|  Por el Cuentista Ramamar La Ciudad Vacía * Apenas llegué a media tarde me di cuenta de que aquella gran urbe estaba inquietantemente callada, vacía, sin siquiera una presencia humana que diera a entender cuan grande fue la cantidad de gente que la habitaba hasta días atrás. Era deprimente ver la ausencia de gente, de animales, de plantas, de luces y de cualquier señal de vida. Parecía ser el fin de la Humanidad y únicamente mi triste presencia animaba (es un decir) las calles vacías. Esperaba tener mas suerte en mi búsqueda y me acerqué a mi barriada. Mi casa y sus cercanías también estaban vacías y tuve que desechar mi ansiada esperanza. Ante la carencia de señales de vida en mi ciudad, cada vez se hacía mas firme y sentía en mis carnes la seguridad de presenciar una muerte generalizada. Aquí estaban presentes ante mi mirada las efectivas desgracias resultantes de la gran peste nuclear, las que, aunque previstas, nunca antes se creería nadie que fuesen tan deprimentes en la crudeza de su realidad. Se agudiza la sensibilidad y tienes ya la certeza de que la Humanidad fue aniquilada. Mi fallida esperanza de hallar alguna suerte de vida (además de la mía) fue de una virtualidad tangible. Al final, la “madre de las guerras” tendría que ser quien ganase. Me vienen tantas preguntas a la vez, que pueden hacer estallar de mil maneras a mi aturdida cabeza. ¿Cuál fue el desencadenante de mi desgraciada actitud, que me impedía fatalmente a tener tanta desidia, acritud y maldad hacia mis semejantes, hasta llegar a inventar la maldita peste nuclear? ¿De qué me habré de enaltecer mas adelante? ¿Me alegraré de mi desastrada hazaña? ¿Quién me dará esperanza en el mañana? ¿Qué será de mí en esta ciudad vacía? ¿Estará la restante Tierra también sin vida alguna? Mi mente está también vacía. Mas adelante pensaré si merece la pena vivir. |