Eduardo Mangabeira, en cuyas manos reposa la tradición ijexá en Bahía, el último de los grande babalawo, cela por los orixás en su templo cerrado, donde no entran turistas, ni los desobedientes africanistas de medio pelo que pululan actualmente por la ciudad. Sobre todo con la posibilidad de viajes a África, congresos y festivales, el número de entendidos en candomblé y en cultura negra, se multiplicó. Existen más especialistas en religiones negras que vendedores de tapices , y es mucho decir porque la plaga de los vendedores de tapices - uno peor que el otro - es infinita.
Lejos de todo eso, en el recato y en la dignidad de sus funciones de guardián de los dioses de la nación ijexá, el venerado babalorixá conserva el axé, guarda el secreto, impide que el misterio sea violado y degradado. Ante Menininha do Gantois y de Eduardo de Ijexá - me decía hace pocos días Luiz da Moriçoca - nosotros, los más jóvenes (jóvenes de cincuenta años), no somos nada.
Una vez, Carybé, Dorival Caymmi y yo fuimos a visitarlo a su casa, en Brotas. Casualmente se habló del juego hecho en esa ocasión para elegir la sucesora de una mãe de santo. Eduardo de Ijexá no había estado presente pero sabía todo lo que había pasado, cosas falsas y sucias. Se llenó de indignación, comenzó a clamar en portugués en contra de la violación de las reglas, pero luego siguió en yoruba como si necesitara de la lengua de sus abuelos para la condenación.
Anda por los noventa años. Parece un árbol frondoso, parece un rey, investido de la mayor dignidad. Eduardo de Ijexá, padre de su nación.

(Del libro BAHÍA DE TODOS LOS SANTOS, guía de sus calles y misterios, de Jorge Amado e ilustraciones de Carlos bastos)