírica popular, su música, su color. Afromexicanos también. Sin dudarlo. Pero añejas disputas ciegan la razón, y se cercena lo que molesta, como ocurre, además, con el pasado indígena: viene el caso de Piedra Labrada, importante zona de vestigios arqueológicos, legado de zapotecas y tehotihuacanos –monolitos con relieves de personajes muy parecidos con Tláloc o Chalchiuhtlicue, de estilo teotihuacano, aunque los penachos de plumas que los decoran forman parte del dios Cocijo plasmado en urnas, deidad acuática zapoteca de la época clásica de Monte Albán (Piña Chán, 1960)–, que pertenece al municipio de Ometepec y ni atención merece de las autoridades municipales.
“Ometepec, bello nido... pero de víboras”, dicen algunos maledecientes. Pero la víborita ya no existe, fue clausurada por un escándalo de sangre y muerte: ubicada casi al costado de la costosa iglesia azul, fue un antro premoderno, donde se daban cita el jodiderío y los ricos de Ometepec; referencia obligada para ubicar algún sitio. Ahora, ya no acompaña más ni contrasta la pureza del edificio de la iglesia altanera que se yergue y deslumbra, ojalá y ello no signifique la muerte del placer en beneficio de la fe, porque no se lo merecen. Ometepec es dual, mas se quedó a la mitad; es retrato de una ciudad que pudo ser y se detuvo, y no en el mejor momento.