| Pablo Martín Cerone (E-mail) En 1917 Marcel Duchamp firmó un orinal llamándolo "Fuente" y lo exhibió en una exposición en Nueva York. En medio del escándalo, a muchos les pasó inadvertido el verdadero significado del hecho; los distraídos lo rebajaron a sensacionalismo o demostración de sentido del humor. La obra de arte, hasta entonces, era una representación de la mirada del artista sobre la realidad; después de "Fuente", también. Pero ahora la representación de esa mirada no pasaba necesariamente por la creación de un objeto físico; esa mirada podía ser representada por la exhibición de un objeto preexistente, al que el genio del artista rescata de la invisibilidad propia de lo cotidiano. El arte es la idea, reflejada en la peculiaridad de la mirada; la obra física, una mera ilustración adventicia. Duchamp llevó al mundo a pensar en qué es lo que se admira de una obra de arte. Para no restringirnos a las artes visuales ¿"Don Quijote" es el artefacto de papel que podemos tener en nuestras manos o su contenido? Es cierto que sin el libro no podemos representárnoslo (o hacérnoslo representar, si alguien nos lo lee), pero el libro que podemos abrir en nuestras manos suele tener menos que ver con el arte que con procesos industriales cuyo resultado final puede ser una hamburguesa o un rollo de papel higiénico. Ahora bien: si el arte es la idea subyacente ¿para qué montar exposiciones? ¿Por qué no limitarse a exponer las ideas en un manifiesto? Éste es el interrogante que se planteó Hans Dietrich Mannheim, un artista sueco de origen alemán, pero nacido en lo que ahora es la República de Letonia y alguna vez fue un Comisariado del Tercer Reich y también una de las quince repúblicas de la URSS. Mannheim nació en Riga en 1938, y fue llevado por su familia a Suecia poco antes de la invasión soviética de 1940. A los 17 años ganó una beca para estudiar bellas artes en el Instituto de Artes Visuales de Hamburgo. Fue echado a los tres meses, cuando señaló a uno de sus maestros que para criticarle un trazo debía saber más que él... El joven Hans llenó una mochila de algo de ropa y unos libros (Nietzsche, Oscar Wilde, Boris Vian, Artaud, biografías de Van Gogh, Dalí y Marcel Duchamp) y se lanzó a recorrer Europa a dedo. El viaje terminó a mediados de 1957, cuando la policía dinamarquesa lo deportó a Suecia, acusándolo de generar un escándalo en un burdel de Arhus. Por un problema de documentación, no se lo dejó desembarcar en su país de adopción y tuvo que quedarse en el barco que lo llevaba. Al día siguiente el barco volvió a Dinamarca, donde tampoco le permitieron bajar. Este vodevil duró casi un año; Mannheim aprovechó ese tiempo para seguir leyendo, reflexionar sobre el arte y ganarse unas monedas como retratista de a bordo. Todo este episodio le dejó un odio duradero por los barcos, las fronteras, la policía y el arte realista. Después de unos meses de trabajos de supervivencia (como cartero, en una biblioteca, en una librería) armó una exposición de sus trabajos en la casa de una millonaria sueca, Ingrid Bildt, a la que había fascinado con su interpretación del arte. Mannheim le dijo, citando a Oscar Wilde, que "todo arte es inútil", y que en ese sentido las pinturas de la dama eran arte en su estado más elevado. La señora Bildt, entusiasmado con su protegido, le cedió uno de sus salones para mostrar una serie de espejos firmados por el artista. Los espejos (de coches, de bicicletas, de baño público, de mano) intentaban mostrar que es al espectador, y no a la vida, a quien refleja realmente el arte (otro de los aforismos de Wilde en el prólogo a "El retrato de Dorian Gray"). Pero la ausencia de cualquier indicación al respecto hizo que nadie interpretara cabalmente el sentido de la muestra (salvo la mecenas de Mannheim, a quien vendió la colección completa en varios miles de dólares norteamericanos). El fracaso no amilanó a Hans, quien entonces se propuso montar una exposición de fotografías cuyo eje era el sexo, usando fotos de Ingrid Bildt desnuda. El esposo de la dama se negó rotundamente, y Hans se irritó tanto que le exigió otros miles de dólares en concepto de daño moral. Tras entregar los negativos a cambio del dinero, Mannheim se hizo de sus ahorros y partió raudamente hacia Río de Janeiro. Allí quiso invertir el método usado en Suecia, y entonces empapeló la Cidade Maravilhosa con volantes que decían: "No es que yo esté adelantado a mi tiempo, es que la realidad atrasa". Pensaba entonces que el arte era la enunciación, e innecesario hacerle perder tiempo a la gente en una galería. La exposición tan sui generis le reportó una cierta fama en los círculos vanguardistas de Brasil, pero nulos resultados comerciales. Una tarde, en Ipanema, le llegó la revelación: con la enunciación de la idea no se puede cobrar entrada. Ergo, las exposiciones son imprescindibles para la superviviencia del artista y la continuidad de su obra. Y también llegó a la conclusión de que una vieja radio pintarrajeada es arte si el artista es lo suficientemente inteligente como para montar una superestructura conceptual que haga que alguien gustosamente pague millones por ella, reputándola un objeto artístico. En 1960 obtuvo una beca para estudiar arte en la Universidad de Garlic Cloves, en el estado de Nueva York. Allí desarrolló su polémica teoría sobre el arte en colaboración mientras organizaba un grupo de trabajo para pintar un mural. Citó a sus colaboradores en uno de los parques de la universidad y los indujo a emborracharse y a retozar desnudos sobre la gramilla, unos junto a otros. Cuando las alarmadas autoridades lo llamaron a rendir cuentas, Mannheim explicó: "uno sólo conoce a una persona cuando hace el amor con ella". Fue expulsado de la casa de estudios de inmediato. Durante unos años vivió entre California y Hawaii, ganándose la vida organizando reuniones de grupos de muralistas a los que imbuía de sus teorías. Se hizo un cierto nombre, especialmente entre los oficiales de policía y los fiscales de distrito. Abandonó Estados Unidos a fines de 1966, tras ser acusado de poligamia. Mannheim había sido padre de tres hijos el mismo día, que no eran trillizos por el detalle de que los tres eran hijos de diferente madre, y una era de origen japonés, otra era afroamericana y la tercera era descendiente de irlandeses, a la vez que menor de edad. Mannheim los reconoció como hijos propios mediante un telegrama despachado desde Londres: les dio los modestos nombres de Odín, Marduk y Ra. El título del telegrama era: "la unidad en la diversidad". |