Pertenece a: (Fragmento de "El evangelio según Van Hutten" de Abelardo Castillo.).
"…No fue un asalto, no fue una violación ni un acto de barbarie, pero tampoco fue una fiesta para ella ni una aceptación plena de su parte, fue sencillamente que ella se quitó las sandalias y que yo estaba de pie a su lado, sosteniéndola a penas para que no perdiera el equilibrio, pero lo perdió, y debí sujetarla y el vestido se desprendió de su cuerpo casi si la intervención de mis manos y estábamos en la cama, y sobre todo fue que, a pesar de su inexperiencia, no era la primera vez que a ella le pasaba esto. Tenía la sabiduría de la inocencia o algo en lo que mejor no pensar, desconocido para mí, decía que no, no quiero, mientras arqueaba el cuerpo hacia delante y me obligaba a empalarla hasta sentir que la lastimaba, decía que sí y se retiraba como si se ahogara o se repugnase sentirme encima de ella, la vi mirarme a los ojos con odio y con asombro y nuevamente con odio cuando me hizo tomar conciencia de mi edad, de las arrugas de mi cara, de las canas de mi barba, y llevé la mano hacia el interruptor de la luz para dejarla en paz con ella misma, a solas con su imaginación y con su sexo, pero me pidió que no apagara la luz, por favor, me lo pidió sin tutearme, y entonces sucedió lo único que de veras no me avergüenza. Salí tan violentamente de ella que dio una boqueada, como si le faltara el aire, reprimí a penas la tentación de darle una cachetada un poco a la antigua, y le dije, con una obscenidad que me siento incapaz de repetir en frío, que si estábamos haciendo lo que estábamos haciendo –y aquí nombré del peor modo posible lo que estábamos haciendo- tuviera, por lo menos, la gentileza de no seguir tratándome de usted."
* El título de este fragmentos no pertenece a su autor, sino que fue sugeridos por la persona que realizó la selección del mismo. No solo se respetan los derechos de autor, sino que además se pretende homenajearlos con esta publicación.
Pertenece a: (Fragmento extraído de "Alexandros I.- El hijo del sueño" de Valerio Massimo Manfredi, tomo que conforma una trilogía.).
Soñó que una serpiente reptaba lentamente a lo largo del corredor y que luego entraba silenciosamente en el aposento. Aunque ella la veía, no podía moverse, así como tampoco gritar o escapar. Los anillos del gran reptil deslizábanse por el suelo de piedra y las escamas relucían con reflejos cobrizos y broncíneos bajo los rayos de la luna que entraban por la ventana.
Por un momento hubiera deseado que Filipo se despertase y la tomara entre sus brazos, le diese calor contra su pecho fuerte y musculoso, la acariciase con sus grandes manos de guerrero, pero su mirada en seguida volvió a posarse sobre el drakon, sobre aquel animal portentoso que se movía como un fantasma, como una criatura mágica, una de esas que los dioses despiertan por simple placer de las entrañas de la tierra.
Extrañamente, ya no le producía miedo ni sentía ninguna repugnancia; es más, se sentía cada vez más atraída y casi fascinada por aquellos movimientos sinuosos, por aquella potencia silenciosa y llena de gracia.
La serpiente se introdujo bajo las mantas, se deslizó entre sus piernas y sus pechos y ella sintió que la había poseído, ligera y fríamente, sin causarle el menor daño, sin ninguna violencia.
Soñó que su semen se mezclaba con el que el marido había expelido ya dentro de ella con la fuerza de un toro, con la fogosidad de un verraco, antes de caer vencido por el sueño y el vino(…)
-¿Qué significa el sueño que he tenido?-preguntó Olimpia a los sacerdotes del santuario. (…)
-Significa que el hijo que nazca de ti descenderá de la estirpe de Zeus y de un mortal. Significa que en tu seno la sangre de un dios se ha mezclado con la sangre de un hombre… "
* El título
Pertenece a: (Fragmento de Rolf Carlé, extraído del prólogo de "Cuentos de Eva Luna" de Isabel Allende.).
Pertenece a: (Fragmento de "Memorias del fuego I.- Los nacimientos" de Eduardo Galeano, tomo que conforma una trilogía.).
-Te han cortado?- preguntó el hombre.
-No –dijo ella-. Siempre he sido así.
Él la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta. Dijo:
-No comas yuca, ni guanábanas, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo te curaré.
Échate en la hamaca y descansa.
Ella obedeció. Con paciencia tragó los mejunjes de hierbas y se dejó aplicar las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse cuando él le decía:
-No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.
Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de euforia y gritaba:
-¡Lo encontré! ¡Lo encontré!
Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.
-Es así –dijo el hombre, aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió el aire. De los cuerpos, que permanecían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses."
Pertenece a: (Fragmento de "Niña Perversa", cuento que forma parte de los "Cuentos de Eva Luna" de Isabel Allende).
-¡Perversa, niña perversa! –gritó.
La puerta se abrió y la señorita Sofía apareció en el umbral…"
"En las noches Elena no lograba dormir, porque él no estaba en la casa. Abandonaba su hamaca y salía como un fantasma a vagar por el primer piso, juntando valor para entrar por fin sigilosa al cuarto de Bernal. Cerraba la puerta a su espalda y abría un poco la persiana, para que entrara el reflejo de la calle a alumbrar las ceremonias que había inventado para apoderarse de los pedazos del alma de ese hombre, que se quedaban impregnando sus objetos. En la luna del espejo, negra y brillante como un charco de lodo, se observaba largamente, porque allí se había mirado él y la huella de las dos imágenes podían confundirse en un abrazo. Se acercaba al cristal con los ojos muy abiertos, viéndose a sí misma con los ojos de él, besando sus propios labios con un beso frío y duro, que ella imaginaba caliente como boca de hombre. Sentía la superficie del espejo contra su pecho y se le erizaban las diminutas cerezas de los senos, provocándole un dolor sordo que la recorría hacia abajo y se instalaba en un punto preciso entre sus piernas. Buscaba ese dolor una y otra vez. Del armario sacaba una camisa y las botas de Bernal y se las ponía. Daba unos pasos por el cuarto con mucho cuidado, para no hacer ruido. Así vestida hurgaba en sus cajones, se peinaba con su peine, chupaba su cepillo de dientes, lamía su crema de afeitar, acariciaba su ropa sucia. Después, sin saber porqué lo hacía, se quitaba la camisa, las botas y su camisón y se tendía desnuda sobre la cama de Bernal, aspirando con avidez su olor, invocando su calor para envolverse en él. Se tocaba todo el cuerpo, empezando por la forma extraña de su cráneo, los cartílagos translúcidos de las orejas, las cuencas de los ojos, la cavidad de su boca, y así hacia abajo dibujándose los huesos, los pliegues, los ángulos y las curvas de esa totalidad insignificante que era ella misma, deseando ser enorme, pesada y densa como una ballena. Imaginaba que se iba llenando de un líquido viscoso y dulce como miel, que se inflaba y crecía al tamaño de una descomunal muñeca, hasta llenar toda la cama, todo el cuarto, toda la casa con su cuerpo turgente. Extenuada, a veces se dormía por unos minutos, llorando…"
Pertenece a: (Fragmento de "El rastro de tu sangre en la nieve", cuento que forma parte de los "Doce cuentos peregrinos" de Gabriel García Márquez).
-Los he visto más grandes y más firmes –dijo, dominando el terror-. De modo que piensa bien lo que vas a hacer, porque conmigo te tienes que comportar mejor que un negro.
En realidad, Nena Daconte no sólo era virgen, sino que nunca hasta entonces había visto un hombre desnudo, pero el desafío resultó eficaz. Lo único que se le ocurrió a Billy Sánchez fue tirar un puñetazo de rabia contra la pared con la cadena enrollada en la mano, y se astilló los huesos. Ella lo llevó en su coche al hospital, lo ayudó a sobrellevar la convalecencia, y al final aprendieron juntos a hacer el amor de la buena manera."
Pertenece a: Fragmento extraído de "Rayuela" de Julio Cortázar, cap. 7).
(
Me miras, de cerca me miras, cada vez más cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando a penas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar junto a mí como una luna en el agua."
Entonces los hombres encendieron hogueras, llamaron a la música y cantaron y danzaron para las mujeres.
Ellas se sentaron alrededor con las piernas cruzadas.
Los hombres bailaron durante toda la noche. Ondularon, giraron y volaron como el humo y los pájaros.
Cuando llegó el amanecer, cayeron desvanecidos. Las mujeres los alzaron suavemente y les dieron agua de beber.
Donde ellas habían estado sentadas, quedó la tierra toda regada de dientes."
Pertenece a: Alejandra Pizarnik - Bs As, Arg (1936-1972).