DESDE EL PASADO...
Por Rick Suárez

PRÓLOGO
- JAJAJAJAJA, ¡Highlander! Mírate, uno de los mejores guerreros del Clan MacLeod tirado en medio del barro y ¡con una espada al cuello!
- No es gracioso Connor, cuando sabes que no puedes morir, no se tiene el mismo espíritu para luchar...
- Hey Duncan, recuerda – dijo Connor bajando su Katana – si tu cabeza se separa de tu cuello ¡estás muerto! ¿No influye en ti suficiente “espíritu de lucha” saber eso?
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- ¿A dónde irás Duncan? – preguntó Connor.
- Creo que al Este, he escuchado algunas historias sobre países fabulosos de ese lado del mundo. Espero volver a verte Highlander...
- ¡No lo dudes!! y recuerda...
- Si, si, ¡ya se! Mantén la cabeza sobre los hombros, JAJAJAJA.
Después de un breve abrazo ambos Highlanders se separan, y Duncan al alejarse escucha a Connor gritarle: ¡Cuídate Hermano!
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- ¡Mac! Te estoy preguntando si quieres otro trago.
- ¿Eh? Disculpa Joe, es que estaba recordando algunas cosas...
- Pensando de nuevo en Connor, ¿no es así?
- Es que no puedo evitar pensar en todos los seres queridos que he perdido, mucho menos en aquellos que he matado con mis propias manos...
- Mac, es el Juego y tarde o temprano quizás Connor y tú debían enfrentarse.
- Tal vez, pero no se...
- ¡Demonios! ¡Connor estaba cansado de vivir Mac!, y no hay nada en este mundo que acabe más rápido con una persona que el deseo de no seguir viviendo. El sacrificio de Connor no fue en vano, y es mejor que su Quickening viva en ti y no en alguien como Jacob Kell, ¿no crees?
- Pero no puedo dejar de... – En ese momento Duncan sintió el Buzz característico que denota la presencia de otro inmortal, y fijó su vista en la entrada del Bar. Al abrirse la puerta, Joe exclamó:
- ¡Adam! ¡Es bueno verte otra vez! No sabía que estabas en la ciudad.
- Apenas llegué esta mañana Joe, ¿Qué tal MacLeod?
- Hola Adam, me alegro de verte. Se siente bien el saber que aún quedan algunos buenos amigos con vida.
– Dijo Duncan parándose y dirigiéndose a la salida del Bar.
- ¿Qué mosca le picó a MacLeod? – preguntó Methos.
- Sigue atormentándose por la muerte de Connor.
- La semana que viene va a ser un año, ¿no es así?
- Si, y creo que Duncan piensa viajar a Escocia.
- Aún no entiendo la necesidad de algunas personas de estarse atormentando con hechos del pasado, ¡Dame una cerveza Joe! Estoy sediento...
CAPITULO I
Tierras Bajas de Escocia, 1635.
La luna llena iluminaba débilmente los contornos del pequeño poblado, y en las afueras, las llamas de una fogata crepitaban como si estuviesen danzando al son de una melodía que no es de este mundo. Sin embargo, alrededor de la fogata no se encontraba nadie, y si algún incauto hubiese osado pasar por allí habría notado a dos hombres luchando fieramente, dos hombres chocando espadas en la penumbra. Pero lo que quizás hubiese sorprendido más al hipotético caminante es que la espada de uno de los dos hombres no se parecía a la espada de un guerrero escocés, era una espada larga, no muy ancha y con una ligera curvatura: una Katana.
- Veo que has practicado desde nuestro último encuentro Patrick, ya no me resulta tan fácil vencerte – exclamó Connor.
- ¿Y quién dijo que podías vencerme MacLeod? Sólo estoy jugando contigo – dijo el otro, y sonrió
El Highlander sintió un escalofrío que bajaba por su espina dorsal al observar la sonrisa de su oponente y al notar el reflejo de las llamas en sus ojos. Inmediatamente Connor desechó la idea que estaba tomando forma en su cerebro y se tranquilizó a si mismo, después de todo Patrick Kennert era su amigo.
Mucho más temprano, ese mismo día, Connor daba cuenta de un abundante almuerzo en una sucia taberna del pequeño poblado. Improvisadamente, todos sus sentidos se pusieron alerta e instintivamente acercó su mano a la empuñadura de la espada que traía bajo sus ropas. Había sentido la presencia de otro inmortal y sus ojos se clavaron en la puerta que daba acceso al lugar. Esta se abrió con un fuerte empujón y en el marco se dibujó la silueta de un hombre alto y de contextura fuerte, el cual dio dos pasos dentro del local y recorrió con su mirada a todos los presentes. Repentinamente sus ojos dieron señales de reconocer a alguien y exclamó:
- ¡Connor, viejo amigo!
- ¿Kennert? ¿Patrick Kennert? ¡Pero por supuesto! Ven, acércate y comparte mi almuerzo.
- ¡Jamás rehúso a una invitación como esa! Nunca esperé encontrarte en este sucio pueblo Connor, ¿Qué rayos haces aquí? ¿Te diriges a Glencoe? – dijo Kennert mientras se sentaba frente al otro inmortal.
- No, sólo estoy de paso, ese lugar aún reabre en mi ciertas heridas que no terminan de sanar.
- ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que murió Heather? ¿40 años?
- 45, pero no hablemos de eso. Y tú Patrick, ¿hacia dónde te diriges?
- ¡A casa! Ya todos los que me conocieron allí deben haber muerto.
- ¿Aún sigues con la idea de no crear lazos con los mortales, eh?
- Y para qué, digo yo. Mírate, por ejemplo, han pasado casi 50 años y aún sigues lamentándote por la muerte de una mortal. No Connor, prefiero no acostumbrarme a los mortales. Reconozco que he tenido buenos momentos con algunos de ellos, pero siempre me marcho antes de que pueda extrañarlos.
- ¡Hablas de los mortales como si fueran mascotas Patrick!
- No es eso amigo, es sólo que no me gusta ver morir a las personas que amo. Por eso es que no amo a nadie. Pero comamos, antes de que todo esto se enfríe....
Connor miró fijamente al hombre que tenía enfrente, quizás tenía razón, pero en su interior el Highlander sabía que jamás podría ser como él. No amar a nadie implica soledad, y la soledad no es buena para ningún hombre. Mientras comían, Connor recordó como conoció a este hombre y pensó que en realidad no sabía mucho de él. Sólo que había nacido en 1502 en Aberdeen, en las tierras bajas de Escocia, que había muerto por primera vez cerca de 1530 y que no le gustaban los mortales como compañía de larga duración. También pensó en qué lo había hecho trabar amistad con un hombre que era casi un misterio para él, y se dio cuenta que fue el primer inmortal que conoció después de la muerte de Ramírez. Connor decidió que si continuaría siendo amigo de este inmortal, primero tendría que saber más respecto a él.
Poco después, ambos caminaban entre las calles del pueblo y se ponían al tanto de las actividades de cada uno en los últimos 40 años. Oyendo a Kennert hablar, Connor se percató de que el inmortal que caminaba a su lado, no sólo no se quedaba mucho tiempo en el mismo sitio, sino que además era de corazón frío, una frialdad que iba mucho más allá que un simple desapego por los mortales.
Casi sin darse cuenta, dirigieron sus pasos hasta la fuente del pueblo donde se encontraban varias mujeres recogiendo agua. De pronto Kennert se detuvo y fijó su mirada en una joven muchacha, la cual no tendría más de 20 años, no muy alta, cabellos rubios y un cuerpo de diosa.
- ¿Pero qué tenemos aquí? No imaginé que un sucio pueblo como este guardara tan bello tesoro...
- Es muy hermosa en verdad – respondió Connor, sin terminarle de gustar la mirada lasciva que le dedicaba Patrick a la joven.
- Creo que voy a pasar más tiempo aquí del que me proponía después de todo...
Ambos inmortales siguieron su camino, pero Connor sabía que en la mente de su compañero aún flotaba la imagen de esa hermosa joven. Connor supo en ese momento que no permitiría que Kennert le hiciese daño, tal vez era porque en cierta forma le recordaba a su amada Heather, y para tratar de apartar los pensamientos del otro inmortal de las curvas de aquella muchacha Connor retomó su idea de aprender más sobre quién es este inmortal.
- ¿Sabes Patrick? Nunca me has hablado de cómo fue que entraste al Juego, es decir, quién te enseñó todo sobre los inmortales.
- ¿Sabes que yo tampoco se mucho sobre él? Nunca hablaba de si mismo, y siempre tuve la sensación de que fue mi maestro sólo porque prácticamente caí muerto a sus pies la primera vez. Nunca me gusto mucho su compañía tampoco, era muy estricto con los entrenamientos y muy encerrado en si mismo...
La mente de Kennert empezó un viaje en el tiempo, un viaje a través de sus recuerdos, un viaje que tenía como destino las afueras de Aberdeen, a mediados del año 1530.
capítulo 2