En otros países, durante siglos, la gente probó todas las hierbas que podía encontrar. Muchos fueron envenenados, todos estaban desilusionados, pues nadie había llevado la planta de té a sus tierras, y, por tanto, no la podían encontrar. También inútilmente bebieron todos los líquidos que pudieron encontrar.
En otro territorio, una pequeña bolsa de té era llevada continuamente en procesión, ante el público, mientras ellos caminaban hacia sus observancias religiosas. Nadie pensaba en probarlo. En verdad nadie sabía cómo hacerlo, o que se podía hacer, todos estaban convencidos de que el té mismo tenía una cualidad mágica. Un hombre sabio les dijo: "Viertan sobre ella agua hirviendo, hombres ignorantes".
Rápidamente lo colgaron y lo clavaron en alto, porque hacer esto, de acuerdo con sus creencias, conduciría a la destrucción de su té. Y esto mostraba, por lo menos para su propia satisfacción, que él era un enemigo de su fe.
Sin embargo, unos cuantos, que lo habían escuchado antes de morir, pudieron obtener algo de té y beberlo en secreto. Cuando alguien les decía: "¿Qué están bebiendo?", contestaban: "Es solamente una medicina que tomamos para cierta enfermedad".
Y así sucedía en todo el mundo. El té había sido visto crecer por algunos que no lo reconocían. Había sido dado a otros a beber, pero ellos creyeron que era la bebida de la gente común. Había estado en posesión de otros, que lo veneraban, así como a su recipiente. Fuera de China sólo unos cuántos en verdad lo bebían, y esto solamente ocultándose.
Fue entonces que vino un hombre de conocimiento profundo, y les dijo a los vendedores de té, a los que bebían té y a otros: "Aquel que prueba sabe. Aquel que no prueba, no sabe". En vez de hablar sobre la bebida celestial, no digan nada, sino ofrézcanla a sus invitados. Aquellos a quienes les guste, pedirán más; aquellos a quienes no les guste, demostrarán que no son aptos para ser bebedores de té.
Cierren la puerta del argumento y del misterio. Abran la casa de té de la experiencia.
Después de esto, el té fue llevado de un punto a otro en la ruta de la seda, siempre que un mercader de jade, o piedras preciosas, o seda, paraba a descansar, hacía té y lo ofrecía a quien estuviera cerca, así estuviese en conocimiento del té o no. Este fue el principio de las Chaikhanas, las casas de té que fueron establecidas por todo el camino desde Pekín a Bokhara y Samarkanda; todos aquellos que probaban, sabían.
Nótese bien que al principio eran solamente los poderosos y los que pretendían ser hombres de conocimientos, quienes buscaban la bebida celestial y quienes también decían: "Pero esto no es sino hojas secas" o "¿por qué hierven agua, cuando lo único que quiero es la bebida celestial?, ¿cómo sé lo que es esto?, compruébenmelo, además el color del líquido no es de color oro, sino ocre".
Cuando al fin la verdad se supo, y cuando el té se trajo para que todo el que quisiera lo probara, los papeles cambiaron, y los únicos que decían las cosas que habían sido dichas por los poderosos y los inteligentes, eran los tontos de remate, los locos.
Y así es el caso hasta nuestros días.
Del libro SUFISMO EN OCCIDENTE Ediciones DERVISH INTERNATIONAL