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LOS MALES DEL MUNDO
A LA LUZ DEL ENEAGRAMA
 
Capítulo IV del libro del doctor Claudio Naranjo El Eneagrama de la sociedad. Males del mundo, males del Alma. Temas de Hoy, Madrid, 1995

El mundo se caracteriza por esta carrera hacia el éxito, no sólo individual, sino social de ciertos grupos. Pero hay otro aspecto de la personalidad vana que también se ha tornado en patología: el vi­vir para valores ficticios, ajenos a la vida. Claro que muchos son valores intrínsecos. Es valioso respirar no porque a uno le hayan dicho que es valioso ha­cerlo; si uno respira con atención, esta actividad puede ser un deleite. Igualmente, no es necesario demostrar a nadie el valor de comer. Los valores es­téticos, los verdaderos valores culturales, no son va­lores porque uno quiera mostrar a los otros que sa­be algo: constituyen un alimento sutil. Pero, ¿son estos los valores para los que vivimos?

Hay personas que viven en gran parte para va­lores prestados, como el burgués ennoblecido de Moliere; determinadas por el deseo de ser como otros quieren que sean, se afanan en tener lo que otros tienen, vestirse y pensar a la moda, y esto afecta a la motivación de lucro, como bien observa­ba Veblen al hablar de «consumo conspicuo» (es decir: riqueza que es parte de una exhibición de triunfo). Además, el valor de algo en el mercado es ficticio respecto al valor de su uso. Sea cual sea nuestra personalidad, es un hecho de la vida contemporánea que el mercado nos devora, y el amor al dinero -como un cáncer- compite con el amor al prójimo, a nosotros mismos y a los más altos valores.

Estamos hablando del mercantilismo, que cier­tamente hemos de considerar entre los males capi­tales del mundo. En su último libro Quino explica muy bien, y sin palabras, lo que es: en una plaza pública se ve un monumento muy importante: una cerradura, una gigantesca cerradura -como la de cualquier puerta- en una columna alta sobre un pedestal elevado. Rodeando el monumento, como si rindieran un homenaje a los héroes, se encuentran los representantes de todas las empresas hoteleras. Comparecen el jefe, el gerente e, incluso, la sirvien­ta con la aspiradora. Podría haberse tratado de cualquier otra cosa en vez de un hotel, pero ¿qué quiere decir esto? Que en este mundo se adora lo que se vende. Los valores están pervertidos. Vivimos demasiado distraídos del amor al arte, el amor a Dios, el amor a las cosas intrínsecamente reales, el amor a la gente, a nosotros mismos, a la familia. «Poderoso caballero es Don Dinero», que nos ha contratado y se ha apoderado de nuestras energías.
 
LA INERCIA DEL STATU QUO
 
Una vez vistos dos de los males de la sociedad -el autoritarismo y el mercantilismo-, ¿cuál sería la tercera piedra angular de la disfunción social, se­gún esta aplicación del eneagrama a los problemas de nuestra vida colectiva?

Decía que, en el plano individual, el vértice su­perior del triángulo se puede concebir como una tendencia a la automatización, a la mecanización, a la desconexión, a un andar como robots por el mundo, convirtiéndose el hombre en un animal de costumbres. No se vive creativamente, no se vive en el sentido más propio de la palabra, sino que se va con la corriente y se sucumbe a un adormecimiento interno.

¿Quién no se considera un poco adormecido in­ternamente? Yo creo que éste es uno de los males del mundo más universalmente compartido, pero existe también una cuestión caracterológica: hay personas que no están tan mal en otros sentidos como en éste particular de ser demasiado inertes, congraciadoras, cómodas, ciegas.
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En lo social, esto corresponde al statu quo; en lo individual, nos encontramos con una calidad inamovible, como si al robotizarse el ser humano perdiese la capacidad evolutiva. Pero también la so­ciedad pierde su capacidad evolutiva. Estamos so­breinstitucionalizados y es propio de todas las insti­tuciones el fosilizarse. Cuando una institución está fresca, nueva, ejerce su función; ya en la segunda generación, pasados algunos años, empieza a hacer­la de forma automática, desconectada de sus fines primeros; y llega un momento en que se torna en una pura institución. No hay nadie que mueva na­da, pero sí se deja sentir un poder paralizante, un factor retardatorio.

La educación puede servir como ejemplo. Parecería que la educación institucional en el mundo tiene buenas intenciones. Se piensa mucho, se man­tienen reuniones, se discute cómo podrían llevarse a cabo las reformas, se invierten grandes sumas de di­nero... Pero casi todos los que están involucrados en dicha empresa están «quemados» o desmoraliza­dos, sienten que no pasa nada, que no pueden ha­cer nada de verdad, pues la inercia institucional es poderosísima. Aunque esto podría considerarse como algo inocente frente a otros males del mundo, no lo es, pues se trata nada más y nada menos que del órgano de desarrollo: la institución a la que incumbe el desarrollo de manera fundamental. Edu­car es fomentar el desarrollo de los individuos, y este proceso fracasa rotundamente al no cumplir con esta función, en tanto que se ocupa de algo completamente diferente: no se educa el corazón, no se educa a la persona para vivir, no se la condu­ce para ser ella misma, no se desarrolla el espíritu, lo que somos. Y nadie lo cuestiona. Si uno empieza a hablar de este tema, puede apreciar cómo la edu­cación se ha convertido en un gran elefante blanco, una institución inamovible: ¿Por qué? Porque es in­mensa y está altamente burocratizada.

Lo que los gobiernos soberanos son respecto al autoritarismo, y lo que las corporaciones (especial­mente las transnacionales) son respecto al mercanti­lismo (que ya tiene más fuerza que los gobiernos, puesto que los gobiernos no pueden ir muy lejos sin el dinero), lo es la burocracia respecto al poder de la inercia. Sabemos, por ejemplo, que todas las tira­nías se rodean de una gran burocracia que contri­buye a estabilizarlas.

Pero no es que la burocracia, el mercado o el gobierno sean intrínsecamente disfuncionales, sino que cristalizan externamente las verdaderas patolo­gías: el sobregobierno, la sobrecomercialización, la sobreorganización. Se dice que cuando Dios creó el mundo y vio que era bueno, vino el diablo y le dijo: «Oye, ¿por qué no lo institucionalizamos?»

El instrumento que se convierte en un fin se torna un lastre, como ocurre con ciertas máquinas en las obras de ciencia-ficción. Se ha explotado mucho el tema de la máquina que se escapa del control humano, y justamente porque sentimos que el mun­do se nos va de las manos. Deberíamos considerar la superpoblación como el problema número uno del mundo de hoy. Todos los demás problemas -de justicia, de desigualdad, de violencia- se están agudizando porque ya no cabemos en la superficie del planeta. La progresión aumenta día a día y no hay quien la pueda frenar en gran parte del mundo; y tal vez nada revele tan paradigmáticamente cómo el mundo sobreorganizado, sobrerracionalizado y sobregobernado que hemos creado es algo que es­capa a nuestro control. Pienso que si tuviéramos control sobre nosotros mismos, seguramente se re­flejaría en nuestra vida social y podríamos aspirar a una convivencia colectiva más voluntaria.

LA REPRESIÓN
 
Ya estos tres males señalados -autoritarismo, mercantilismo y exceso de conformidad- explican muchas cosas. Pero veamos otras. En el plano de la problemática individual, el punto I del eneagrama -a la derecha del vértice superior del triángulo­ representa esa faceta de nuestra neurosis que pode­mos llamar «perfeccionismo» y que afecta a todos los caracteres en mayor o menor grado: nos exigi­mos ser de una cierta manera, por más que nos re­belemos contra nuestra propia exigencia. Nos falta cierta autoaceptación, y no nos permitimos ser na­turales, espontáneos. Vivimos desconectados de nuestra naturaleza interna y su sabiduría.

Antes me he referido al carácter oligárquico descrito por Teofrasto, que tiene muchas implica­ciones políticas. Lo caricaturiza Teofrasto diciendo a un colega: «Mira, nosotros, que entendemos me­jor, debemos controlar los asuntos del pueblo.» Esto expresa una posición superior en la vida, y se trata de un carácter no sólo superior, sino «inferio­rizador»; un carácter altamente moral que, desde su superioridad moral, juzga a los demás como inmo­rales, degenerados y tal vez dignos de ser enviados a la cárcel. O se arroga al derecho de «educados» y, si no se dejan, posiblemente decida que hay que darles en la cabeza con un mazo civilizador. Tene­mos un buen ejemplo en los cruzados (y sus adver­sarios), que insistieron en educar a los infieles, con­vertirlos a la verdadera religión. «A Dios rogando y con el mazo dando», como dice el refrán; agresión en nombre de la religión, como en tantas guerras.

Esta es una faceta inseparable de la civiliza­ción. Cuando decimos que somos personas «civili­zadas», queremos decir que somos personas de cierta dignidad, de cierto refinamiento cultural, de cierta evolución psicológica o espiritual, de cierta calidad. Pensamos que somos civilizados y no bár­baros, no primitivos. ¿Pero es así? El hombre civi­lizado ha demostrado ser el más destructivo de los animales, hasta ahora. Y si no nos damos cuenta es porque, como en el caso del carácter oligárqui­co o aristocrático, nos idealizamos y reinterpreta­mos nuestra voluntad de poder como privilegio merecido.
 
Claramente, el carácter aristocrático ha cumpli­do una función en la cristalización de las clases pa­tricias. los privilegios de las noblezas y la proyec­ción al mundo de las relaciones inferiorizadoras, acarreando injusticia en nombre de la justicia. No es sólo una cuestión de privilegios: tales privilegios están protegidos por la represión.

Cuando se usa la palabra represión en el senti­do social, su significado es diferente del sentido psi­cológico. Llama el psicoanálisis represión al no que­rer ver ciertas cosas; pero cuando hablamos de una cultura o sociedad represiva, o prohibitiva, nos refe­rimos a que «los que saben», los morales, los bue­nos, dicen a los otros lo que hay que hacer y lo que no. Y a propósito de ello, una anécdota: hace poco encontré en una librería de Madrid un grueso trata­do acerca de las «culturas represivas de la humani­dad» realizado por un catedrático jurista de la Uni­versidad de Zaragoza. Lo compré pensando: «Voy a ver qué escribe, cuáles son las culturas que llama represivas.» La obra empieza con las culturas primi­tivas. sigue con la egipcia, la babilonia, y después con cada una de las que conocemos... ¡no deja nin­guna fuera! Y es que todas ellas son represivas. La represión es un órgano de la civilización y nuestra evolución, la evolución de una enfermedad.

La exageración de lo represivo puede verse en la enorme hipertrofia del sistema judicial y policial cri­minalizante de los gobiernos modernos. Hoy, en Estados Unidos, se está haciendo patente la «crisis de las cárceles». Hay tanta gente en ellas que el presu­puesto público no alcanza, y además se reconoce que a la mayoría no le sirve de nada. Si lo que se persigue es que la gente cambie y mejore, habría que conside­rar que es mucho más probable que eso suceda estando en contacto con las buenas personas que hay fuera. La cárcel -se sabe- es más bien un «caldo de cultivo» de la delincuencia; en ella se concentra la gente con más problemas, y así la situación de dete­rioro va en aumento a una velocidad extraordinaria.
 
La única justificación de las cárceles es proteger a la sociedad de cierta gente muy peligrosa, pero la mayoría de los que allí están no lo son. Muchísimas personas que están en la cárcel en Estados Unidos se aficionaron a los paraísos artificiales de las drogas, y no han cometido mayor crimen que comprar o ven­der un poco de marihuana, por ejemplo. Para una cultura como la americana eso es un crimen impor­tante, porque ¿«a qué cosas puede llevar eso» si se permite? «Uno empieza por la marihuana y segura­mente terminará cortando a su madre en pedaci­to», «uno no sabe qué puede pasar en un estado alterado de conciencia». El miedo al descontrol es un fenómeno muy norteamericano, pero también forma parte de nuestra sociedad occidental, con una cultu­ra notablemente antidionisíaca, con muy poca capa­cidad de entrega. Aunque el símbolo cristiano del vino nos quiere recordar una especie de éxtasis que produce la entrega a un poder superior, difícilmente promueve la capacidad de entrega una cultura satu­rada de prohibiciones y exigencias.

El aspecto sobrecontrolador y sobrepolicial de la sociedad se autoperpetúa. Cuanto más se cri­minaliza algo y cuanto más se dice a uno «tú eres malo», más «malo» se hará, y mayores problemas surgirán en la sociedad. Nuestra civilización hiper­social, que pesa demasiado sobre la persona con su «tienes que hacer lo que te digo», «tienes que ser un buen ciudadano», «tienes que ser patriota», ge­nera rebelión y criminalidad.
 
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