De Pir-o Murshid Hazrat Inayat Khan:
EL DON DE LA ELOCUENCIA
Cuando consideramos los reinos, mineral, vegetal y animal, juntos con el género humano, vemos que no sólo el hombre sino todos los otros seres tienen el don de la expresión. La piedra expresa menos, y nosotros sentimos menos por ella. La golpeamos y rompemos y la sacamos de una cantera y usamos de cualquier forma, y no simpatizamos con ella para nada, porque no nos habla. Nos dice muy poco. Simpatizamos más con la planta, la amamos, cuidamos y le damos agua; porque tiene más expresión la cuidamos más. Pero entre las piedras hay algunas que nos hablan más que otras; apreciamos más el diamante, el rubí y la esmeralda. Pagamos miles de libras por ellas; las usamos.
Un animal tiene un don de expresión más grande que una planta o una piedra, y sentimos que los animales están mucho más cerca de nosotros. El perro, moviendo su cola, saltando cerca, con cada movimiento dice “Te amo“ y cuidamos mucho más de él. No queremos la planta sobre la silla cerca a nosotros, pero si el perro se sienta sobre la silla, está bien. El gato tampoco tiene palabras, pero igual nos habla con su voz. En todas partes del mundo la gente ha elogiado al ruiseñor por su voz, su expresión. Existen en los bosques muchos pájaros de los que nunca nos acordamos porque no tienen voz. Pero a los pájaros cantores todos los conocemos y nos gusta tener un loro porque puede hablar.
Dice en el Corán que Alá ha hecho al hombre el Califa, el jefe de la creación, por este don: el lenguaje. Sólo el hombre tiene el don de la elocuencia. Pero mientras que algunos hombres son como una piedra, y algunos como una planta, o un animal, otros poseen la cualidad humana. El hombre que es como una piedra no tiene expresión, no tiene magnetismo. Sólo tiene lo que es su apariencia, como las piedras, como la esmeralda o el rubí, cuando eso se ha ido, nada queda. El hombre que es como una planta no tiene inteligencia, sólo algunos sentimientos, alguna personalidad. Debe haber algo de belleza en él, o sería como una espina, o un veneno. El hombre que es como un animal tiene sentimientos o pasiones, pero no puede dar expresión a ellos. Ese hombre sólo es un ser humano que tiene el don de la expresión, y que puede hablar acerca de lo que siente.
El regalo de la elocuencia es simbolizado por los hindúes como Vak, la diosa de la palabra. ¿Por qué no un Dios? Porque al igual que habla responde al creador, al Dios dentro de él. Los hindúes también han distinguido tres tipos de hombres: Rakshasa, el monstruo; Manusha, el hombre; y Devata, el hombre como Dios. El monstruo es aquél que no tiene lenguaje ni sentimientos. El hombre humano tiene sentimientos pero no expresión; el hombre semejante a Dios es aquél que tiene elocuencia; es sólo su elocuencia lo que hace lo que és.
La elocuencia ha existido desde el principio, porque la palabra estaba desde el principio, antes de la creación del hombre. Pero ni la piedra, ni las plantas ni los animales podían expresar tal palabra; sólo el hombre pudo hacerlo, y cuando pudo expresarse, se volvió la pluma del Ser Divino.
Por eso es que la Creación es perfecta en él, y por lo cual es el más elevado de los seres. Pero hablar, y por este discurso hacer daño o herir el corazón, los sentimientos de otro, es hacer un mal uso de la elocuencia. Hay un refrán ruso que dice:” Una dulce lengua es una espada que conquista el mundo”. La espada tiene dos aspectos, conquista y asesina; y la lengua también puede triunfar y quitar la vida. La misma idea es expresada en el evangelio, “Bienaventurados sean los pobres de espíritu (sumisos), porque ellos heredarán la tierra”.
El mundo es como una bóveda en la que cualquier cosa que se hable se nos devuelve. Si decimos "¡Qué lindo!", estas palabras se nos devolverán; si decimos: "¡Usted es un estúpido!", el eco regresará; usted es un estúpido. Un hombre puede pensar que es tan importante, que puede decir lo que quiera, pero algún día el eco de sus malas palabras volverá a él.
Algunas veces una persona no desea hablar a su amigo de manera que lo hiera, pero sin desear hablarle duramente, puede hacerlo, como si su mente estuviera llena de malas impresiones almacenadas por ella. Por lo tanto sólo deberíamos acumular buenas impresiones y no guardar las otras, a fin de que sólo las buenas puedan venir de nosotros.
Hay dos maneras de hablar acerca de un tema. Antes de hablar uno puede meditar sobre él, y entonces hablar con todos los razonamientos que han llegado a nuestra mente. Este es el discurso del loro. Uno repite lo que ha aprendido igual que el loro dice ciertas palabras porque le han han enseñado a hacerlo. La otra manera de hablar es depender del almacén, del conocimiento que siempre esta listo dentro de nosotros. A fin de poner al descubierto ese conocimiento se necesita una flecha, y esa flecha es el sentimiento profundo que penetra todas las cosas. El conocimiento siempre está allí, pero sin la elocuencia cortamos el fluir desde ese conocimiento. Si vemos a una persona en la calle inclinada hacia un lado caminando encorvada, es muy fácil reírse de ella, pero un pequeño sentimiento producirá piedad, y un sentimiento profundo traerá consigo la expresión de piedad y compasión.
(Traducción del inglés por Murad Martha Echeverry, revisada por Sarfaraz Fernando Uribe.)