UNA CHILENA CUIJLEÑA: VINE POR HALLAR OLVIDO
(Para El Yors y El Perrero)
SEA QUE VENGA DE CHILE, sea que descienda del son, o ambas u otras, la chilena es uno de los modos musicales con más tradición y arraigo en Cuajinicuilapa y en la Costa Chica —sólo superado, en ese aspecto, por el corrido. Ella se ajusta mejor a la condición festiva y al ánimo del cuijleño; es festín de los cuerpos y los oídos.
No se tiene noticia de algún compositor de chilenas que haya sido o sea sobresaliente en Cuaji. La única chilena merecedora de atención y escuchas es “Adiós Cuajinicuilapa” —ya diré por qué. Acapulco, Ometepec, Pinotepa y San Marcos tienen chilenas que rebosan y rebasan la fama local. Excepto “Pinotepa”, las demás han sido compuestas por Agustín Ramírez —obstinado en revitalizar la pipiliste[1] y menguada costumbre de la chilena—; aunque en el caso de “La sanmarqueña”, la intervención de Ramírez haya sido en su reescritura. “Pinotepa” fue compuesta por Álvaro Carrillo —guerrerense de origen.
Tanto “Acapulqueña” como “Ometepec”, “Chilena de Pinotepa” y “La sanmarqueña” comparten un elemento: el artificio; más bien, la artificiosidad. Salvo la última estrofa de “Acapulqueña”, las demás tienen un lenguaje elaborado y pretendidamente poético: “Playera esbelta, pálida y sensual,/ en tu mirada ardiente y soñadora/ hay un reflejo de tu inmenso mar.// Cuando en la playa luces tu silueta,/ con el milagro de un atardecer;/ quisiera ser del mar ola coqueta.// Quisiera ser la brisa acariciante/ que llegara tus sienes a besar,/ y en tus rizadas crenchas de azabache/ un rayo de la luna acariciar.// Vuelan en la Quebrada las gaviotas,/ pañuelos blancos que dicen adiós;/ y en el sutil encaje de la costa/ les dejé para siempre el corazón.” “Esbelta, pálida y sensual”, “mirada ardiente y soñadora”, “el milagro de un atardecer”, “en mis brazos tu cuerpo yo esconder”, “brisa acariciante”, “rizadas crenchas de azabache”, “un rayo de la luna acariciar”, “gaviotas, pañuelos blancos” y “sutil encaje de la costa”, son expresiones hijas del modernismo; en ese sentido, esta chilena es un prototipo; además, tiene la rara cualidad de estar compuesta con versos de endecasílabos –ello explica la presencia de la línea que dice “y en mis brazos tu cuerpo yo esconder”, construida con una sintaxis difícil, para lograr el metro y la rima adecuadas. En “Ometepec” las frases artificiosas son menos: “bello nido de infinitas ilusiones” y ”vergel florido” apenas. “La sanmarqueña” muestra un artificio discreto y, por ello, justo: “Si porque te quiero quieres/ que yo la muerte reciba;/ muere tú que yo no quiero/ morir para que tú vivas”, donde el juego se establece en la dicotomía “querer/morir”, y es herencia de la lírica popular. En la “Chilena de Pinotepa” el artificio se liga a la mitología y al erotismo: “una paloma dijo a mi oído:/ si vas a Pinotepa/ verás qué flecha/ tiró Cupido”; según los griegos, la paloma es un símbolo del Eros sublimado.
El erotismo es otro elemento compartido: los cuerpos opuestos y complementarios que buscan y obtienen placer, forman unidad y otorgan dinamismo a las chilenas: en “Acapulqueña”, él se pretende ola o brisa para lograr la cópula; ella refleja en su mirada la inmensidad el mar o el amor y en su cabello la figura luminar de la luna doncella —apta para la cópula. La “Chilena de Pinotepa” sublima el erotismo: la paloma que aconseja al amante a participar del ambiente erótico que Cupido ha instaurado en Pinotepa, lugar donde nació y mora la amada, tierra de promesa y de realización del amor y el acto amoroso. En ambos casos, el erotismo está sublimado. No así en “Ometepec”, donde apreciamos un erotismo abierto: “le hice luego una señita”, es decir, petición de principio de él, complicidad a la que ella responde y corresponde y exige: “cumples frastero, / o me dejas como estaba”; o la expresión “me clavó la mirada/ cual piquete de alacrán”, donde el verbo “clavar” y “piquete” tienen innegable connotación erótica, donde el “piquete de alacrán” alude al enamoramiento pasional instantáneo (o como dice mi agüela: de la vista nace la arrechura); y el rendimiento total del amante ante las fuerzas naturales del erotismo: “quisiera/ entregarme a sus placeres,/ aunque después me muriera/ en brazos de sus mujeres” (No quiere nada, dijo una. Y que le muestra la hamaca). En “La sanmarqueña”, la famosa por las mujeres bonitas, asistimos al erotismo abierto ligado a la picardía: “Entre tantos gavilanes,/ ¿quién te comerá, paloma?”, donde la paloma ya no es el Eros sublimado sino carne codiciada, alimento del placer y de la pasión que todos pretenden; o: “Las mujeres y los gatos/ son de la misma opinión,/ pues teniendo carne en casa/ salen a buscar ratón”, donde se acentúa el carácter erótico y la condición pasional de las costeñas y se opina que la capacidad de placer en las mujeres es mayor que en el hombre, al grado que las lleva a buscar cópulas extramaritales o extraformales para saciarla. —Hubo una disputa al respecto en el Olimpo: Zeus y Hera pugnaban por averiguar a qué sexo le correspondía el mayor placer copulativo; y llegó Tiresias y dilucidó el asunto. Ignoremos a qué costo.
En fin, la belleza femenina es otro elemento de coincidencia; y es evidente.
“Adiós Cuajinicuilapa” es una chilena escrita por dos que sólo jugaban; mas como muchas cosas hijas del juego suelen ser básicas, sirva hoy de modelo: en Cuajinicuilapa “hay hermosas morenas/ para una bola de prietos”, es decir, la hermosura y el erotismo directo y abierto se conjuntan de modo elemental, sin artificios; salvo por el epíteto de “prietos” que merecen los cuijleños —para “negros” bastan los burros. El ambiente está atemperado por “un calor de la chingada”, lo que obliga que todos anden calientes, arrechos, erotizados y prestos para eretizarse —a ver quién “presta”, aunque sea para satisfacer las necesidades elementales. Y todo está permitido, como un paraíso orgiástico incluyente (por darle uso a una palabra de moda): “Donde siempre se reúnen/ los putos y los mayates”; se re—unen, es decir, no sólo se juntan sino conyuntan, ayuntan, copulan. Mas el actor buscaba la “tierra de los cocos secos”, no este pueblo de lujuria y sensualidad; y se espanta y huye y no vuelve: “Vine por hallar olvido/ y si vuelvo, soy pendejo”. Que nadie se espante ni escandalice. Sólo hablamos de chilenas, aunque “Adiós Cuajinicuilapa” tiene más visos de antichilena que otra cosa, y ha omitido, u olvidado, sobre todo la artificialidad y el preciosismo tradicional en la chilena. Y el olvido casi siempre nos obliga a inventar, a crear formas nuevas.
[1] Pipiliste: triste, enclenque, raquítico; pequeño.