UN PLAN PERFECTO

Solamente eran las tres de la madrugada, se despertó sobresaltado y sudando.. Fue tanteando con la mano hasta que dio con la perilla de la lámpara de la mesilla. Encendió la luz y se sentó encima de la cama; sus ojos parecían platos de lo abiertos que los tenía . Por un momento pensó que no tenía sentido toda aquella historia. Sentía ardores y eso que prácticamente no había cenado casi nada.
Intentó conciliar el sueño leyendo "Un hombre enterrado" de Ross Macdonald. Dieron las cuatro y aún seguía despierto, poco a poco sus ojos se entregaban sin muchas ganas al sueño. A las seis menos cinco, despertó al reloj, que tenía que sonar a las seis, se colocó el albornoz a medias y fue salteando los obstáculos hasta llegar al baño. Se miró en el espejo, como si se estuviera desafiando, enseñó los dientes y frunció el ceño, hizo un gesto con la cara de querer perdonar la vida.. A esa hora de la mañana era difícil adivinar lo que se escondía dentro de aquella cabeza; pequeña en comparación al resto: un metro ochenta y cinco de alto, por otro tanto de ancho. Su frente marcaba la decadencia de una vida pobre y apagada; una cicatriz en el pómulo izquierdo y otra en la ceja derecha adornaban la dureza de su cara, todo esto metido en la funda de cuarenta y un años de lamentaciones.
Se vistió sin prisas, pero sin detenerse. Envolvió con sumo cuidado algo de aproximadamente veinte centímetros en papel de aluminio. Cerró la puerta del apartamento y se dejó arrastrar por los pies escaleras abajo hasta la calle. El frío de enero escupía con fuerza, escarcha sobre el asfalto y las chapas de los coches gemían y lloraban a lágrimas viva. Con la mano derecha se subió el cuello de la chupa -como era normal en él-, puso el paquete bajo el brazo y se enfundó las manos en los bolsillos.
¡Esta vez lo tengo que conseguir!. ¡Los voy a machacar a todos! -se decía en tono desafiante.
Llevaba tres meses intentándolo, el mismo tiempo que hacía que vivía en Sant Andréu; y ni una sola vez lo había logrado, cuando vivía en Santa Coloma de Gramenet, le resultaba mucho más fácil...Pero hoy estaba dispuesto a conseguirlo, se había auto convencido que lo iba a conseguir. Para ello había preparado un PLAN PERFECTO.
Se encaminó por la calle Capitán Arenas hacía la boca del metro. Cada vez que se cruzaba con alguien, le dirigía una mirada que cortaba el aire; está claro, que a las siete de la mañana nadie levanta la vista para mirar al otro. Divisó la entrada de la estación del metro y se dirigió a ella. Su andar era fijo, recto y pausado. Se acercó a una de las taquillas, y con mirada asesina le dijo a la taquillera: Dame una tarjeta, a la vez que depositaba un billete de mil pesetas en el diminuto agujero que hay en el cristal de la taquilla. Mientras cogía el cambio tranquilamente, miraba a todos los lados, vigilando toda alma que se movía. Se dirigió al anden dirección La Torrassa, se acababa de marchar el metro, miró su reloj, eran las siete y cinco minutos, se fijó en una vendedora de cupones de la ONCE, y sonrió, en los cupones se leía: viernes 13, la coincidencia le hizo pensar en la película del mismo nombre, como disfrutó con ella, cuanta sangre, que suspense, que emoción...
La gente iba llegando y copaba los pocos huecos que quedaban en toda la franja del andén. Él de forma un tanto disimulada, intentaba controlar todo, estaba en una posición que ya la había calculado durante muchos días; la puerta le caería justo en frente, primero esperar que bajasen y después lanzarse hacía el objetivo, estaba seguro que lo tendría de frente. Se escuchaba el ruido del metro que se iba acercando. El pequeño paquete lo llevaba en la mano, el papel de aluminio disimulaba su interior, podía ser cualquier cosa. Cerró la cremallera de la cazadora hasta la mitad y se introdujo el paquete en un costado, de esa forma tendría las manos libres para lo que hiciera falta.
Al pasar el vagón de cabeza delante de él, una sonrisa se le puso en la cara, diciendo para sí mismo.
-¡Estupendo, hasta ahora todo perfecto!
La pieza más importante del plan era el maquinista, y en ese metro iba el conductor que debía de ir. Lo tenía bien calculado, ese maquinista paraba siempre delante de uno de los carteles de publicidad que están insertados en las paredes de los andenes, en el que se veía a la Sharon Stone abrazada y arañándole la espalda a Michael Douglas, como cartelera de la película "Instinto Básico". La mirada fría, provocativa y sensual de aquella mujer, era lo que le hacía al conductor de aquél metro detener la cabina frente aquella belleza unos segundos cada hora, durante siete veces al día, hasta que otro anuncio (seguramente de la próxima campaña electoral, con el careto cebollón de algún político con la sonrisa forzada y la mirada apagada) tapara aquel "Goya".
Las puertas de los vagones, iban pasando por delante de él cada vez con menos velocidad. Aunque sudaba y sentía frío, no estaba nada nervioso. Poco a poco las puertas llegaban a sus metas, su puerta era la primera del segundo vagón.
-No puedo fallar, tengo que conseguirlo -se decía para si mismo.
Por fin el metro se detuvo, y tal como lo tenía planeado la puerta, su puerta estaba justo en frente de él. Miró por los huecos que dejaba la gente y lo vio...
-¡Allí está, allí está! -dijo en voz alta-, una mujer que estaba a su lado se le quedó mirando, él no se dio cuenta, solo estaba pendiente de su objetivo; lo tenía al alcance de la mano...tenia que esperar que la gente bajase, y subir el primero, correr hacía él que estaba a dos metros, y...
Sentía el vértigo del vació que se apoderaba de él, notaba como su cerebro se comprimía por la presión, su corazón palpitaba más deprisa cada vez. Su miraba era profunda y fría, una sensación de euforia le invadía, como al cazador que sabe que está muy cerca de atrapar la presa y siente un placer sádico, que saborea y lo retiene como gloria bendita.
El trabajo había sido elaborado concienzudamente, estaba seguro que lo conseguiría. Lo tenía bien estudiado: el horario, la gente, el maquinista, la exactitud en la parada del metro, la puerta, el asiento; incluso tenía decenas de dibujos hechos que le servían de planos. Solo le quedaba una duda: si tendría que volver a hacerlo, y cuantas más, o, si quedaría colmada su necesidad de haberlo hecho.
Tocó el paquete, como para comprobar que estaba ahí. Al ruido le siguió la aperturas de las puertas. Los segundos se le hacían eternos, nunca en su mísera vida, se hubiera imaginado que las décimas de segundo fueran a cámara lenta. Las primeras personas ya estaban saliendo y antes de bajar la última, se lanzó al ataque, en la carrera le dio un golpe a una mujer, y pisó a un joven; el joven no dijo nada, pero la mujer lo puso a parir. Prácticamente se tiró encima de su objetivo, sin que nadie se percatase de ello.
Fue un espectáculo de una profesionalidad y exactitud digno de filmar, cosa que hubiera hecho el maestro Alfred Hitchcock.
Por fin lo había conseguido, había tardado tres meses, y uno y medio en prepararlo... que no hubiera ningún error, todo perfecto, como los grandes delincuentes y asesinos. Su cara denotaba una felicidad sobrecogedora. El personal se acomodaba entre empujones de unos y las indiferencias de otros, pocos eran los que habían encontrado asiento. la gente empezó a deparar en él; a su lado, en el suelo había un pequeño paquete con el papel de aluminio roto, asomaba algo rojo, y junto al paquete varios trozos de carne...Él seguía ensimismado, ido, más que respirar jadeaba, su cara estaba blanca y cientos de diminutas gotas de sudor pendían milagrosamente de su frente y cara, sin caerse ninguna de ella; quizás fuera por que estaban frías. De pronto cerró los puños y lanzó un grito, sus ojos mostraban una mirada fija y perdida, todo el mundo centró la atención en él. Ahora daba la impresión que recobraba el sentido.
-¡Por fin lo conseguí! -se decía para él
Era un obsesión lo que tenía por conseguirlo, prácticamente no pegaba ojo por las noches, y en algunas ocasiones había soñado que casi lo conseguía, pero siempre fallaba, esta vez no era un sueño y lo había conseguido... Poderse sentar. Coger un sitio; él iba hasta la última estación de la línea I del metro de Barcelona, y no podía sentarse nunca, como mínimo, hasta pasado la estación de Plaza de Cataluña.
La gente seguía mirándole...él hizo un recorrido por las miradas, y se fijo en el suelo, se agachó y recogió el paquete, al cual ya le salía el tomate por el papel, y los tres trozos de lomo, que parecían que estaban asfixiados en el suelo. Volvió a echar otra mirada a la gente y pensó: me miran porque envidian el que yo lo haya conseguido, y ellos no...
Cerró los ojos y con una sonrisa placentera se dispuso a gozar del tiempo que le quedaba hasta llegar al trabajo.
Autor : Cuentista Pepe (Ateop)

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