
Sàngó
Por Baba Òséfúnmi
BALANZA
Primera y segunda parte.
Muchos hijos de religión se han preguntado a lo largo de los años por qué la balanza del batuque está tan ligada a los conceptos vida/muerte. La mayor parte de los iniciadores antiguos no explicaban estos conceptos ; preferían ocultar su ignorancia detrás de excusas tales como: “cuando sea el momento lo sabrás”, “es un misterio de los orisha”, “siempre se hizo así!”, etcétera. Y desconocían el hecho de ser absolutamente desconocido este ritual en África, así como en otras modalidades religiosas de culto a los orisha. Siempre, eso si, se enfatizó que era un ritual de Shangó, y la prueba está que se realiza en el curso de su secuencia de cánticos, antes de tocar para los aspectos más jóvenes de esta divinidad emparentada con el Badè dahomeyano. El hecho que Shangó sea “dueño de la balanza” ya de por sí nos remite a un aspecto de su personalidad que es esencial para entender este sistema de pensamiento: en efecto, esta divinidad es a la vez, cósmica ( aspecto fulgurante de la naturaleza urania) y social, resultando un antepasado divinizado de los pueblos yorubá adscriptos al ciclo de poder hegemónico de la ciudad de Oyo. Ya en esto se evidencia una naturaleza divina híbrida de divinidad por serlo desde el punto de vista cosmológico así como divinidad de linaje por representar a la familia real de Oyo. Pero además sus colores le otorgan ambigüedad: el blanco de los creadores y el rojo del fuego y la guerra, la sangre y la corriente vital alterna y contigua. Su comida y asiento en madera lo emparienta al árbol, y no precisamente a cualquiera, sino a la palmera (igi ope) el primer árbol, tan pariente de Osanlá que le estaba vedado beber su zumo o usar su aceite rojo. De modo que vemos a través de los mitologemas las similitudes y diferencias paradojales entre Shangó y Osanlá que tratando de separarles en la práctica ritual, les unen a una misma visión del mundo en dos planos diferentes. Por un lado, Osanlá representa el cielo como especificidad difusa, y Shangó lo representa en cuanto su manifestación de kratofanía. Osanlá es dueño de la palma pero no puede utilizar sus subproductos, estándole vedado el emu o fermentación de su savia, el epo o aceite de sus frutas, y el monriwo de sus hojas deshilachadas; Shangó gusta del emu, usa dendé o aceite de palma para calmarse ( es un condimento calmante para los orisha demasiado violentos) y no usa monriwo – que pertenece a Ogún y sirve de profiláctico ante la muerte- pese a su fama de temer la presencia de Ikú. La gamela en la que se asienta sobre un mortero indica la presencia de los antepasados, y en su caso del Gran Antepasado, el orisha de blanco, cuyo color exhibe en sus collares o vestimentas. La mano del mortero carece de importancia en el asiento de Shangó pues se destina a proveer a otra divinidad: a Osanlá en su aspecto juvenil, Osogiyán el machucador de iñames, y con iñame se prepara el pirón que es el principal sustento de Shangó mientras que su ancestro divino no debe ni probarlo. ¿Coincidencias? Demasiadas. La balanza establece un ritmo de ida y vuelta, avance y retroceso en un cuadrado mágico, no un círculo, que muestra el fundamento de un mundo sostenido por cuatro elementos, cuatro puntos cardinales, cuatro días de servicio devocional. Y llegamos al alujá. La palabra así escrita significa agujero, fosa. Pero, ¿cuál es su etimología, de dónde proviene? Si se derivara de àlò ojá tenemos que àlò es una clase de iñame, y ojá faja, cinta, cinturón, paño, cantero. “Cantero de los iñames”, sería la traducción lógica, los iñames deben pudrirse bajo tierra para producir alimento y vida para los descendientes. Si se derivara de oló ojá, siendo oló poseedor, dueño, vendedor, tendríamos “ dueño de la faja, o de la tierra sembrada”. Olóoja es también el síndico de los comerciantes de un mercado, título de Eshu (Èsù, ya que Esù es también una especie de iñame), y la tradición afirma que Shangó se pavoneaba en el mercado como un olóoja, vestido impecablemente y luciendo trenzas en el peinado y argollas de oro en los lóbulos de sus orejas. Aló es “llama de fuego”, y la raíz ja significa cortar, partir, palpitar, encerrar. Podría decirse “las lenguas de fuego que encierran y palpitan”. Pero já también es guerra, lucha, crisis, “el fuego (de la vida) está luchando, palpitando”. Uno de los títulos de Osanlá es Jágunon, “el que hace su camino de la lucha”, y en este caso se trata de un aspecto joven y guerrero del orisha de la paz celestial. Nos parece que debemos ahondar mucho más en los significados de los ritos que posibilitan descomponer los mitologemas y recrearlos continuamente, aun cuando muchos significados han variado de lecturas. Pero hay un denominador común, y nuestra tarea es encontrarlo y completar esa información fragmentaria y cristianizada que se nos dio por herencia. Nuestro deber actual es ir hacia atrás, recuperar los contenidos y avanzar, no para desestimar lo recibido, sino para darle un sentido más transparente, efectivo y actual. Porque sólo es actual aquello que se repite con conocimiento, no lo que se repite de modo mecánico como si el hombre no fuese un descendiente del Creador. Que nuestros orí nos permitan pensar y nuestros pensamientos crecer, ese es mi ruego.
Segunda parte:
Por Baba Òséfúnmi .
Seguramente el tema del mercado refiere a que es precepto (allá en África, en Brasil y en Cuba) que finalizada la iniciación de un elégún se debe presentarlo en el mercado para que ocurra su resocialización o reinserción en la sociedad más amplia, y sobre todo dar un presente al olooja para que "todo intercambio sea favorable y traiga prosperidad a quien compra y a quien vende".
La balanza es ritual de culminación de una iniciación (feitura) o ofrecimiento de comida al orisha de su máximo elemento, el cuatro patas que simboliza y sustituye al hombre genérico. Por tanto, es lógico presentar a este nuevo miembro en el mercado simbólico en el que todos los orisha compran y venden su ashe a través de sus hijos prontos o feitos.
En África no existe esta balanza por la razón antes expuesta, el mercado es real y no simbólico; aunque para finalizar totalmente una obligación se efectúe la secuencia llamada "romería" que consiste en ir a un mercado o feria (los cubanos de Miami van a Sears o a un supermercado y arrojan monedas también), a la orilla del mar o del rio en el que "nacen" los okúta y a los templos cuyos representantes ayudaron o estuvieron presentes en la dicha iniciación.
En casas de fuerte connotación sincrética- a mí no me gusta, y no lo hago- se va a iglesias a presentar respeto a Osanlá y dar limosna a los mendigos de sus puertas. Pero este uso según Arno Vogel y Flávio Pessoa de Barros ya tiene también el significado de "desafío de santuario", con los iyawo haciendo foríbalé al altar de otra religión y entrando en trance dentro de la iglesia que es un lugar liminar, extraño a su culto específico y morada de egún, ya que todo altar de iglesia se construye a partir de huesos o reliquias de santos o venerables, así como es común el enterramiento de personalidades de la iglesia romana o de la sociedad colonial dentro mismo del recinto.
En este caso, lo que se está haciendo es resignificar un rito con otro, como expresando simbólicamente "no tengo miedo a egún, ni mi orisha que me monta en su propio reino", más el confrontamiento entre la religión mayoritaria de la sociedad y la de los esclavos y descendientes exhibiendo su condición liminar rapados y de blanco, color de luto e indefinición básica.
Ase!